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lunes, 26 de febrero de 2018

Los hombres que levantaron América IV

Creo que ya ha pasado el suficiente tiempo como para crear cierta intriga, así que vamos a seguir contando la historia de EEUU y de los hombres que contribuyeron a hacer ese país grande. Como comentábamos la última vez, Carnegie había vendido su imperio del acero al magnate de la banca J.P. Morgan, cumpliendo así su objetivo de superar a Rockefeller como hombre más rico del mundo. Sin embargo, recién estrenado el siglo XX, los monopolios de Morgan y Rockefeller se iban a enfrentar de nuevo al Estado y esta vez todo iba a ser distinto.

En las últimas elecciones, recordemos, Carnegie, Rockefeller y Morgan habían conseguido comprar su propio presidente, William McKinley, frente al demócrata William Jennings Bryan, que pretendía desmantelar sus monopolios y hurgarles los bolsillos. En esta ocasión el enemigo estaba emergiendo de las filas del Partido Republicano, y su nombre no era otro que Theodore Roosevelt (Teodoro Rosvelto para los que no sabéis inglés).


 Theodore Roosevelt.

Para que nos entendamos, Roosevelt era el típico cowboy duro y machote que cae bien a todo el mundo. Se había ganado cierta fama por su lucha contra la corrupción, cuando estuvo a cargo de la prefectura de policía de Nueva York, pero el grueso de su popularidad la consiguió al estallar la guerra hispano-estadounidense, más conocida aquí como la guerra de Cuba o Desastre del 98. Nada más empezar la guerra, Roosevelt se alista a la cabeza de un regimiento de caballería y su actuación durante el conflicto le permitió ganarse una sólida reputación de héroe. De hecho, es el único presidente que ha recibido la Medalla de Honor, la máxima condecoración de las Fuerzas Armadas de los EEUU. El caso es que al personal se le hacía el culo pepsicola con Roosevelt, lo que le convirtió en un posible candidato para las elecciones presidenciales de 1900.

Sabiendo la opinión que tenía Roosevelt de sus monopolios, Rockefeller y Morgan empiezan a pensar la manera de deshacerse de él con el fin de evitar que meta las zarpas en sus imperios. Sin embrago, Roosevelt no es alguien al que puedan comprar con dinero, por lo que utilizan toda su influencia para conseguirle un puesto atractivo, pero en el que no pueda perjudicarles demasiado. Exacto, la vicepresidencia. Finalmente, logran convencer a McKinley, el actual presidente que se presentaba a la reelección, de que llevara a Roosevelt como su segundo en la papeleta.

Del lado demócrata, se presentaba Bryan, que continuaba su lucha como campeón del proletariado. Sin embargo, el éxito del gobierno en la guerra hispano-estadounidense y la buena marcha de la economía mermaron sus apoyos, por lo que la pareja McKinley/Roosevelt se impuso por el 51,64% de los votos el día de las elecciones.

Espera, espera, ¿entonces, ganó el candidato que querían Rockefeller y Morgan y consiguieron que Roosevelt se quedara en un segundo plano? ¿Cuál es el problema? El problema es que el 6 de septiembre de 1901, apenas un año después de las elecciones, un anarquista llamado Leon Czolgosz disparó al presidente durante una exposición. Una semana más tarde, McKinley moría a causa de las heridas de bala, por lo que Theodore Roosevelt se convirtió en el 26º presidente de los EEUU de América. Como podéis ver, el plan de Morgan y Rockefeller había salido peor que la carrera de Stephen Hawkins como jugador de baloncesto.

Una vez en la presidencia, Roosevelt impulsó la Sherman Antitrust Act, una ley que acababa con la práctica monopolística. Comienza por lo tanto su batalla contra los monopolios. El primero en caer fue el monopolio del ferrocarril que Morgan poseía. En un intento por pararle los pies, Morgan se reunió con Roosevelt en la Casa Blanca, pero descubrió que era un tipo que no podía ser influenciado o comprado y no iba a cambiar de opinión, por lo que en 1902 la compañía de ferrocarriles de Morgan, Northern Securities Company, fue demandada por el gobierno. La Corte Suprema de los EEUU falló a favor de este y dictaminó la disolución de la compañía. Era el fin del monopolio del ferrocarril y un duro golpe para Morgan.

Uno a uno, todos los monopolios del país fueron cayendo ante el rodillo Roosevelt, hasta que finalmente solo quedaban dos: US Steel Corporation, también de Morgan y forjada con la compra del imperio del acero de Carnegie, y Standard Oil, el gigante del petróleo de Rockefeller. Rockefeller había esquivado al gobierno hasta entonces cambiando las sedes de estado y realizando no pocos malabares legales, pero finalmente es obligado a declarar en el caso más grande contra un monopolio hasta la fecha: los EEUU contra Standard Oil.

