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lunes, 3 de septiembre de 2018

Érase una vez la Economía V: siglo XX


El siglo XX es probablemente la centuria más loca que le ha tocado vivir a esta, nuestra especie. Se trata de un siglo de profundos contrastes, con avances tecnológicos y científicos nunca antes soñados y un aumento de la prosperidad y la libertad a nivel global; pero también es el siglo que fue testigo de los peores totalitarismos y las carnicerías más espectaculares de las que ha sido capaz el ser humano.

En los primeros años de 1900 las potencias europeas controlaban el patio con sus grandes imperios coloniales, su abrumadora superioridad técnica y económica y su todavía poquito de esclavismo mal disimulado. Las tensiones imperialistas en Europa acabaron desembocando en la Gran Guerra, un conflicto como nunca se había visto has entonces. Cuatro años y unos cuantos millones de muertos después Alemania y Austria-Hungría habían perdido y la hegemonía mundial cambiaba de manos. EEUU, calienta que sales. Paralelamente, Rusia es tomada por los comunistas, poniéndose en práctica así las teorías del marxismo (sale mal).

Al final de la década de los veinte se produce el Crack del 29 y el mundo occidental se queda hecho unos zorros. Esta situación de pesimismo económico, unida al resentimiento por la anterior guerra, permite llegar al poder en Alemania a los matones de la esvástica, que se ponen a pegar palos a los vecinos. Se inicia así una guerra a escala global que termina por matar al 2,5% de la población mundial.

Tras la nueva derrota de Alemania y sus aliados (esta gente nunca se cansa de perder), el mundo queda dividido en dos bloques: el Occidente capitalista y el coco de la hoz y el martillo. Durante esta segunda mitad del siglo XX se produce un progreso científico inimaginable que todavía hoy somos incapaces de asimilar. Gracias a esto hemos conseguido prolongar la vida de manera extraordinaria, llegar a la Luna y lo más importante de todo: Internet.


Coge el mapa que creo que esto no es Cuenca.

Una vez hechas las presentaciones con el siglo XX, pongámonos con los economistas que pulularon por el mundo durante estos años que les tocaron vivir. El primero no puede ser otro que nuestro común amigo Ludwig von Mises. A pesar de sus grandes contribuciones a la economía, Mises es recordado principalmente por ser un peso pesado de la Escuela Austríaca y del liberalismo. En 1912 publica La teoría del dinero y del crédito, donde Mises se ve influenciado por la teoría del valor de Carl Menger para elaborar una nueva teoría, según la cual las crisis son causadas por una mala distribución de los recursos debido a la inflación. Sobre esta base, Mises argumentó que la cantidad de dinero en la economía no es neutral, sino que el aumento de la masa monetaria tiene efectos redistributivos. Posteriormente, Mises publicó El socialismo: un análisis económico y sociológico, obra que supone una crítica concienzuda al socialismo. Mises defiende nuevamente el laissez-faire, pues una sociedad construida al margen del mercado, como son los sistemas comunistas, es inviable, ya que en ella es imposible el cálculo económico y por lo tanto la solución racional de los problemas económicos. Este texto tuvo mucha influencia posteriormente debido a que predijo con mucha antelación el fracaso del socialismo, evitando valoraciones éticas y morales.

Sin embargo, la obra principal de Mises es, sin duda, La acción humana, escrita en 1949. Se trata de un tocho de más de mil páginas en el que Mises trata a la economía solo como una parte de una ciencia más universal, la praxeología o ciencia de todo tipo de acción humana. Mises parte de la acción individual para explicar de manera integrada el funcionamiento del mercado, la formación de los precios, el dinero, la crucial función del empresario, etc. En conclusión, nuestro Ludwig elabora un razonado alegato a favor del capitalismo y la libertad. Este libro supone su obra cumbre debido a la enorme influencia que ha ejercido en las sucesivas generaciones de economistas.

Pasamos ahora a hablar de un economista muy diferente a Mises, pero que sin embargo es uno de los economistas con más repercusión de todo el siglo XX. Efectivamente, hablamos de John Maynard Keynes. Keynes nació en 1883 y se graduó en Economía en la Universidad de Cambridge. Tras desempeñar diversos puestos en la administración británica, participó en la Conferencia de Paz de París después de la Primera Guerra Mundial, donde discrepó profundamente de las medidas económicas adoptadas contra Alemania. Keynes argumentaba que las sanciones que se querían imponer provocarían grandes dificultades para el país y lo llevarían al desorden social. El tiempo le acabaría dando la razón por completo en este asunto. Durante este período escribió algunas obras destacadas como Tratado sobre probabilidades y Tratado sobre la reforma monetaria, donde contribuía a las bases matemáticas de la probabilidad y criticaba las políticas deflacionarias, respectivamente.


