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lunes, 17 de septiembre de 2018

Duelos Económicos (I): Economía de la Oferta vs Economía de la Demanda



Con el paso del tiempo, hemos ido diseccionando la Economía, como si de un estudio anatómico se tratase. Si nos habéis acompañado a lo largo de estos artículos, habréis podido comprobar de primera mano qué es laeconomía, habréis aprendido historia económica e incluso nos hemos permitido el lujo de enseñaros qué es la Macroeconomía y la Microeconomía.

Y tal vez os preguntareis ¿Y esto para qué? Más allá de lo obvio, es decir, poder presumir en la discoteca, hemos de confesaros que, realmente, todas han sido píldoras e ingredientes para que, llegado el momento, estuvieseis preparados para ir más allá dentro de esta apasionante ciencia social.
Pues bien, ese momento ha llegado, ya que el artículo que os traemos hoy requiere de todo eso. Nos adentraremos en las profundidades de la ciencia económica para darle un giro a todo lo que sabíamos, o más bien, creíamos saber.

Con éste artículo, inauguramos los duelos económicos, los cuales enfrentaran a economistas que defenderán con su vida (o aquel bien que marginalmente cada uno considere más preciado) sus corrientes de pensamiento económico. Así que, sin más dilación: que de comienzo los Duelos de Economía.

En la esquina inferior izquierda del ring, tenemos a los Economistas de la Demanda, liderados por el refinado caballero inglés, recién llegado de Cambridge: John Maynard Keynes!


En la esquina superior derecha del ring, tenemos a los Economistas de la Oferta, liderados por el apuesto y yanqui, recién llegado de Ohio: Arthur Laffer!





Round 1: Exposición de sus ideas.

Comencemos con los de Keynes, que llegaron con puntualidad británica. Los economistas de la Demanda lo son porque consideran que el medidor principal, sobre el cual debe pivotar toda economía, es la Demanda Agregada, también conocida como PIB o Renta Nacional.
La fórmula es bien sencillita:



Podríamos decir que ésta es la panacea de la Macroeconomía, porque sí chicos, hoy en día calculamos el valor económico de un país a partir de la fórmula que Keynes diseñó. Visto así parece muy sencillo: la producción total (bienes y servicios finales) se obtiene de la suma del Consumo (gasto de familias), Inversión (Gasto de Empresas), Gasto público (de las Administraciones del Estado) y el resultado de la diferencia entre Exportaciones (bienes y servicios que vendemos) e Importaciones (bienes y servicios que compramos).

Recordemos que los Economistas enfocados en la Demanda consideran que, para que una Economía sea próspera, la mejor manera es estimular la Demanda, aumentando el Consumo, Inversión o Gasto.
¿Y cómo alcanzar dicho estímulo? Pues Keynes quiso darle otra vuelta, y ahora la cosa se complica. Con todos ustedes, uno de los modelos que más quebraderos de cabeza han llevado a la economía:



El razonamiento matemático keynesiano es lógico. La inversa de lo que te queda, restando la Progresión Marginal a Consumir (es decir, en otras palabras, lo inverso a ahorrar) multiplicado por el PIB, da como resultado la Producción nacional, ajustada con el multiplicador keynesiano. ¿Y para qué sirve éste invento, os preguntaréis? Pues básicamente, para medir el impacto que tiene en la economía real una variación en sus componentes (aumento o disminución de Consumo, Inversión, Gasto…). Más tarde, volveremos sobre ello.

Damos ahora paso a los Economistas de la Oferta, cuyo planteamiento será sencillo de entender, porque es totalmente el contrario del enfoque en la Demanda.
En este caso, los economistas no consideran que para alcanzar el éxito económico haya que estimular la Demanda, sino la Oferta agregada. Y esto se traduce en implementar medidas que posibiliten condiciones más favorables para los productores que ofertan bienes y servicios, tales como la reducción de barreras y trabas (como los aranceles o impuestos) y la desregulación.
El eje central sobre el que se mueve dicha teoría, es la curva de Laffer



Lo que ésta gráfica tan característica viene a decirnos, es que, los impuestos (todos los tributos) y la recaudación (ingresos fiscales) no tienen una correlación positiva, o al menos no siempre, ya que llegados a determinados puntos, un incremento de impuestos podría conducir a una reducción de los ingresos.


Round 2: Crítica.

En cuanto al modelo de Demanda, habría que puntualizar algunos matices, para entender mejor con qué pie cojeaba Keynes.

En primer lugar, el multiplicador Keynesiano tiene algunos ceteris paribus (también conocidos como “ten fé, porque sino todo esto se va a la mierda”) que no estaría de menos comentar:

Para empezar, Keynes moldeaba la Economía su antojo, sí. Pero sus modelos no tenían en cuanta el factor externo, por lo que excluía de sus análisis el balance de Exportaciones e Importaciones, analizando Economías cerradas (en otras palabras, Economía abierta? Ugh, qué es eso, quita quita).