Standard Oil es acusada de prácticas monopolísticas en el negocio del petróleo a través de acciones abusivas y contrarias a la libre competencia. Rockefeller declaró en defensa, no solo de su compañía, sino del modelo de negocio que había creado. Durante el juicio, Rockefeller fue interrogado sobre los supuestos sobornos y prácticas intimidatorias que había desarrollado para levantar su imperio, a lo que él contestó con evasivas, sarcasmos y justificaciones. Ante estas acusaciones Rockefeller llegó a responder: “Se hizo como se hizo porque solo podía hacerse así. Nadie se quejó cuando llevé la luz a todos los hogares de América. Nadie se quejó cuando creé decenas de miles de puestos de trabajo. Nadie se quejó cuando traje millones de dólares de las exportaciones. Este país funciona con petróleo, ustedes lo llaman monopolio, yo lo llamo empresa”. El meollo de toda la cuestión se encontraba en demostrar el carácter monopolístico de la empresa de Rockefeller y por lo tanto su oposición a los dispuesto en la Sherman Antitrust Act.

Finalmente, tras declarar más de 400 testigos y llenar más de 12.000 páginas de testimonios, el 15 de mayo de 1911, la Corte Suprema de los EEUU tiene un veredicto para la Standard Oil de Rockefeller. Se dictamina que Standard Oil debe disolverse en un plazo máximo de seis meses, por lo que la compañía es troceada en 34 pequeñas empresas. De la división de Standard Oil surgen otros grandes como Exxon, Mobil, Conoco, Sohio… muchas de ellas aún activas. Es el ocaso de la era de los monopolios. Sin embargo, no nos pongamos tristes por Rockefeller, pues este veredicto le convirtió en el accionista mayoritario de 34 monstruitos, lo que le catapultó de nuevo a la cima como el hombre más rico del planeta.


Actualmente, la petrolera ExxonMobil es una de las empresas con mayor capitalización bursátil del mundo.

Pero vamos a ver, ¿y qué pasó con Morgan y su US Steel Corporation? Todavía quedaba el monopolio del acero por desmantelar, ¿no? Veo que habéis estado atentos, así que vamos a contarlo. Viendo el percal que se le venía encima, Morgan intentó ganarse el favor del gobierno para que no metieran las zarpas en su imperio. Para ello, utiliza su poder e influencia y empieza a mediar para beneficiar a EEUU en el proyecto más grande en el que se ha embarcado: la construcción del Canal de Panamá.

Los yanquis estaban como locos por abrir un canal a través de los 80 kilómetros del estrecho que facilitara el comercio y el transporte de mercancías. Desde que los españoles llegaran al Nuevo Mundo se había tratado de abrir una ruta alternativa a través de Panamá, porque, como comprenderéis, la otra opción es rodear toda Sudamérica y aquello es un pateo de cojones. El caso es que Morgan consigue una financiación de 40 millones de dólares para el proyecto y con la ayuda de 75.000 trabajadores las obras empiezan a tomar forma. Esto permite a Morgan esquivar durante un tiempo a la Corte Suprema, pero su principal aportación al devenir de los EEUU todavía está por realizarse.

El 13 de marzo de 1907 el Dow Jones comienza a precipitarse, bajada que se mantiene durante ese verano y se acentúa en octubre. El pánico cunde por todo el país ante la posibilidad de una nueva y profunda crisis y los bancos empiezan a situarse al borde del precipicio. Ante esta situación, Morgan se pone al frente y monta en su casa de Nueva York un equipo completo con el que reconducir la situación. Morgan y su equipo estudian qué instituciones pueden salvarse de la crisis y empiezan a canalizar los fondos para ello, con el fin de evitar que vayan a la quiebra. Quiero que analicemos esto despacio porque Morgan estaba asumiendo todas las funciones de un Banco Central. Una sola persona haciendo el papel de un Banco Central entero. Finalmente, Morgan permite participar al gobierno de EEUU en las operaciones y este empieza a aportar fondos. El 24 de octubre, Morgan aporta 25 millones de dólares para rescatar el mercado de valores y empieza a ser visto como un héroe, en lugar del malvado empresario monopolista de antes. El gobierno de EEUU, con Roosevelt a la cabeza, como es natural estaba flipando. Un solo hombre controlaba por completo el mundo financiero de todo un país. Y no de cualquier país. Hasta tal punto se asustaron los políticos del poder desplegado por Morgan, que a raíz de este hecho se impulsó la creación de la Reserva Federal de EEUU el 23 de diciembre de 1913. De la Reserva Federal ya hablaremos otro día, no os preocupéis.


 Viñeta satírica sobre el abrumador papel de Morgan en la economía americana.