Hola, amigos. Soy Keynes. Disculpen, pero me pillan aquí leyendo este libro con cara de intenso.

Su obra central es Teoría general del empleo, el interés y el dinero, de 1936, en la que establece las bases de su propio modelo económico, el modelo keynesiano, que tanta influencia tendría a la larga. En contra de la corriente general de la época que defendía el laissez-faire y el equilibrio presupuestario, Keynes creía que el Estado debía intervenir activamente en la economía en épocas de crisis, como era el caso de la Gran Depresión. El argumento era que el desempleo no se produce por una falta de recursos, sino por una falta de demanda que da lugar a que no haya los suficientes bienes como para dar trabajo a todos. Por lo tanto, ante una economía debilitada por la baja demanda, el gobierno debe tratar de incrementar la demanda agregada (demanda total de la sociedad) a través de un aumento del gasto público. De este modo, según Keynes, gracias a ese aumento del gasto público aumenta la producción, la inversión y el empleo. Básicamente que el Estado gaste en inversiones y obras públicas para favorecer el empleo.

- ¡Mi teoría no tiene fisuras, es brillante! Jajaja.
- Pero señor Keynes, ¿y qué pasa con el déficit público?
- Calla y hazme un sándwich.

Este modelo tuvo una enorme influencia, principalmente en el New Deal que impulsó Roosevelt en EEUU para salir de la Gran Depresión. Evidentemente terminó con erótico resultado. Keynes también tuvo un destacado papel formando parte de la delegación británica en los acuerdos de Bretton Woods de 1944. En esta conferencia internacional se decidió la creación del Banco Mundial y del FMI, se establecieron las reglas para las relaciones comerciales y financieras entre los países y se fijó el dólar como moneda de referencia internacional.

Un economista que tuvo mucha relación con Keynes fue el italiano Piero Sraffa, economista importante del siglo XX, a pesar de no ser de los más conocidos. Debido a su condición de marxista, Sraffa tuvo que huir de Italia y Keynes le ofreció un puesto en la Universidad de Cambridge. En un primer momento, destaca por su crítica de las teorías de Alfred Marshall, al que acusa de violar su propio concepto de ceteris paribus. Como buen comunista, Sraffa rechazó en sus escritos la teoría de la utilidad marginal, según la cual el valor de algo depende de la cantidad de ese algo (como ya vimos, si aceptamos esta premisa la teoría marxista al completo se viene abajo).

Se le considera el fundador de la escuela neoricardiana por el profundo estudio que realizó de la obra de David Ricardo, de la que publicó también una extensa crítica. Su libro más destacado a este respecto y su obra cumbre es Producción de mercancías por medio de mercancías, donde se aparta de la teoría de la utilidad marginal, mayoritaria por aquel entonces, y se dedica a perfeccionar la teoría del valor desarrollada por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx.

Otra economista de este siglo es Gunnar Myrdal, doctorado en Economía por la Universidad de Estocolmo. Este sueco destacó por sus análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales, es decir, por su defensa de la interdisciplinariedad de las ciencias sociales. Esto fue fundamental, por lo tanto, para situar la economía en distintos campos. También realizó análisis sobre la pobreza en los países en vías de desarrollo y propone la igualdad de oportunidades y la redistribución mundial para disminuir la brecha entre países pobres y ricos. Sin embargo, su principal aportación a la ciencia económica fue su trabajo sobre la teoría del dinero y las fluctuaciones económicas, por el que recibió el premio Nobel junto a uno de los economistas más importantes de la centuria: Friedrich Hayek.

Hayek, discípulo del antes mencionado Ludwig von Mises, es sin duda alguna el más conocido de los pensadores de la Escuela Austríaca. Como ya dijimos, esta escuela de pensamiento se opone a la intervención estatal en la economía y defiende la utilidad marginal y la libertad individual. No obstante, Hayek empezó teniendo posiciones próximas al socialismo durante sus años de universidad y no fue hasta leer el libro El socialismo de su maestro Mises que abandonó esa ideología y se convirtió en liberal.  Nunca se lo agradeceremos a Mises lo suficiente.