Por otro lado, Keynes consideraba que la totalidad de los factores productivos eran usados, no quedando absolutamente ninguno ocioso. Entenemos que Keynes fuese un tío trabajador, y eso de los hobbies no iban con él, pero de ahí a ser realista, hay un trecho.

Además, Keynes afirmaba que, si venían mal dadas, no importaba. La Demanda agregada tenía que equilibrarse con la Oferta, y por mucho déficit que pudiese generar una inversión en plena recesión, debía hacerse igualmente, ya que esta multiplicaría la renta, con la cual podría financiarse, y de lo contrario, una reducción en el Gasto generaría efectos multiplicadores adversos. Llegaba a afirmar que el Estado debería poder usar su poder coactivo para obligar a los ciudadanos a consumir para que de ésta manera, se le diera cuerda al flujo circular de la renta. Lástima que sus teorías sólo funcionasen tras una Guerra Mundial.

Por último, y no por ello menos aterrador, dejando claro que Keynes consideraba que toda Inversión, Gasto y Consumo eran beneficiosos para la economía, hasta el punto de tener efectos multiplicadores en la producción, Keynes proponía que la mejor política fiscal para estimular la Demanda era aumentar el Gasto Público. De ésta forma, Keynes descartaba la posibilidad de bajar impuestos, ya que, aunque en última instancia una mayor Renta Disponinle supondría mayor Consumo e Inversión, no siempre era así, ya que realmente, dependía de cuanta parte de esa Renta, las personas no consumiesen. O en otras palabras (probablemente, la palabra más odiada del Keynesianismo), dependía del Ahorro. Aumentando el Gasto, por tanto, las instituciones del Estado usarían su coacción impositiva para que la Propensión Marginal a Ahorrar de cada individo no se interpusiese en su camino.


En cuanto al modelo de Oferta, pese a tratarse evidentemente de una corriente a primera vista más apetecible, ya que tiene un poco menos de imposición y un mucho más de libertad, la principal crítica es que, en última instancia, y pese a que la Curva de Laffer realmente funciona, ésta funciona únicamente para mostrar en qué punto, el Estado maximiza su recaudación.

Es decir, aquellos que pretendían protegerse del aparato represor del fisco, realmente están otorgándole con toda su buena intención su arma al enemigo, sirviéndosela en bandeja de plata. No están consiguiendo lo que buscaban, que era reducir el tamaño del Estado, sino que le están diciendo al Estado la forma más eficiente de rapiñar.

Además, afirmar que engordar los bolsillos y ponerle la vida más fácil a las empresas, necesariamente debe multiplicar la producción y por tanto la oferta, tampoco siempre es cierto.

Por un lado, porque no se tienen en cuenta factores adversos, tales como la inflación, por la cual es posible aumentar la riqueza nominal, pero a la hora de la verdad, la producción real disminuya.

Y por otro lado, porque sencillamente podría suceder que las empresas decidan también atesorar dicho capital, a la espera de nuevas inversiones, o repartirlo entre sus inversores.

Round 3: Conclusiones Finales

Los modelos hoy vistos, son lo más cercano para un economista de jugar a ser Dios, y por eso tienen tanta fama entre planificadores centrales y burócratas.

Tanto el multiplicador de la Demando como de la Oferta deben tomarse con mucha cautela y cuidado. Pues son ese tipo de instrumentos que, caídos en malas manos, podrían generar una debacle.
Como diría el tío Ben: “Un gran multiplicador, conlleva una gran responsabilidad”


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos

lunes, 3 de septiembre de 2018

Érase una vez la Economía V: siglo XX


El siglo XX es probablemente la centuria más loca que le ha tocado vivir a esta, nuestra especie. Se trata de un siglo de profundos contrastes, con avances tecnológicos y científicos nunca antes soñados y un aumento de la prosperidad y la libertad a nivel global; pero también es el siglo que fue testigo de los peores totalitarismos y las carnicerías más espectaculares de las que ha sido capaz el ser humano.

En los primeros años de 1900 las potencias europeas controlaban el patio con sus grandes imperios coloniales, su abrumadora superioridad técnica y económica y su todavía poquito de esclavismo mal disimulado. Las tensiones imperialistas en Europa acabaron desembocando en la Gran Guerra, un conflicto como nunca se había visto has entonces. Cuatro años y unos cuantos millones de muertos después Alemania y Austria-Hungría habían perdido y la hegemonía mundial cambiaba de manos. EEUU, calienta que sales. Paralelamente, Rusia es tomada por los comunistas, poniéndose en práctica así las teorías del marxismo (sale mal).