Este año, 1913, iba a ser de vital importancia para los tres protagonistas de nuestra historia. El 31 de marzo de 1913, John Pierpont Morgan fallece a la edad de 75 años. Morgan había dejado una huella tan profunda en las finanzas y la banca de inversión que la Bolsa de Nueva York cerró y las banderas de Wall Street lucieron a media asta en señal de duelo. Los dos viejos adversarios, Carnegie y Rockefeller, se reunieron frente al panteón de Morgan y al darse cuenta del paso del tiempo contemplando la tumba de su compañero, entablan una nueva competición.  Esta vez no es por convertirse en el hombre más rico del mundo, sino una competición sobre quién de los dos dona más dinero a la beneficencia. Frente al panteón también se constata el fin de una época. La US Steel Corporation de Morgan finalmente es disuelta por la Corte Suprema, finalizando así definitivamente la era de los monopolios en EEUU. Carnegie, Rockefeller y Morgan ceden el testigo a una nueva generación de empresarios que, con su esfuerzo y talento, van a seguir beneficiando a su país. A la cabeza de esta nueva generación está Henry Ford, que revolucionará la industria por completo y ya durante estos primeros años del siglo XX empieza a hacer sus pinitos. Pero de él ya hablaremos extensamente el próximo día.


Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 23 de octubre de 2017

Los hombres que levantaron América III

Arrimarse aquí que voy seguir contando la historia de los tipos que levantaron los EEUU. Los del fondo, silencio. Para los que acabáis de entrar podéis poneros al día con el primer capítulo y el segundo. Básicamente, estábamos contando que Carnegie y J.P. Morgan estaban en una titánica batalla por derrocar a Rockefeller como hombre más rico sobre la faz de la Tierra. Carnegie participaba en esta pugna con su imperio del acero, mientras que Morgan invertía en todo tipo de empresas y sacaba provecho del filón en el que se había convertido la electricidad. Esto no le hacía ninguna gracia a Rockefeller, ya que recordemos que había hecho su fortuna con el queroseno y ahora la gente prefería la electricidad para iluminar su chabola. Y en este momento de la peli los tres tendrán que unir fuerzas para luchar contra un enemigo común: el Estado.


 El Estado


Tras la crisis de 1873 o el pánico de 1873, debido a la quiebra de la entidad bancaria Jay Cooke and Company, miles de trabajadores se fueron al paro. La gente que trabajaba en el campo fue la que se vio más afectada y los fulanos de provincias cogieron el petate y se fueron en tropel a trabajar en las fábricas de la ciudad, lo que hizo que los salarios de los obreros cayeran en picado durante los siguientes años. Esto unido a que las condiciones laborales dejaban mucho que desear (construir un rascacielos era un trabajo de riesgo en aquella época, creedme) hizo que la peña en general estuviera de morros (la peña con poca pasta, se entiende). De este modo se generó el caldo de cultivo perfecto para un político que se presentaba a presidente por el Partido Demócrata para las elecciones de 1896. Su nombre era William Jennings Bryan.


William Jennings Bryan

Bryan nació en Illinois, en 1860, en una familia de pequeños propietarios agrícolas. En 1888, tras estudiar Derecho en Chicago, se afilió al Partido Demócrata y fue ascendiendo rápidamente en su carrera política. Bryan tenía ideas que podríamos considerar populistas para la época: enemigo de las injusticias, de la desigualdad, de los grandes empresarios y campeón del proletariado. De hecho, Bryan es el responsable de que el Partido Demócrata abandonara el laissez faire por el amor al Estado. En muchos de sus discursos se dirigía directamente a Rockefeller y a Carnegie, ya que estaba decidido a desmontar sus monopolios, denunciando que era inmoral que tan pocos hombres acumularan tanta riqueza. No sé si es correcto llamarle el Pablo Iglesias de la época, pero nos hacemos una idea.

Como es lógico, Bryan representaba una gran amenaza para los intereses de Rockefeller, Carnegie y Morgan, por lo que no se iban a dejar vencer tan fácilmente. Los tres imperios más grandes del país, el del acero, el queroseno y la banca, por primera vez se unían para derrotar a un poderoso enemigo y solo podían hacerlo de una manera: tenían que comprar su propio presidente. A partir de ese momento los tres hombres iban a dedicar todos sus recursos a apoyar al candidato republicano William McKinley, un veterano de la Guerra de Secesión.

Gracias a los esfuerzos de Rockefeller, Carnegie y Morgan, McKinley contó con un presupuesto de 3,5 millones de dólares, cinco veces superior al de Bryan (un fortunón para la época). La campaña de McKinley se convirtió en la más cara de la historia de EEUU hasta ese momento. Jamás se había visto tal despliegue de medios para unas elecciones y se utilizaron muchas técnicas de campaña modernas, gracias al director de campaña republicano, Mark Hanna. Bryan, por su parte, tiene que contraatacar y empieza a recorrer el país de manera incansable, dando más de 500 discursos durante toda la campaña en los que atacaba a los ricos y agitaba las más bajas pasiones del proletariado.

Esta campaña es consideraba hoy en día por los historiadores como una de las más dramáticas y complejas de la historia americana. Era mucho lo que había en juego y se debatieron muchas cuestiones económicas, incluyendo el bimetalismo, el patrón oro, la plata libre, y las tarifas. Bryan representaba a los obreros y granjeros de las zonas rurales del sur y el centro del país, mientras que McKinley tenía sus apoyos en los trabajadores y las grandes fortunas de las ciudades industriales del noroeste y de la costa del Pacífico. El resultado de estas elecciones determinaría las políticas nacionales del país durante las siguientes dos décadas.