Friedrich Hayek.

La contribución más temprana de Hayek fue su desarrollo de una teoría del ciclo económico. La teoría de Hayek postula la tasa de interés natural como un precio que coordina las decisiones de ahorradores e inversores a través del tiempo. El ciclo ocurre cuando la tasa de interés de mercado, es decir, la que prevalece en el mercado, diverge de esta tasa de interés natural. Esto hace que la estructura del stock de capital se distorsione, por lo que ya no refleja los deseos de ahorradores e inversores expresados ​​en el mercado. Esta teoría no sentó nada bien a la peña en su momento, ya que implicaba que los intentos de contrarrestar una recesión o un período de alto desempleo con un aumento en la oferta monetaria distorsionarían aún más la estructura del stock de capital. Su remedio fue simplemente permitir que la recesión se cumpliera, permitiendo así que la tasa de mercado volviera a la tasa natural. En otras palabras, los políticos tenían que comprender que a veces es mejor quedarse quieto para no estropear más la situación, pero no hay cosa que le guste más al Estado que meter sus zarpas en estas movidas.

A lo largo de su vida, Hayek criticó el socialismo, a menudo contrastándolo con un sistema de libre mercado, basándose en razones económicas, políticas y éticas. A este respecto destaca su obra cumbre Camino de servidumbre. El argumento principal del libro es que los totalitarismos, entre ellos el socialismo, derivan del colectivismo, un sistema incompatible con la libertad humana, según Hayek. Los planificadores de la economía, al no contar con toda la información del mercado, son incapaces de llevar a cabo un cálculo económico eficiente, lo que provoca que tengan que utilizar la coerción para que los ciudadanos acaten sus planes. Esta situación supone la anulación de las libertades individuales y, en último término, la instalación de una dictadura. De este modo, la planificación económica que busca en un primer momento “la justicia social” conduce necesariamente al totalitarismo y la pérdida de las libertades económicas y personales. Hayek ilustra su argumento con los ejemplos de la Alemania nazi y la Rusia comunista.

En cambio, en una sociedad democrática, con libre mercado, cuyos habitantes gozan de libertades individuales protegidas por la ley y derechos de propiedad bien definidos, el mercado cuenta con los mecanismos necesarios para realizar un eficiente cálculo económico, pues los empresarios buscan el máximo beneficio económico. Por este tipo de cosas, en este blog siempre estamos en el equipo de Hayek.

La enorme influencia de Hayek se dejó notar principalmente en los últimos años, cuando asesoró a distintos líderes políticos, como Margaret Tatcher, propiciando de este modo el auge del liberalismo económico en la década de los 70. El presidente de los EEUU Ronald Reagan afirmó que, junto a Milton Friedman, Hayek era de las personas que más habían influido en él. Asimismo, tuvo una fuerte influencia en la Revolución de Terciopelo que significó la caída del partido comunista checo y en las reformas que pusieron en práctica los países de Europa del este a partir de 1989.

Todavía falta hablar de mucha gente interesante en el siglo XX (es un siglo concentrado) pero eso será en la segunda parte de este artículo, lo prometemos.

Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 8 de mayo de 2017

Lo que esconde la Renta Básica


Ayer Europa temblaba de terror, parecía como si los cimientos de la Unión Europea, de pronto, no fueran tan sólidos, y estos pudieran finalmente caer y ser destruidos por uno de sus padres fundadores, pero Oh la la’, otra vez será (suspiro de alivio). Sin embargo, en El Club de la Economía no estamos para estas niñerías. No, nosotros vamos más allá, pensando a lo grande, y como es costumbre, metiéndonos donde no nos llaman, no precisamente a hacer amigos. Hoy no vamos hablar de Francia, ni de Europa ni del mundo, sino de temas un tanto más universales. Nunca mejor dicho, el Club de la Economía emprende un viaje hacia el infinito, y más allá. Nos disponemos a hablar sobre un tema tan oscuro, que bien podría englobar los 7 pecados capitales. Hoy hablaremos sobre la Renta Básica Universal. 