Al final de la década de los veinte se produce el Crack del 29 y el mundo occidental se queda hecho unos zorros. Esta situación de pesimismo económico, unida al resentimiento por la anterior guerra, permite llegar al poder en Alemania a los matones de la esvástica, que se ponen a pegar palos a los vecinos. Se inicia así una guerra a escala global que termina por matar al 2,5% de la población mundial.

Tras la nueva derrota de Alemania y sus aliados (esta gente nunca se cansa de perder), el mundo queda dividido en dos bloques: el Occidente capitalista y el coco de la hoz y el martillo. Durante esta segunda mitad del siglo XX se produce un progreso científico inimaginable que todavía hoy somos incapaces de asimilar. Gracias a esto hemos conseguido prolongar la vida de manera extraordinaria, llegar a la Luna y lo más importante de todo: Internet.


Coge el mapa que creo que esto no es Cuenca.

Una vez hechas las presentaciones con el siglo XX, pongámonos con los economistas que pulularon por el mundo durante estos años que les tocaron vivir. El primero no puede ser otro que nuestro común amigo Ludwig von Mises. A pesar de sus grandes contribuciones a la economía, Mises es recordado principalmente por ser un peso pesado de la Escuela Austríaca y del liberalismo. En 1912 publica La teoría del dinero y del crédito, donde Mises se ve influenciado por la teoría del valor de Carl Menger para elaborar una nueva teoría, según la cual las crisis son causadas por una mala distribución de los recursos debido a la inflación. Sobre esta base, Mises argumentó que la cantidad de dinero en la economía no es neutral, sino que el aumento de la masa monetaria tiene efectos redistributivos. Posteriormente, Mises publicó El socialismo: un análisis económico y sociológico, obra que supone una crítica concienzuda al socialismo. Mises defiende nuevamente el laissez-faire, pues una sociedad construida al margen del mercado, como son los sistemas comunistas, es inviable, ya que en ella es imposible el cálculo económico y por lo tanto la solución racional de los problemas económicos. Este texto tuvo mucha influencia posteriormente debido a que predijo con mucha antelación el fracaso del socialismo, evitando valoraciones éticas y morales.

Sin embargo, la obra principal de Mises es, sin duda, La acción humana, escrita en 1949. Se trata de un tocho de más de mil páginas en el que Mises trata a la economía solo como una parte de una ciencia más universal, la praxeología o ciencia de todo tipo de acción humana. Mises parte de la acción individual para explicar de manera integrada el funcionamiento del mercado, la formación de los precios, el dinero, la crucial función del empresario, etc. En conclusión, nuestro Ludwig elabora un razonado alegato a favor del capitalismo y la libertad. Este libro supone su obra cumbre debido a la enorme influencia que ha ejercido en las sucesivas generaciones de economistas.

Pasamos ahora a hablar de un economista muy diferente a Mises, pero que sin embargo es uno de los economistas con más repercusión de todo el siglo XX. Efectivamente, hablamos de John Maynard Keynes. Keynes nació en 1883 y se graduó en Economía en la Universidad de Cambridge. Tras desempeñar diversos puestos en la administración británica, participó en la Conferencia de Paz de París después de la Primera Guerra Mundial, donde discrepó profundamente de las medidas económicas adoptadas contra Alemania. Keynes argumentaba que las sanciones que se querían imponer provocarían grandes dificultades para el país y lo llevarían al desorden social. El tiempo le acabaría dando la razón por completo en este asunto. Durante este período escribió algunas obras destacadas como Tratado sobre probabilidades y Tratado sobre la reforma monetaria, donde contribuía a las bases matemáticas de la probabilidad y criticaba las políticas deflacionarias, respectivamente.


Hola, amigos. Soy Keynes. Disculpen, pero me pillan aquí leyendo este libro con cara de intenso.

Su obra central es Teoría general del empleo, el interés y el dinero, de 1936, en la que establece las bases de su propio modelo económico, el modelo keynesiano, que tanta influencia tendría a la larga. En contra de la corriente general de la época que defendía el laissez-faire y el equilibrio presupuestario, Keynes creía que el Estado debía intervenir activamente en la economía en épocas de crisis, como era el caso de la Gran Depresión. El argumento era que el desempleo no se produce por una falta de recursos, sino por una falta de demanda que da lugar a que no haya los suficientes bienes como para dar trabajo a todos. Por lo tanto, ante una economía debilitada por la baja demanda, el gobierno debe tratar de incrementar la demanda agregada (demanda total de la sociedad) a través de un aumento del gasto público. De este modo, según Keynes, gracias a ese aumento del gasto público aumenta la producción, la inversión y el empleo. Básicamente que el Estado gaste en inversiones y obras públicas para favorecer el empleo.