Con todos estos pescados sobre la mesa llega el 3 de noviembre de 1896, llega el día de las elecciones. Toda la sociedad americana entendió la brutal trascendencia de estos comicios y se alcanzó una participación del 80%. Para que os hagáis una idea, las últimas elecciones presidenciales entre Trump y Clinton apenas sobrepasaron el 55%. Nuestros tres empresarios se subían por las paredes mientras esperaban los resultados, sabiendo que los grandes imperios que habían levantado de la nada podían esfumarse. Tras el recuento, el republicano McKinley se convierte en el 25º presidente de los EEUU, con 271 votos electorales, frente a los 176 de Bryan. Los negocios de Rockefeller, Carnegie y Morgan se habían salvado de la política, por lo que la alianza entre los tres ya no era necesaria y vuelven a la gresca.

Rockefeller ve una manera de atacar a Carnegie en su propio terreno y compra la mina de hierro de Mesabi, en Minnesota (recordemos que el hierro es la materia prima del acero). Rockefeller empieza a vender su recién adquirido hierro a un precio ridículo con el fin de reventar el mercado y dar un poco por saco a Carnegie. Y vaya si lo consigue. Con el precio del hierro tan bajo, la competencia en el mercado del acero se dispara y Carnegie ve como sus ingresos empiezan a caer en picado. Carnegie entonces se ve obligado a comprar todas las minas de Rockefeller por un precio desorbitado con el fin de frenar la hemorragia. Un duro golpe, pero consiguió salvar su imperio.

Morgan, que había observado atentamente esta batalla entre los dos grandes titanes, toma nota y decide actuar para superar a sus dos competidores. Decide unificar toda la industria del acero. Recordemos que Morgan ya controlaba por completo el sector de la banca, el sector ferroviario, minero, mercante… Por lo tanto, consiguiendo el control del acero de Carnegie podría lograr un poder sobre toda la industria estadounidense que haría temblar al mismísimo Rockefeller. Pero para ello tenía que comprar el segundo imperio más grande del país, tendría que comprar el imperio de Carnegie.

Con este fin, Morgan se reunió con la mano derecha de Carnegie, Charles Michel Schwab. Morgan prometió a Schwab que si conseguía convencer a Carnegie de vender su empresa del acero le nombraría director de la misma. Un día, mientras Carnegie y Schwab juagaban al golf, el primero le confesó que la riqueza no servía de nada si no se empleaba en beneficio de toda la humanidad. Recordemos que Carnegie era un grandísimo filántropo y sabía de primera mano lo duro que podía resultar ser pobre. En ese momento Schwab ve su oportunidad y propone a Carnegie vender Carnegie Steel Co. para poder dedicarse enteramente a la filantropía. Carnegie se queda pensando un momento y responde que no hay nadie en la Tierra capaz de comprar Carnegie Steel. Ambos hombres empiezan a debatir sobre el precio de la empresa y Carnegie termina apuntando el valor de su compañía en una servilleta: 480 millones de dólares, el equivalente a más de 13. 500 millones de dólares de hoy en día.

Schwab le pasa la cifra a Morgan y este acepta inmediatamente sin negociar con Carnegie. Gracias a la inmensa fortuna que había conseguido con la venta de su empresa, sumada a su ya enorme riqueza Carnegie consigue, por fin, convertirse en el hombre más rico del planeta, superando a su eterno rival Rockefeller. Después de 30 años de incansable esfuerzo por ganar a Rockefeller al final lo logró. Carnegie lo había conseguido.

Por su lado, Morgan había logrado su objetivo de unificar bajo su puño el imperio del acero, fundando así la US Steel Co. Esta empresa llegó a controlar casi el 70% de toda la producción de acero de EEUU del momento y dominaría el mercado durante los próximos cien años (hoy en día sigue funcionando). Se convertiría en la primera empresa del mundo en valer más de mil millones de dólares.

Si creíais que con Carnegie ya jubilado esta historia ya estaba acabada estabais muy equivocados. Tenemos que hablar todavía de cómo Theodore Roosevelt llegó a la presidencia de los EEUU para desmontar de una vez por todas los monopolios del país. Vamos a ver, por lo tanto, el choque entre los hombres más poderosos del país y el propio Estado (¡pelea, pelea!). También entrará en escena un tipo que llegó a hacer historia, un tipo que revolucionó con sus ideas el mundo del automóvil y la industria en general. Tal vez os suene, su nombre era Henry Ford.


Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 17 de julio de 2017

Los hombres que levantaron América II

Comentábamos en la primera parte de esta historia que Carnegie y Rockefeller se hallaban enfrascados en una batalla personal por ser el hombre más rico del mundo (a pesar de que el imperio de Carnegie andaba en horas bajas por los hechos de Homestead). Para más inri, dijimos que había llegado un forastero a la ciudad dispuesto a hacer morder el polvo a ambos. Este forastero no era otro que J.P. Morgan y creedme cuando os digo que nuestros dos protagonistas tenían motivos para la preocupación.

John Pierpont Morgan nació un 17 de abril de 1837 en Hartford, en el estado de Connecticut (el estado que mejor suena al pronunciarlo, todo sea dicho). Morgan era hijo de Junius S. Morgan, un afamado banquero estadounidense que había fundado J.S. Morgan & Co. Nótese que, a diferencia de Carnegie y Rockefeller, que provenían de ambientes más o menos humildes (humildes que te cagas en el caso de Carnegie), Morgan nació en el seno de una familia de la alta sociedad americana y de considerable fortuna.

Morgan empezó trabajando en 1857 en la empresa de su padre, primero en Londres, para luego volver a Nueva York un año después. Allí trabajó en la firma Duncan, Sherman & Company, los representantes en América de George Peabody & Company. En 1860 pasó a trabajar otra vez como agente para la empresa de su padre hasta 1864. Durante la Guerra de Secesión Morgan empezó a demostrar su madera para los negocios comprando rifles anticuados al ejército por 3,5 dólares que les revendía por 22 dólares tras mandarlos reparar (aquí también se demuestra las cotas de ineptitud que puede alcanzar el Gobierno).


J. P. Morgan


Esto de los rifles no es ninguna tontería, ya que sería el esquema que Morgan aplicaría para empezar a amasar su fortuna: adquirir empresas pequeñas o en crisis y reorganizar sus estructuras de negocio y gestión para llevarlas a la cima. Morgan compraba todas las empresas que podía, cerraba algunas y eliminaba a la competencia de manera feroz. Esta práctica monopolística es conocida hoy en día como “morganización”. Con apenas treinta añitos y ya estaba sentando escuela.

Sin embargo, estas inversiones estaban siempre vigiladas por su padre que, recordemos, dirigía uno de los mayores bancos de inversión de EEUU. Morgan padre era prudente a la hora de invertir, visión que intentó inculcar a su hijo, pero el joven Morgan no compartía en absoluto este modo de ver las cosas de su padre. Si quería llegar a la cima y superar a los mejores tenía que arriesgar, tenía que crear sus propias empresas en lugar de comprarlas. Morgan había sido testigo de cómo Carnegie y Rockefeller habían levantado sus imperios desde cero y él no podía permitirse ser menos. De este modo, empezó a buscar un nuevo elemento innovador que le diera ventaja como habían hecho Carnegie y Rockefeller con el acero y el petróleo, respectivamente. Morgan vio el futuro en un fenómeno físico que iba a revolucionar el mundo: la electricidad.

Para montarse en el carro de la electricidad Morgan decidió arrimarse a uno de los mejores inventores de la época, un tal Thomas Alva Edison (os sonará). Edison había ganado fama por haber patentado en 1879 una bombilla incandescente que había permanecido encendida durante 48 horas. Sin embargo, realmente no la inventó él, sino que cogió el diseño del británico Joseph Wilson Swan y mejoró el filamento, haciéndolo de bambú carbonatado que lo hacía más resistente. Curiosamente, nadie se acuerda del pobre Swan.

El caso es que Morgan se asoció con Edison y juntos fundaron Edison Electric. Morgan llevó a Edison a su casa con el encargo de instalar todo un sistema de luz eléctrica con el objetivo de publicitar este nuevo invento. Así, la casa de J.P. Morgan fue la primera del mundo iluminada íntegramente con luz eléctrica. Como es natural, toda la alta sociedad de Nueva York que se reunió para la inauguración lo flipó. ¿Cómo era posible que se produjera luz sin emplear queroseno, ni aceite, ni combustión, sino utilizando únicamente una energía invisible y desconocida? Una luz que no producía humo, ni olores. Una luz que reducía el riesgo de incendios y acudía y desaparecía con el simple gesto de accionar un interruptor. Magia. Morgan y Edison les dejaron con el culo torcido. De la noche a la mañana, la élite de Nueva York empezó a querer instalar bombillas en sus casas. El evento había sido un éxito completo.

Morgan quiso dar un paso más y empezó a maquinar con Edison cómo abastecer a la ciudad de Nueva York al completo. Invirtió toda su fortuna en el proyecto (si no arriesgas no ganas) y dos años después, el 4 de septiembre de 1882, Pearl Street se convierte en la primera calle iluminada completamente con luz eléctrica del mundo. Para ello se utilizaron 7.200 lámparas y una estación eléctrica de 900 CV de potencia. De esta manera, joven padawan, la luz eléctrica dio sus primeros pasos gracias a la iniciativa privada.

