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lunes, 26 de febrero de 2018

Los hombres que levantaron América IV

Creo que ya ha pasado el suficiente tiempo como para crear cierta intriga, así que vamos a seguir contando la historia de EEUU y de los hombres que contribuyeron a hacer ese país grande. Como comentábamos la última vez, Carnegie había vendido su imperio del acero al magnate de la banca J.P. Morgan, cumpliendo así su objetivo de superar a Rockefeller como hombre más rico del mundo. Sin embargo, recién estrenado el siglo XX, los monopolios de Morgan y Rockefeller se iban a enfrentar de nuevo al Estado y esta vez todo iba a ser distinto.

En las últimas elecciones, recordemos, Carnegie, Rockefeller y Morgan habían conseguido comprar su propio presidente, William McKinley, frente al demócrata William Jennings Bryan, que pretendía desmantelar sus monopolios y hurgarles los bolsillos. En esta ocasión el enemigo estaba emergiendo de las filas del Partido Republicano, y su nombre no era otro que Theodore Roosevelt (Teodoro Rosvelto para los que no sabéis inglés).


 Theodore Roosevelt.

Para que nos entendamos, Roosevelt era el típico cowboy duro y machote que cae bien a todo el mundo. Se había ganado cierta fama por su lucha contra la corrupción, cuando estuvo a cargo de la prefectura de policía de Nueva York, pero el grueso de su popularidad la consiguió al estallar la guerra hispano-estadounidense, más conocida aquí como la guerra de Cuba o Desastre del 98. Nada más empezar la guerra, Roosevelt se alista a la cabeza de un regimiento de caballería y su actuación durante el conflicto le permitió ganarse una sólida reputación de héroe. De hecho, es el único presidente que ha recibido la Medalla de Honor, la máxima condecoración de las Fuerzas Armadas de los EEUU. El caso es que al personal se le hacía el culo pepsicola con Roosevelt, lo que le convirtió en un posible candidato para las elecciones presidenciales de 1900.

Sabiendo la opinión que tenía Roosevelt de sus monopolios, Rockefeller y Morgan empiezan a pensar la manera de deshacerse de él con el fin de evitar que meta las zarpas en sus imperios. Sin embrago, Roosevelt no es alguien al que puedan comprar con dinero, por lo que utilizan toda su influencia para conseguirle un puesto atractivo, pero en el que no pueda perjudicarles demasiado. Exacto, la vicepresidencia. Finalmente, logran convencer a McKinley, el actual presidente que se presentaba a la reelección, de que llevara a Roosevelt como su segundo en la papeleta.

Del lado demócrata, se presentaba Bryan, que continuaba su lucha como campeón del proletariado. Sin embargo, el éxito del gobierno en la guerra hispano-estadounidense y la buena marcha de la economía mermaron sus apoyos, por lo que la pareja McKinley/Roosevelt se impuso por el 51,64% de los votos el día de las elecciones.

Espera, espera, ¿entonces, ganó el candidato que querían Rockefeller y Morgan y consiguieron que Roosevelt se quedara en un segundo plano? ¿Cuál es el problema? El problema es que el 6 de septiembre de 1901, apenas un año después de las elecciones, un anarquista llamado Leon Czolgosz disparó al presidente durante una exposición. Una semana más tarde, McKinley moría a causa de las heridas de bala, por lo que Theodore Roosevelt se convirtió en el 26º presidente de los EEUU de América. Como podéis ver, el plan de Morgan y Rockefeller había salido peor que la carrera de Stephen Hawkins como jugador de baloncesto.

Una vez en la presidencia, Roosevelt impulsó la Sherman Antitrust Act, una ley que acababa con la práctica monopolística. Comienza por lo tanto su batalla contra los monopolios. El primero en caer fue el monopolio del ferrocarril que Morgan poseía. En un intento por pararle los pies, Morgan se reunió con Roosevelt en la Casa Blanca, pero descubrió que era un tipo que no podía ser influenciado o comprado y no iba a cambiar de opinión, por lo que en 1902 la compañía de ferrocarriles de Morgan, Northern Securities Company, fue demandada por el gobierno. La Corte Suprema de los EEUU falló a favor de este y dictaminó la disolución de la compañía. Era el fin del monopolio del ferrocarril y un duro golpe para Morgan.