- ¡Mi teoría no tiene fisuras, es brillante! Jajaja.
- Pero señor Keynes, ¿y qué pasa con el déficit público?
- Calla y hazme un sándwich.

Este modelo tuvo una enorme influencia, principalmente en el New Deal que impulsó Roosevelt en EEUU para salir de la Gran Depresión. Evidentemente terminó con erótico resultado. Keynes también tuvo un destacado papel formando parte de la delegación británica en los acuerdos de Bretton Woods de 1944. En esta conferencia internacional se decidió la creación del Banco Mundial y del FMI, se establecieron las reglas para las relaciones comerciales y financieras entre los países y se fijó el dólar como moneda de referencia internacional.

Un economista que tuvo mucha relación con Keynes fue el italiano Piero Sraffa, economista importante del siglo XX, a pesar de no ser de los más conocidos. Debido a su condición de marxista, Sraffa tuvo que huir de Italia y Keynes le ofreció un puesto en la Universidad de Cambridge. En un primer momento, destaca por su crítica de las teorías de Alfred Marshall, al que acusa de violar su propio concepto de ceteris paribus. Como buen comunista, Sraffa rechazó en sus escritos la teoría de la utilidad marginal, según la cual el valor de algo depende de la cantidad de ese algo (como ya vimos, si aceptamos esta premisa la teoría marxista al completo se viene abajo).

Se le considera el fundador de la escuela neoricardiana por el profundo estudio que realizó de la obra de David Ricardo, de la que publicó también una extensa crítica. Su libro más destacado a este respecto y su obra cumbre es Producción de mercancías por medio de mercancías, donde se aparta de la teoría de la utilidad marginal, mayoritaria por aquel entonces, y se dedica a perfeccionar la teoría del valor desarrollada por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx.

Otra economista de este siglo es Gunnar Myrdal, doctorado en Economía por la Universidad de Estocolmo. Este sueco destacó por sus análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales, es decir, por su defensa de la interdisciplinariedad de las ciencias sociales. Esto fue fundamental, por lo tanto, para situar la economía en distintos campos. También realizó análisis sobre la pobreza en los países en vías de desarrollo y propone la igualdad de oportunidades y la redistribución mundial para disminuir la brecha entre países pobres y ricos. Sin embargo, su principal aportación a la ciencia económica fue su trabajo sobre la teoría del dinero y las fluctuaciones económicas, por el que recibió el premio Nobel junto a uno de los economistas más importantes de la centuria: Friedrich Hayek.

Hayek, discípulo del antes mencionado Ludwig von Mises, es sin duda alguna el más conocido de los pensadores de la Escuela Austríaca. Como ya dijimos, esta escuela de pensamiento se opone a la intervención estatal en la economía y defiende la utilidad marginal y la libertad individual. No obstante, Hayek empezó teniendo posiciones próximas al socialismo durante sus años de universidad y no fue hasta leer el libro El socialismo de su maestro Mises que abandonó esa ideología y se convirtió en liberal.  Nunca se lo agradeceremos a Mises lo suficiente.


Friedrich Hayek.

La contribución más temprana de Hayek fue su desarrollo de una teoría del ciclo económico. La teoría de Hayek postula la tasa de interés natural como un precio que coordina las decisiones de ahorradores e inversores a través del tiempo. El ciclo ocurre cuando la tasa de interés de mercado, es decir, la que prevalece en el mercado, diverge de esta tasa de interés natural. Esto hace que la estructura del stock de capital se distorsione, por lo que ya no refleja los deseos de ahorradores e inversores expresados ​​en el mercado. Esta teoría no sentó nada bien a la peña en su momento, ya que implicaba que los intentos de contrarrestar una recesión o un período de alto desempleo con un aumento en la oferta monetaria distorsionarían aún más la estructura del stock de capital. Su remedio fue simplemente permitir que la recesión se cumpliera, permitiendo así que la tasa de mercado volviera a la tasa natural. En otras palabras, los políticos tenían que comprender que a veces es mejor quedarse quieto para no estropear más la situación, pero no hay cosa que le guste más al Estado que meter sus zarpas en estas movidas.

A lo largo de su vida, Hayek criticó el socialismo, a menudo contrastándolo con un sistema de libre mercado, basándose en razones económicas, políticas y éticas. A este respecto destaca su obra cumbre Camino de servidumbre. El argumento principal del libro es que los totalitarismos, entre ellos el socialismo, derivan del colectivismo, un sistema incompatible con la libertad humana, según Hayek. Los planificadores de la economía, al no contar con toda la información del mercado, son incapaces de llevar a cabo un cálculo económico eficiente, lo que provoca que tengan que utilizar la coerción para que los ciudadanos acaten sus planes. Esta situación supone la anulación de las libertades individuales y, en último término, la instalación de una dictadura. De este modo, la planificación económica que busca en un primer momento “la justicia social” conduce necesariamente al totalitarismo y la pérdida de las libertades económicas y personales. Hayek ilustra su argumento con los ejemplos de la Alemania nazi y la Rusia comunista.