Como ya habréis imaginado, esto de la electricidad enfadó bastante a Rockefeller, que había hecho su fortuna a través del petróleo y el queroseno. Si la gente empezaba a utilizar la luz eléctrica como fuente de energía en lugar del queroseno iba a tener que comprar los yogures marca Hacendado para llegar a fin de mes y eso no le hacía ninguna gracia. Rockefeller comenzó una campaña para desprestigiar a la electricidad y hacer así que la gente siguiese usando su queroseno. Sin embargo, el mayor problema de Morgan y Edison no iba a ser Rockefeller, sino Nikola Tesla.

Tesla nació el 10 de julio de 1856, en Smiljan, en la actual Croacia. Tras ir a la universidad y pasar por varios trabajos, llega a EEUU y se une a la compañía de Edison. El joven Tesla traía consigo una idea revolucionaria: la corriente alterna. Las lámparas y aparatos de Edison funcionaban con corriente continua, pero Tesla defendía que la corriente alterna presentaba muchas más ventajas a la hora de transportarla. La electricidad es básicamente un flujo de electrones que circula de un sitio a otro. 
Cuando este flujo de electrones circula en un solo sentido se habla de corriente continua, mientras que la corriente alterna se produce cuando el sentido del movimiento de los electrones cambia decenas de veces por segundo debido a la presencia de un campo magnético rotatorio. Esta última era la apuesta de Tesla.


Nikola Tesla en su foto de perfil de Tinder


El enfrentamiento con Edison hizo que Tesla abandonara la compañía. En 1888 conoce a alguien que sí estaba dispuesto a apostar por la corriente alterna, un tipo llamado George Westinghouse, por lo que Tesla se une a su empresa Westinghouse Electric & Manufacturing Company´s.  De este modo, empezó la llamada “Guerra de las corrientes” entre Edison y Morgan, con su corriente continua, y Tesla y Westinghouse, con su corriente alterna.

Sin embargo, la compañía de Westinghouse no tenía los fondos suficientes para competir con un gigante como Morgan. Al poner al tanto de la situación a Tesla, este decidió cederle todas sus patentes, incluida la de la corriente alterna, para atraer el dinero de los inversores. Tesla siempre mostró una indiferencia preocupante por el dinero, ya que para él lo importante era poder desarrollar sus inventos. Ahora que ya tenían el dinero estaban listos para dar el salto definitivo y encontraron su trampolín en la Exposición Universal de Chicago de 1893.

Los organizadores de la Expo estaban decididos a que estuviera iluminada con luz eléctrica y realizaron una subasta pública para otorgar el contrato. Tesla y Westinghouse se terminaron por llevar el contrato y consiguieron demostrar la eficacia de la corriente alterna, iluminando todo el evento. Gracias a este enorme éxito, Westinghouse también consiguió un contrato para suministrar los generadores de una central que se estaba construyendo en las cataratas del Niágara, capaz de abastecer a todo el noroeste de EEUU. Morgan había sido derrotado en los dos primeros asaltos, pero no iba a permitir que hubiera un tercero.

J.P. Morgan afiló los cuchillos y se lanzó al ataque para tumbar la compañía de Westinghouse. Amenazó con demandar a la empresa, ya que muchas de las patentes de Tesla (entre ellas la de la corriente alterna) se habían desarrollado en los laboratorios de Edison. Ante este acoso, Westinghouse decidió rendirse y entregó las patentes a Morgan, pues pensaba que los largos y costosos procesos judiciales habrían arruinado a la compañía.

Sin embargo, la apisonadora Morgan no iba a parar ahí. Con la pérdida del contrato de la central del Niágara, la Edison Electric estaba en quiebra, de modo que compró todas las acciones, haciéndose con el control total de la empresa, e invitó amablemente a Edison a que se fuera reponer latas al Carrefour. Morgan también cambió el nombre de la compañía, que pasó a llamarse General Electric. Ahora que no estaba Edison, Morgan ordenó que la empresa se pasara a la corriente alterna, ya que comprendió que objetivamente esta era mejor que la continua (la corriente alterna transportaba mayor cantidad de electricidad, era más económica y no pierde tanta energía en forma de calor). La General Electric despegó de manera espectacular a partir de ese momento. Finalmente, Morgan había logrado su objetivo de llegar al nivel de los más grandes, de llegar al nivel de Carnegie y Rockefeller. La práctica totalidad de la economía de EEUU estaba en manos de tres señores.

Todavía nos queda hablar de muchas cosas en esta historia. Tenemos que contar si al final Carnegie y Morgan consiguieron superar a Rockefeller como hombre más rico del mundo y contar cómo estos tres hombres enterraron el hacha de guerra para unirse frente a un enemigo común, un enemigo con más poder que ellos tres juntos y que podría llegar a destruirlos: los políticos. Pero estas cosas serán 
contadas en otra ocasión.

Continuará...
  

Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.    

lunes, 5 de junio de 2017

Los hombres que levantaron América I

Hoy me paso por aquí para contaros una historia. Es una historia que le viene al pelo a este blog, ya que combina varios elementos interesantes: los conceptos de monopolio y competencia, el emprendimiento, la inversión y la capacidad casi infinita del ser humano para crear riqueza y con ello catapultar a una sociedad entera hacia el progreso y la prosperidad. Es una historia de un grupo de hombres que gracias a su esfuerzo y determinación llegaron a ser los más ricos del planeta y permitieron a su país dar los primeros pasos hacia el éxito. Allá va.

Uno de esos hombres es Andrew Carnegie. Carnegie nació en Dunfermline, Escocia, en 1835. Cuando era niño su familia emigró a EEUU y, como casi todos los que lo hacían, se fueron siendo más pobres que el peluquero de Vin Diesel. A los trece años empezó a trabajar en una fábrica de algodón durante doce horas al día, seis días a la semana. Más tarde fue contratado en la Pennsylvania Railroad Company, una empresa de ferrocarril, donde conoce a Thomas A. Scott, dueño de la compañía. Scott debió de ver potencial en el muchacho porque le tomó como aprendiz y el chaval empieza a ascender poco a poco. Con el aumento de salario Carnegie empieza a invertir en diferentes empresas, asesorado por Scott, y consigue ir amasando una pequeña fortuna.

Como todo buen visionario, Carnegie supo ver dónde se encontraba el futuro de la industria. ¿Acciones de Microsoft? No, joven padawan, el futuro estaba en el acero. Y vaya si lo aprovechó. Sin embargo, el proceso de producción del acero seguía siendo muy largo y costoso y no era una muy buena idea de negocio. Carnegie se lanzó a estudiar, cual bachiller enfurecido, todo el proceso de producción del acero para intentar solucionar el problema y en el intento conoció a Henry Bessemer. Bessemer era un ingeniero inglés que poco antes había inventado un proyectil de artillería tan bestia que destrozaba el cañón al ser disparado. Para resolverlo, necesitaba conseguir un material mucho más resistente para los cañones y se sacó de la manga el actual proceso Bessemer de refinado del acero. Este nuevo proceso retiraba las impurezas del hierro insuflándole aire al metal fundido. Con la técnica de Bessemer y su propia audacia, Carnegie ya estaba listo para crear su imperio del acero.

Para ello, Carnegie arriesgó su fortuna y se lanzó a la construcción del primer puente sobre el río Misisipi, utilizando el acero como material principal. El llamado puente de Eads se convirtió en el puente en arco más largo del mundo (casi dos kilómetros de longitud) y los ingenieros echaron sus buenas horas extra en su construcción. Cuando digo que Carnegie arriesgó su fortuna no lo digo por decir, el tipo estuvo al borde de la bancarrota y tuvo que mendigar inversores para terminar el puente de marras. El caso es que en 1874 el puente estaba finalizado.




Puente de Eads

Sin embargo, la gente seguía teniendo sus reservas con el acero y veían el puente débil e inestable. “¿Cómo? ¿Un material nuevo y diferente? Déjate de inventos y hazme el puente de madera de nogal de toda la vida, modernillo de los cojones”. Pero Carnegie no había llegado hasta allí para que el puente fracasara antes de empezar y decidió realizar una curiosa maniobra publicitaria. En aquella época existía la superstición de que los elefantes detectaban las estructuras defectuosas e inseguras y no se atrevían a poner la pata encima de ellas. Así que, Carnegie congregó a una gran multitud y puso a cruzar el puente al animalito. El 14 de junio de 1874, el elefante cruzó de Misuri a Illinois a través del puente y la peña se volvió loca. Gracias a la iniciativa privada, el país se había unificado en dirección Este-Oeste a través del Misisipi por primera vez en la historia.

Después del éxito del puente, Carnegie empezó a recibir más pedidos de acero de los que podía producir, así que montó la acería más grande de los EEUU, capaz de producir más de 2.000 toneladas de metal AL DÍA. Al más puro estilo Zuckerberg, Carnegie empezó a comprar todas las empresas de la competencia, fundando Carnegie Steel Company y consiguiendo así el monopolio del acero. Después de haber superado dos quiebras absolutas, Carnegie era el hombre más rico de EEUU, sólo superado por un hombre que se convertiría en su peor enemigo: John Davison Rockefeller.

Rockefeller, nacido en 1839, era descendiente de inmigrantes alemanes llegados a EEUU en siglo XVIII. Ya desde pequeño mostró un gran interés por los negocios y en esta época se fijó una máxima que seguiría toda su vida y que inspiraría a otros muchos: “No trabaje por dinero, deje que el dinero trabaje por usted.” Como muchos multimillonarios no completó sus estudios y se fue a trabajar con 16 años de contable a Cleveland (puede ser contraproducente que esto lo lean los niños). A pesar de cobrar 600 dólares anuales (suma considerablemente alta para la época), exigió un aumento de 200 dólares. Su empresa se lo negó y dejó su empleo de contable para montar su primera empresa de corretaje. El primer año obtuvo un beneficio de 4.000 dólares y el segundo de 16.000. Ganaba casi 27 veces más que en su puesto de contable. Con el dinero invirtió en el sector cafetero y empezó a conseguir una verdadera fortuna.