Antes de nada, y poniéndonos nuestras gafas socialistas, cuidadosamente guardadas bajo llave, empezaremos definiendo qué es esto de la Renta Básica (o RBU): ésta se trata de un salario que recibirían indiscriminadamente, indiferentemente e incondicionalmente todos los habitantes de un país, por el mero hecho de ser ciudadanos. No se distingue entre ricos y pobres, en paro o con trabajo, rubios o morenos. Da igual, todos reciben el mismo pago por la simple razón de existir.

Por tanto, esta Renta realmente acabaría con todos los males, enmendando los grandes errores producidos por Lucifer, quiero decir, el Capitalismo, evitando las grandes injusticias y desajustes económicos, estableciendo una igualdad real y garantizando, como mínimo, la supervivencia (con unicornios, arcoiris, ositos de peluche y Pablo Iglesias con aureola). Pero desafortunadamente, y lamentando ser siempre portadores de malas noticias, esto no es así. Así que, estatistas, dejadnos la Economía a nosotros.

Para empezar, vamos a definir la RBU con el calificativo que realmente merece. Nada de solidaria ni socialista, no, más bien tremendamente egoísta, o dicho con otras palabras para que se entienda mejor, profundamente antisocial.

La RBU incentiva a abandonar por completo cualquier intento de cooperación económica, o lo que es lo mismo, que se deje de competir y se acabe con todo tipo de sentido en cuanto a relaciones económicas. Esto tiene fácil explicación, ya que implantar una RBU garantiza a las personas aquellos bienes y servicios que el Estado considera suficientes y necesarios, por lo que independientemente de lo que las personas hagan con su vida, estas sobrevivirán.
Esto supone un claro desincentivo al trabajo, ya que dicho esfuerzo ya no es necesario, no es requisito indispensable. Aún así, está claro que las personas harán algo con sus vidas parasitadas por decreto. Sin embargo, el sistema favorecería que las personas fueran tan sumamente egoístas de hacer aquello que buenamente quieran (bañar al pez, la acupuntura al cactus…) sin tener ni por un instante en cuenta al resto, lo cual como ya nos avisaba John Nash, es necesario para prosperar económicamente.
La RBU se esconde y encierra en un individualismo extremo que dista mucho de ser el defendido por el liberalismo, ya que va en contra de los propios fundamentos y valores liberales. O dicho de otra forma, si una persona desea adquirir bienes o servicios producidos por otras personas, a cambio, deberá ofrecerles bienes o servicios que estos, a su vez, valoren, a través de intercambios VOLUNTARIOS. De esta forma, nadie podría ofrecer al prójimo más valor del que se obtiene de éste, aunque ciertamente esta sea nuestra intención, la ambición individual (de la que ya nos hablaba el tito Adam) de querer obtener mayor rentabilidad que el resto, luchando por este beneficio, en la competencia. Esto nos obligará a dedicar parte de nuestro tiempo a satisfacer las necesidades ajenas, para poder cumplir las propias.

En un mercado libre, las personas tienden a acumular mayor riqueza, dependiendo de la satisfacción que hayan sido capaces de crear, superando a la competencia. La RBU tiende a crear una igualdad que no es real, y que va mucho más allá de la igualdad ante la Ley que defiende el liberalismo, tratando de implantar una igualdad económica con puño de hierro y por decreto. Sí, todos seríamos iguales, igualmente pobres. La riqueza aumenta multiplicando, jamás dividiendo.

Por no hablar de que, tras haber visto todo esto, indudablemente se corre el riesgo de que, efectivamente, no haya nadie al otro lado dispuesto a ofrecer sus productos, ya que al no necesitar satisfacer las necesidades del resto para seguir con su vida, alomejor éste prefiere pasarse el día viendo Sálvame, yendo a la playa o jugando al FIFA.
Por otro lado, estaría la otra cara que esconde la RBU, que no es otra que el cierre de fronteras y un enorme proteccionismo. La Renta Básica no es compatible con la libertad de circulación, y muchísimo menos, con la inmigración. El propio Philippe Van Parijs (mayor defensor de la RBU) reconoce que para instalar satisfactoriamente la RBU en Occidente, y más aún, en la Unión Europea, sería necesaria una severa restricción migratoria. Esto es porque, a mayor redistribución del Estado de Bienestar, mayor necesidad de cerrar fronteras, ya que el resto del mundo también quiere cobrar por no hacer nada, siendo necesarias políticas migratorias enormemente restrictivas, para de ese forma, poder mantener una fuerte redistribución coactiva entre los nacionales. Otra solución propuesta sería otorgar esta Renta únicamente a los nacionales del país. Pero tanto construyendo muros en las fronteras como discriminado a los extranjeros, lo que se aprecia son valores racistas y xenófobos, suponiendo que los habitantes de tu país tienen más derechos que cualquier otra persona.