En cambio, en una sociedad democrática, con libre mercado, cuyos habitantes gozan de libertades individuales protegidas por la ley y derechos de propiedad bien definidos, el mercado cuenta con los mecanismos necesarios para realizar un eficiente cálculo económico, pues los empresarios buscan el máximo beneficio económico. Por este tipo de cosas, en este blog siempre estamos en el equipo de Hayek.

La enorme influencia de Hayek se dejó notar principalmente en los últimos años, cuando asesoró a distintos líderes políticos, como Margaret Tatcher, propiciando de este modo el auge del liberalismo económico en la década de los 70. El presidente de los EEUU Ronald Reagan afirmó que, junto a Milton Friedman, Hayek era de las personas que más habían influido en él. Asimismo, tuvo una fuerte influencia en la Revolución de Terciopelo que significó la caída del partido comunista checo y en las reformas que pusieron en práctica los países de Europa del este a partir de 1989.

Todavía falta hablar de mucha gente interesante en el siglo XX (es un siglo concentrado) pero eso será en la segunda parte de este artículo, lo prometemos.

Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 12 de febrero de 2018

Crisis Económicas III: El Crack del 87


Hace mucho tiempo, en una Economía muy, muy lejana…


Tras la llegada de Volcker a la presidencia de la Reserva Federal, las políticas keynesianas, indefensas ante la Crisis del Petroleode 1973, fueron reemplazas por la nueva Teoría Monetarista. Tras su derrota, Darth Keynes sería reemplazado por Milton Friedman Skywalker, que junto a Ronald Reagan Kenobi, lucharían por llevar de una vez por todas, la libertad a la economía…

La Crisis del Petróleo al fin quedaba atrás. Tras abandonar las teorías expansivas keynesianas, que demostraron ser totalmente ineficaces para salir de la recesión, la FED pasaba a la acción. En vez de aumentar sin cesar la oferta monetaria bajando el tipo de interés, adoptó políticas contractivas y subió el tipo de interés. En vez de subir impuestos y aumentar el Gasto Público, bajó impuestos y redujo el gasto.

Un aire liberal se volvía a respirar en América. Ronald Reagan había llegado a la presidencia.
Comenzaba una de las etapas de mayor concentración de crecimiento en poco tiempo. Durante los primeros años de la década de los 80, la economía estadounidense se recuperaba espectacularmente, ante las políticas de austeridad instauradas por Reagan, que atrajeron inversión, riqueza y empleo.

Evolución del Desempleo durante la legislatura de Reagan


Crecimiento Real del PIB estadounidense durante la era Reagan


 Sin embargo, el presidente republicano tuvo una gran asignatura pendiente, y esta era la de ajustar el gasto público a la reducción de impuestos, los cuales bajaron mucho más en términos relativos comparado con el gasto.

Reagan partía de una premisa correcta, y es que una reducción de impuestos produce un gran aumento de la actividad económica, y esto se puede traducir en un aumento de la recaudación.

Curva de Laffer



Sin embargo, pese a las muchas noches en vela que pasó rezando a su querido amigo Laffer, la radical bajada de impuestos no fue capaz de asumir el enorme gasto que se mantuvo, provocando un gran aumento de la Deuda.

Aumento Deuda Pública durante la era Reagan.


Y es así, con grandes crecimientos en poco tiempo, financiado por una gran masa de deuda, como las cosas tienden a torcerse, mientras el mercado se apalanca y se sumerge en una ficción de crecimiento por encima de sus posibilidades.

Por aquellos años, el Dow Jones (el indicador de las 30 empresas con mayor cotización en el mercado estadounidense) había ido de máximo histórico en máximo histórico, marcando una tendencia que parecía no tener final.

Sin embargo, algo ocurrió en 1987 que empezó a mostrar lo que se avecinaba. El mercado asiático cambió radicalmente de tendencia, y comenzó a caer, lentamente, pero sin pausa. Esto afectó en poco tiempo a Europa y por supuesto a Wall Street, que comenzó a entrar en una espiral bajista, pero sin un rumbo claro.

Y así se mantuvo hasta que acabó el verano, y es entonces cuando la tendencia pasó a retroceder sin titubeos. Durante unas semanas, Wall Street vio como los principales indicadores llevaban unas pérdidas acumuladas de más del 10%, y un miedo conocido volvía a apoderarse de los inversores norteamericanos.

Sin embargo, para principios de octubre, la situación pareció normalizarse. Lo peor ya había pasado. El temor dio paso al alivio. Al menos durante el fin de semana.