Sin embargo, Rockefeller quería más, no se sentía complacido y empieza a dar sus primeros pasos en el sector del petróleo, en el que más tarde erigiría un imperio. Para ello diseñó un sistema integral de refinado, transporte y almacenaje de petróleo, creando Standard Oil. Pronto ya controlaba un cuarto de la producción de todo EEUU, pero se seguía sintiendo insatisfecho. Lo quería todo. Empezó a comprar cada refinería del país, cada empresa de distribución, hasta la última compañía que tuviera algo que ver con el petróleo. En solo seis años controlaba el 90% de la producción del país (¿han cantado monopolio?).

Pero a Rockefeller le seguía reventando tener que depender de la Pennsylvania Railroad Company de Scott (el mentor de Carnegie del principio, no te despistes) para el transporte de su petróleo. Para librarse de él se le ocurre construir un sistema de tuberías para transportar el petróleo por el país gastando una cantidad descomunal de dinero (todo para joder a Scott, ojo). El nuevo oleoducto crece imparable por todo EEUU y llega a tener más de 6.000 km. Al no tener barriles de petróleo que transportar, Pennsylvania Railroad Company entra en quiebra y Scott muere en la miseria absoluta. Debido a esto, Carnegie culpó a Rockefeller de la muerte de su antiguo maestro. Ahora ya sabéis porque se odiaban tanto. Carnegie empieza a tener la implacable obsesión de superar a Rockefeller en riqueza. EEUU es testigo de cómo los dos imperios monopolísticos más grandes del país se declaran la guerra.

No obstante, si Carnegie quería superar a Rockefeller iba a tener que ponerse las pilas. Por lo pronto, se alió con el magnate del carbón Henry Clay Frick, un tipo aún más despiadado que Rockefeller y que le aportaba ese toque de malicia que le faltaba a Carnegie. Para que os hagáis una idea de cómo se las gastaba Frick, se le conocía con el apodo de “el hombre más odiado de América” por su actitud frente a las huelgas. Carnegie le nombra presidente de Carnegie Steel Company y este consiguió poner en forma a la compañía reduciendo enormemente costos y empelados innecesarios. Con los beneficios Carnegie expandió su imperio, pero seguía estando lejos de Rockefeller.

La rivalidad de Carnegie y Rockefeller seguía creciendo y competían incluso a la hora de realizar donaciones y organizar actos benéficos. Su competencia también estaba industrializando EEUU a pasos agigantados. El petróleo y el queroseno de Rockefeller iluminaban las ciudades y alimentaban las máquinas y el acero de Carnegie elevaba los primeros rascacielos y construía ciudades enteras. El país empezaba a perfilarse como potencia mundial gracias a dos hombres.




Andrew Carnegie (izquierda) y John D. Rockefeller (derecha)

Carnegie seguía obsesionado con ser más rico que Rockefeller y siguió expandiendo el negocio, adquiriendo distintas fábricas, entre ellas la planta de Homestead, en Pensilvania. Sin embargo, esta decisión le traería no pocos dolores de cabeza. Frick empezó a gestionar la planta y se puso a hacer recortes de salario. Estos recortes no les sentaron nada bien a los trabajadores y lo que empezó siendo una pequeña manifestación acabó como una de las rebeliones obreras más grandes de la historia de EEUU. Frick se negó a negociar con el sindicato y lanzó un ultimátum: “los trabajadores que apoyen la huelga que no se molesten en volver” (era un tipo duro, ya os lo he dicho). 2.000 trabajadores se acantonaron en la fábrica. Frick se negaba a ceder y, ni corto ni perezoso, contrató a un cuerpo policial privado, The Pinkerton National Detective Agency, para que desalojara a los trabajadores. Este ejército privado asaltó la fábrica armado con rifles, el 6 de julio de 1892 e inició una batalla con los huelguistas. El enfrentamiento se prolongó durante horas y al final tuvo que intervenir el 18º regimiento de Pensilvania del US Army. Nueve huelguistas murieron y centenares resultaron heridos. Por el otro lado, murieron tres agentes de Frick.

Después de esto, Henry Frick fue objetivo de un atentado terrorista por parte de los anarquistas, en el que recibió una puñalada y varios balazos. Aun así, casi consiguió matar a su atacante (unos días después Frick volvió al trabajo como si nada). La prensa acosó a Carnegie y su empresa por los hechos de Homestead y su imagen quedó terriblemente manchada. Carnegie, que desaprobaba completamente la actuación de Frick durante la huelga, le despidió. El imperio del acero de Carnegie no pasaba por su mejor momento, pero estaba dispuesto a remontar. Sin embargo, a él y a Rockefeller les estaba saliendo un nuevo competidor para el título de hombre más rico del mundo. Un prometedor banquero que ascendía de manera imparable y que puede que conozcáis. Su nombre era John Pierpont Morgan.

Continuará…

Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.