Y es que, para rematar, la RBU es completamente infinanciable. Aquellos que la defienden, son los mismos que, de nuevo, abusan del mágico termino de la Economía, el clásico “ceteris paribus”. O lo que es lo mismo, suponer que ante un aumento brutal de presión fiscal, hasta límites nunca antes vistos y protegiendo a la gente, sin necesidad de que estos hagan nada, no supondrá un cambio real en los hábitos de mercado. Osea, hay que tragarse el cuento de qué realmente sableando a impuestos a los ricos y pagar a todo el mundo por nada, no va a significar un cambio (radical) del mercado (familias y empresas), y sobretodo, que los grandes financiadores de ésta, que no son otros que las empresas del Ibex y los ricos, ¿de verdad ante tal saqueo impositivo no buscarían otros destinos menos confiscadores? Lo dicho, un cuento chino.
Haciendo que las principales fortunas y empresas huyan del país no aporta más riqueza, sino una destrucción total de la Economía, distribuyendo las cenizas y restos calcinados de ésta.

Y para aquellos que opinan que esto realmente no tendría que ser así, ya que la RBU es sencillamente una base de la cual todos partimos, que no te impide poder acumular rentas adicionales, entonces yo me pregunto, si todos partimos de la misma base ¿Qué la diferencia de partir de 0? ¿Para qué sirve? No tengo más preguntas.

Resulta curioso cómo un Salario mínimo de 600€ sea una miseria y un robo vergonzoso y paupérrimo, pero cobrar una Renta básica de 600€ es un acierto, un hito histórico y un logro social.

Incluso abandonando la Economía por un instante, y poniéndonos a filosofar, en las más oscuras y profundas entrañas de los fundamentos de la RBU, encontramos la verdad, el verdadero objetivo, que no es el de alcanzar una igualdad real, sino que pretende perpetuar la desigualdad existente, prevaleciendo los intereses y poder estatal sobre el conjunto del resto de ciudadanos, siendo el Estado el que maneja los hilos a su antojo, imponiendo coactivamente su voluntad.

Sin embargo, sí que existen soluciones y ayudas de muchos tipos para aquellas personas menos afortunadas qué realmente mejoran y benefician a estos, sin necesidad de cargárselo todo y echarlo por la borda.

Por un lado estaría la posibilidad de un impuesto negativo, que supondría que aquellas personas con trabajo, pese a obtener salarios bajos, vean aumentada su renta disponible deduciendo impuestos. De esta manera no se desincentivaría el trabajo, evitándose ese clientelismo. Sin duda alguna, no existe mejor renta para el ciudadano común que reducir los impuestos, y devolverle lo que es suyo y se ha ganado para su bolsillo. En definitiva, menos subvenciones y más deducciones.

Por otro lado estaría la renta subsidiaria de subsistencia, que se trata de una renta dirigida a garantizar la subsistencia de aquellas personas que, por incapacidad (y no porque sí) no son capaces de cooperar e integrarse en el libre mercado, manteniéndose de carácter subsidiario, lo que significa que ésta depende del resto de rentas recibidas. No se debe confundir con la RBU, ya que la renta de subsistencia no es universal (sino específica y particular para aquellos que la necesitan) ni tampoco es incondicional (sino sometida a la condición de que la persona sea incapaz de valerse por sí misma en el mercado libre. Los que no quieran cooperar, no la recibirán). Esta renta, de hecho, ha sido defendida por liberales de la talla de Friedrich Von Hayek, tratándose de una ayuda beneficiosa y financiable, no siendo necesario engordar el “Estado de Bienestar” hasta límites insospechados.

Ya veis, existen alternativas a la RBU que son perfectamente viables, positivas y que no se cargarían la Economía, pero ¿A quien dejaría de beneficiario estas rentas? Efectivamente, al gobernante. Para el político es mejor tener rehenes dependientes de la amabilidad y generosidad del gobernante, debiéndoles la vida a cambio de las migajas del asistencialismo. No se busca reducir la pobreza, sino mantenerla y perpetuarla para tener votantes sumisos. Pero aquí, en El Club de la Economía hemos decidido hacerles frente, y no pararemos hasta alcanzar lo que legítimamente es nuestro y nos pertenece. Seguiremos luchando, ahora y siempre, por la Libertad.

Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos


lunes, 28 de noviembre de 2016

Economía de mercado, ¿y eso qué es?

Hoy toca entrar más en materia, así que vamos a hablar de ese coso llamado economía de mercado. La economía de mercado es la única forma por la que podemos entender la Economía hoy en día. Sin embargo, la economía de mercado, como los Pokémon, puede ser de muchos tipos.

Pongámonos en situación: finales de la década de los 80, ese viejo fantasma del comunismo cae con la Unión Soviética y se asiste a uno de los cambios más importantes del siglo XX. Este hecho fue de gran importancia para el capitalismo, pues se confirmaba como modelo económico dominante a nivel mundial dos siglos después de que un fulano llamado Adam Smith sentara sus bases.

                                                   Fulano Smith


Este señor defendía que tanto las familias y las empresas interactúan en los mercados guiados por una “mano invisible” que permite la autorregulación del propio mercado. De este modo, esta interacción entre la oferta (empresas) y la demanda (familias) es la única manera de lograr el bienestar social. Contrariamente a esta teoría en la que millones de personas toman decisiones que influyen en la economía, se encuentra su opuesta, el intervencionismo, en la que el Gobierno toma todas estas decisiones porque un político sabe lo que quiere el consumidor más que el propio consumidor (?).

Hoy en día se asocia economía de mercado a capitalismo pues, como ya hemos dicho, es éste el modelo económico hegemónico en la actualidad. Sin embargo, no siempre fue así. Es en el siglo XIX cuando surge la división moderna entre las dos posturas: los defensores del libre mercado y los defensores del intervencionismo del Estado en el mercado. De ésta última surge otro modelo de la mano de un señor con muy pocas ganas de trabajar llamada marxismo, pero esa la dejaremos para otro momento.

Por un lado, los defensores del intervencionismo del Estado consideran que éste tenga un gran peso en la economía, ya que mediante el control del Gobierno la economía es más eficiente, al velar por el bien común. Este intervencionismo no sale gratis y se debe financiar vía robo, perdón, impuestos, quería decir impuestos. Algunos de los más grandes economistas han defendido este sistema como Stiglitz, Samuelson y probablemente uno de los más influyentes economistas de la historia, John Mayard Keynes. Este sistema de intervencionismo a veces puede derivar en medidas proteccionistas que se basan en cerrar las fronteras de la economía, imponer aranceles elevados y comerte los mocos. Normalmente el niño que no quiere compartir se queda sólo en el patio y así les va.

Por otro lado, los defensores del libre mercado, que somos más guapos, más altos y tenemos más pelo, defienden que el Estado es necesario, pero el control de la economía no debe estar en manos de un grupillo de funcionarios, sino que el mercado se autorregula por las decisiones de los propios consumidores. En esta ecuación el papel del Estado, por lo tanto, es velar por los derechos y libertades fundamentales de todos los ciudadanos (libertad de propiedad, libertad de expresión, libertad de asociación...) con la menor interferencia en el mercado posible. Los ideales de este libre mercado se resumen con el “laissez faire, laissez passer” (dejen hacer, dejen pasar), en el sentido de que se debe dejar actuar al mercado por su cuenta. Adam Smith lo explicaría con la frase: “En la competencia, la ambición individual beneficia al bien común” (este tipo decía muchas cosas interesantes). Lo que viene a decir tito Adam con esto es que en un mercado libre las empresas compiten y sólo sobreviven aquellas que aportan un mayor valor y satisfacen mejor las necesidades de las personas. De este modo, las empresas mejoran para aumentar su beneficio y las personas escogen aquellas que les satisfacen más, obteniéndose así un beneficio mutuo. En este pensamiento se encuentran todos los economistas de la Escuela austríaca, como Ludwig von Mises, y la Escuela de Chicago como Milton Friedman y otros tantos. Mención especial merece Friedrich Hayek, de la Escuela austríaca, que escribió Camino de servidumbre, donde le da tantos palos al colectivismo como para construir un fuerte. La moraleja que se extrae de esta gente es que el único modelo verdaderamente eficiente y que es compatible con la libertad humana es el libre mercado.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.