Lunes 19 de octubre de 1987. En cuestión de unas horas, el Dow Jones perdía 508 puntos, bautizándose como el Lunes Negro, término que no se usaba desde hacía 58 años, y que se esperaba no volver a usar nunca más. La caída al final del día fue del 22,6% superando a cualquiera de los días negros del antaño 29.


Evolución del Dow Jones durante 1987


Las órdenes de venta se multiplicaron, como nunca antes lo habían hecho. El pánico había vuelto para quedarse.



Antes de que acabase el mes, los mercados de valores de Hong Kong ya habían caído un 45,8%, Australia un 41.8%, España un 31 %, el Reino Unido un 26,4%, Canadá un 22,5 % y Nueva Zelanda un 60 %.
Ante este crack, se ponía al frente de la FED Alan Greenspan, que actuó rápida y tan eficazmente que evitaría que la economía estadounidense entrase en Depresión, e incluso llegaría a crecer durante el año inmediatamente sucesivo. Esto le llevaría a presidir la Reserva Federal casi 20 años, sentando sin embargo un triste precedente en cuanto a crisis financieras se refiere: la inyección de dinero público al rescate del mercado.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 10 de julio de 2017

Del patrón oro a la fe en el dinero




Hace poco explicábamos por qué el ser humano ha valorado siempre el oro durante prácticamente toda su existencia. Explicábamos por qué se convirtió en uno de los actores más fundamentales de la historia económica, superando a otros nombres propios como el euro o el dólar. Hoy toca hablar de uno de los conceptos más cruciales y claves en lo que a economía moderna se refiere. Hablaremos de cuando el dinero era real, y tenía valor intrínseco, y de cómo este valor pasó a estar únicamente en nuestra imaginación. Damas y caballeros, con todos ustedes, demos la bienvenida al patrón oro.

Antes de nada, definamos este concepto del que muchos hemos oído hablar, pero pocos sabemos realmente de qué se trata. El patrón oro, como su nombre indica, es una referencia, una relación que se fija entre una unidad monetaria y una determinada cantidad de oro.  Por tanto, el patrón oro supone un sistema monetario no fiduciario, es decir, no se sustenta en la confianza del poseedor, sino que se sustenta en el oro. Esto viene a decir que los emisores de divisas garantizan que el poseedor de dichas unidades monetarias tenga siempre la posibilidad de canjear su papel moneda por oro. En otras palabras, el patrón oro destruye de raíz la fiesta de unicornios y ositos parlantes que el sistema monetario actual, haciendo de la economía un sistema rígido, en la que cada billete tiene un valor fijo.

Antes de explicar los inicios del patrón oro, vamos a retroceder un poco para ver por qué era necesario. Como dijimos, durante toda nuestra historia la unidad monetaria internacional y comúnmente aceptada ha sido siempre el oro. Sin embargo, a finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, el ser humano comenzó a hacerse más vago, pero en especial más rico, debido a las primeras tendencias liberales y capitalistas. Esto significaba que, conforme la riqueza crecía más y más, las bolsas de monedas de oro circulaban más y más. Pero después de muchos esguinces y contusiones, cómo no, a nuestros amigos los chinos, se les ocurrió algo que Marco Polo introduciría in Europa: el papel moneda.

De este modo, para ahorrarte cargar con bolsas llenas de oro, cual jubilado saliendo del Mercadona, el banco te otorgaba un papelito (un pagaré) en el que certificaban su correspondiente cantidad de oro. Estos papelitos se canjeaban fácilmente y no era necesario trasportar consigo el valor que dicho papelito contenía, ya que bastaba con acudir al banco depositario para volverlo a canjear de nuevo por el oro. Como podemos apreciar, estaba gestándose lo que en un futuro sería el patrón oro, ya que inconscientemente la gente comenzó a comerciar con billetes cuyo valor estaba en todo momento respaldado por una determinada cantidad en oro. Uno de los primeros pensadores que teorizaron sobre el patrón oro fue el británico David Hume, el cual creía que llevaría a un equilibrio general en la economía.

Llegó hasta un punto esta internacionalización del papel moneda, que los que más tardaron en llegar fueron los primeros que empezaron a plantearse el realmente establecer un patrón fijo y determinado, respaldado por la propia ley y el derecho. Estamos hablando, cómo no, de Estados Unidos. El propio George Washington, apoyado por el primer Secretario del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, Alexander Hamilton (el tío que hoy en día encontramos en los billetes de 10$), propuso esta medida mediante la creación de un banco central federal y nacional que, tomando el ejemplo inglés, fuera la única institución competente para emitir moneda y fijar su valor respecto al oro. Sin embargo, esto no sería tan sencillo, y de hecho finalmente no se llevaría a cabo debido a la negativa de un hombre para el cual el dinero era demasiado importante como para dejarlo en manos del gobierno. Este hombre creía en un país económicamente descentralizado al poder político. Su nombre era Thomas Jefferson (el del billete de 2$).