Uno a uno, todos los monopolios del país fueron cayendo ante el rodillo Roosevelt, hasta que finalmente solo quedaban dos: US Steel Corporation, también de Morgan y forjada con la compra del imperio del acero de Carnegie, y Standard Oil, el gigante del petróleo de Rockefeller. Rockefeller había esquivado al gobierno hasta entonces cambiando las sedes de estado y realizando no pocos malabares legales, pero finalmente es obligado a declarar en el caso más grande contra un monopolio hasta la fecha: los EEUU contra Standard Oil.

Standard Oil es acusada de prácticas monopolísticas en el negocio del petróleo a través de acciones abusivas y contrarias a la libre competencia. Rockefeller declaró en defensa, no solo de su compañía, sino del modelo de negocio que había creado. Durante el juicio, Rockefeller fue interrogado sobre los supuestos sobornos y prácticas intimidatorias que había desarrollado para levantar su imperio, a lo que él contestó con evasivas, sarcasmos y justificaciones. Ante estas acusaciones Rockefeller llegó a responder: “Se hizo como se hizo porque solo podía hacerse así. Nadie se quejó cuando llevé la luz a todos los hogares de América. Nadie se quejó cuando creé decenas de miles de puestos de trabajo. Nadie se quejó cuando traje millones de dólares de las exportaciones. Este país funciona con petróleo, ustedes lo llaman monopolio, yo lo llamo empresa”. El meollo de toda la cuestión se encontraba en demostrar el carácter monopolístico de la empresa de Rockefeller y por lo tanto su oposición a los dispuesto en la Sherman Antitrust Act.

Finalmente, tras declarar más de 400 testigos y llenar más de 12.000 páginas de testimonios, el 15 de mayo de 1911, la Corte Suprema de los EEUU tiene un veredicto para la Standard Oil de Rockefeller. Se dictamina que Standard Oil debe disolverse en un plazo máximo de seis meses, por lo que la compañía es troceada en 34 pequeñas empresas. De la división de Standard Oil surgen otros grandes como Exxon, Mobil, Conoco, Sohio… muchas de ellas aún activas. Es el ocaso de la era de los monopolios. Sin embargo, no nos pongamos tristes por Rockefeller, pues este veredicto le convirtió en el accionista mayoritario de 34 monstruitos, lo que le catapultó de nuevo a la cima como el hombre más rico del planeta.


Actualmente, la petrolera ExxonMobil es una de las empresas con mayor capitalización bursátil del mundo.

Pero vamos a ver, ¿y qué pasó con Morgan y su US Steel Corporation? Todavía quedaba el monopolio del acero por desmantelar, ¿no? Veo que habéis estado atentos, así que vamos a contarlo. Viendo el percal que se le venía encima, Morgan intentó ganarse el favor del gobierno para que no metieran las zarpas en su imperio. Para ello, utiliza su poder e influencia y empieza a mediar para beneficiar a EEUU en el proyecto más grande en el que se ha embarcado: la construcción del Canal de Panamá.

Los yanquis estaban como locos por abrir un canal a través de los 80 kilómetros del estrecho que facilitara el comercio y el transporte de mercancías. Desde que los españoles llegaran al Nuevo Mundo se había tratado de abrir una ruta alternativa a través de Panamá, porque, como comprenderéis, la otra opción es rodear toda Sudamérica y aquello es un pateo de cojones. El caso es que Morgan consigue una financiación de 40 millones de dólares para el proyecto y con la ayuda de 75.000 trabajadores las obras empiezan a tomar forma. Esto permite a Morgan esquivar durante un tiempo a la Corte Suprema, pero su principal aportación al devenir de los EEUU todavía está por realizarse.