Durante el siglo XVIII reinó la anarquía financiera, en la que cada banco tenía autonomía para crear su propio dinero. Estos competían entre sí, haciendo que los billetes se apreciasen o se depreciasen según la propia fama del banco en cuestión. Y, al igual que hoy no es lo mismo haber estudiado Derecho en Harvard que en la Universidad Estatal de Texas, tampoco lo era canjear 100$ en el Bank of America que en el Banco Provincial de Arizona. Por tanto, esto obligaba a los vaqueros a tener que negociar el valor de su dinero en cada transacción. Cada cerveza suponía un tradeo, algo parecido a lo que pasa hoy en día a todas horas en el mercado de divisas, pero a escala exponencial.

Ante este absurdo, a finales del siglo XIX, tras la guerra civil estadounidense, Abraham Lincoln decidió que se acababan los tiempos en los que todo quisqui podía crear dinero, ya que, según el propio Lincoln, “esto parece el coño de la Bernarda”. Desde ese momento, la tarea de crear dinero sería únicamente encomendada al banco central, que se encargaría de estandarizarla, fijando el valor de esta respecto al oro, y regresando a la racionalidad monetaria.



Sin embargo, este sistema de patrón oro tenía una virtud que a la vez era una maldición: era completamente incompatible con la guerra. No era posible que un Estado emitiese deuda pública como si no hubiera un mañana, aumentando temporalmente el déficit, a expensas de poder ganar la guerra y embolsarse los beneficios, ya que no se podía emitir todo el oro que se quisiese. En este sentido, el Estado se encontraba con una barrera más allá de la mera voluntad política para poder financiar su gasto público, y era una barrera sencillamente natural. El oro es el que hay, y no se puede inventar más oro del que ya existe.

Por esta razón, en 1913 nació la Reserva Federal Estadounidense (FED), la cual básicamente significó la legitimación por parte del Gobierno para abandonar estacionalmente el patrón oro, con el objetivo de poder financiar la 1ª y 2ª Guerra Mundial, con la promesa de retornar a él cuando estas hubiesen finalizado. Las potencias europeas, en cambio, abandonaron definitivamente el patrón oro durante la Gran Guerra. Nótese la gran apuesta que Estados Unidos hizo abandonando el patrón durante estas décadas, ya que de no haber ganado la guerra Estados Unidos sencillamente se habría hundido en la mayor de las miserias. De hecho, pese a su victoria, se puede apreciar el devastador efecto que esta decisión tuvo observando los felices años 20 y la inmensa inflación descontrolada, que llevaría finalmente a Estados Unidos y al mundo a una burbuja que acabaría estallando en 1929. Pero esta ya es otra historia.

Después de que Roosevelt socializase la economía norteamericana, la cosa no mejoró, sino que más bien se abrió un periodo de transición en el que decidir qué hacer con el sistema monetario mundial. El miedo comenzaba a sentirse. Se rumoreaba que al otro lado del charco se estaba gestando algo que podía amenazar el dólar. Comenzaba a hablarse de una moneda europea, que años más tarde sería el euro. Estados Unidos no podía permitir que Europa ni nadie le arrebatase su poder en el sistema monetario y financiero internacional. Fue entonces, en los acuerdos de Bretton Woods, donde se decidió adoptar el dólar como divisa internacional, bajo la condición de que la FED sostuviera el patrón oro. Sin embargo, años más tarde, durante la nefasta presidencia de Nixon, en 1971 se decide no respetar la promesa debido a los interminables gastos que EEUU tenía que sostener en la guerra de Vietnam. De este modo, se abandona el patrón oro de manera definitiva y el valor del dólar pasa a sostenerse exclusivamente en la confianza que le dan sus poseedores, naciendo definitivamente el dinero fiduciario, también conocido como moneda FIAT (que no es lo mismo que el coche).



Fue en ese fatídico momento en el que el mundo decidió entregarle el poder al banco que de forma pasiva era el nuevo ente legitimado para poder amasar dinero mediante el sistema de reserva fraccionaria y coeficiente de caja (la cual explicamos en este artículo). Se otorgaba al banco central de turno el poder activo de poder imprimir billetes, decidir artificialmente cuando hay inflación o deflación o manipular los tipos de interés mediante procesos de expansión crediticia. Mientras tanto, Keynes y su ridícula propuesta de generalizar una moneda FIAT a nivel mundial (el bancor) era debidamente ignorada. Go home Keynes, you´re drunk.

Se acabaron los tiempos en los que cada depósito, cada préstamo, tenía en colateral su valor en oro. Ahora cada crédito que se concede, en contrabalance, solo encuentra un apunte contable. ¿Qué se consigue con esto? Que hoy en día tan solo 1/10 del dinero total en el mundo exista realmente, con sus respectivas unidades monetarias, mientras que los 9/10 restantes tan solo son apuntes en los activos y pasivos bancarios, decretándose con ello los que en un futuro serían los “Too Big To Fail”.

Aquí finaliza la historia de cómo en tan poco tiempo hemos pasado de un sistema dominado por el oro y su papel moneda, a un sistema en el que el dólar es el nuevo oro, y los apuntes contables son el nuevo papel moneda. Así es cómo la economía le vendió el alma al Gobierno, el cual arbitra junto a sus secuaces, los políticos, todo el sistema financiero mundial a base de impuestos, pagados con la moneda oficial, la del Estado. Sálvese quien pueda.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Economía de mercado, ¿y eso qué es?

Hoy toca entrar más en materia, así que vamos a hablar de ese coso llamado economía de mercado. La economía de mercado es la única forma por la que podemos entender la Economía hoy en día. Sin embargo, la economía de mercado, como los Pokémon, puede ser de muchos tipos.

Pongámonos en situación: finales de la década de los 80, ese viejo fantasma del comunismo cae con la Unión Soviética y se asiste a uno de los cambios más importantes del siglo XX. Este hecho fue de gran importancia para el capitalismo, pues se confirmaba como modelo económico dominante a nivel mundial dos siglos después de que un fulano llamado Adam Smith sentara sus bases.

                                                   Fulano Smith


Este señor defendía que tanto las familias y las empresas interactúan en los mercados guiados por una “mano invisible” que permite la autorregulación del propio mercado. De este modo, esta interacción entre la oferta (empresas) y la demanda (familias) es la única manera de lograr el bienestar social. Contrariamente a esta teoría en la que millones de personas toman decisiones que influyen en la economía, se encuentra su opuesta, el intervencionismo, en la que el Gobierno toma todas estas decisiones porque un político sabe lo que quiere el consumidor más que el propio consumidor (?).

Hoy en día se asocia economía de mercado a capitalismo pues, como ya hemos dicho, es éste el modelo económico hegemónico en la actualidad. Sin embargo, no siempre fue así. Es en el siglo XIX cuando surge la división moderna entre las dos posturas: los defensores del libre mercado y los defensores del intervencionismo del Estado en el mercado. De ésta última surge otro modelo de la mano de un señor con muy pocas ganas de trabajar llamada marxismo, pero esa la dejaremos para otro momento.

Por un lado, los defensores del intervencionismo del Estado consideran que éste tenga un gran peso en la economía, ya que mediante el control del Gobierno la economía es más eficiente, al velar por el bien común. Este intervencionismo no sale gratis y se debe financiar vía robo, perdón, impuestos, quería decir impuestos. Algunos de los más grandes economistas han defendido este sistema como Stiglitz, Samuelson y probablemente uno de los más influyentes economistas de la historia, John Mayard Keynes. Este sistema de intervencionismo a veces puede derivar en medidas proteccionistas que se basan en cerrar las fronteras de la economía, imponer aranceles elevados y comerte los mocos. Normalmente el niño que no quiere compartir se queda sólo en el patio y así les va.

Por otro lado, los defensores del libre mercado, que somos más guapos, más altos y tenemos más pelo, defienden que el Estado es necesario, pero el control de la economía no debe estar en manos de un grupillo de funcionarios, sino que el mercado se autorregula por las decisiones de los propios consumidores. En esta ecuación el papel del Estado, por lo tanto, es velar por los derechos y libertades fundamentales de todos los ciudadanos (libertad de propiedad, libertad de expresión, libertad de asociación...) con la menor interferencia en el mercado posible. Los ideales de este libre mercado se resumen con el “laissez faire, laissez passer” (dejen hacer, dejen pasar), en el sentido de que se debe dejar actuar al mercado por su cuenta. Adam Smith lo explicaría con la frase: “En la competencia, la ambición individual beneficia al bien común” (este tipo decía muchas cosas interesantes). Lo que viene a decir tito Adam con esto es que en un mercado libre las empresas compiten y sólo sobreviven aquellas que aportan un mayor valor y satisfacen mejor las necesidades de las personas. De este modo, las empresas mejoran para aumentar su beneficio y las personas escogen aquellas que les satisfacen más, obteniéndose así un beneficio mutuo. En este pensamiento se encuentran todos los economistas de la Escuela austríaca, como Ludwig von Mises, y la Escuela de Chicago como Milton Friedman y otros tantos. Mención especial merece Friedrich Hayek, de la Escuela austríaca, que escribió Camino de servidumbre, donde le da tantos palos al colectivismo como para construir un fuerte. La moraleja que se extrae de esta gente es que el único modelo verdaderamente eficiente y que es compatible con la libertad humana es el libre mercado.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.