El 13 de marzo de 1907 el Dow Jones comienza a precipitarse, bajada que se mantiene durante ese verano y se acentúa en octubre. El pánico cunde por todo el país ante la posibilidad de una nueva y profunda crisis y los bancos empiezan a situarse al borde del precipicio. Ante esta situación, Morgan se pone al frente y monta en su casa de Nueva York un equipo completo con el que reconducir la situación. Morgan y su equipo estudian qué instituciones pueden salvarse de la crisis y empiezan a canalizar los fondos para ello, con el fin de evitar que vayan a la quiebra. Quiero que analicemos esto despacio porque Morgan estaba asumiendo todas las funciones de un Banco Central. Una sola persona haciendo el papel de un Banco Central entero. Finalmente, Morgan permite participar al gobierno de EEUU en las operaciones y este empieza a aportar fondos. El 24 de octubre, Morgan aporta 25 millones de dólares para rescatar el mercado de valores y empieza a ser visto como un héroe, en lugar del malvado empresario monopolista de antes. El gobierno de EEUU, con Roosevelt a la cabeza, como es natural estaba flipando. Un solo hombre controlaba por completo el mundo financiero de todo un país. Y no de cualquier país. Hasta tal punto se asustaron los políticos del poder desplegado por Morgan, que a raíz de este hecho se impulsó la creación de la Reserva Federal de EEUU el 23 de diciembre de 1913. De la Reserva Federal ya hablaremos otro día, no os preocupéis.


 Viñeta satírica sobre el abrumador papel de Morgan en la economía americana.


Este año, 1913, iba a ser de vital importancia para los tres protagonistas de nuestra historia. El 31 de marzo de 1913, John Pierpont Morgan fallece a la edad de 75 años. Morgan había dejado una huella tan profunda en las finanzas y la banca de inversión que la Bolsa de Nueva York cerró y las banderas de Wall Street lucieron a media asta en señal de duelo. Los dos viejos adversarios, Carnegie y Rockefeller, se reunieron frente al panteón de Morgan y al darse cuenta del paso del tiempo contemplando la tumba de su compañero, entablan una nueva competición.  Esta vez no es por convertirse en el hombre más rico del mundo, sino una competición sobre quién de los dos dona más dinero a la beneficencia. Frente al panteón también se constata el fin de una época. La US Steel Corporation de Morgan finalmente es disuelta por la Corte Suprema, finalizando así definitivamente la era de los monopolios en EEUU. Carnegie, Rockefeller y Morgan ceden el testigo a una nueva generación de empresarios que, con su esfuerzo y talento, van a seguir beneficiando a su país. A la cabeza de esta nueva generación está Henry Ford, que revolucionará la industria por completo y ya durante estos primeros años del siglo XX empieza a hacer sus pinitos. Pero de él ya hablaremos extensamente el próximo día.


Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 23 de octubre de 2017

Los hombres que levantaron América III

Arrimarse aquí que voy seguir contando la historia de los tipos que levantaron los EEUU. Los del fondo, silencio. Para los que acabáis de entrar podéis poneros al día con el primer capítulo y el segundo. Básicamente, estábamos contando que Carnegie y J.P. Morgan estaban en una titánica batalla por derrocar a Rockefeller como hombre más rico sobre la faz de la Tierra. Carnegie participaba en esta pugna con su imperio del acero, mientras que Morgan invertía en todo tipo de empresas y sacaba provecho del filón en el que se había convertido la electricidad. Esto no le hacía ninguna gracia a Rockefeller, ya que recordemos que había hecho su fortuna con el queroseno y ahora la gente prefería la electricidad para iluminar su chabola. Y en este momento de la peli los tres tendrán que unir fuerzas para luchar contra un enemigo común: el Estado.


 El Estado


Tras la crisis de 1873 o el pánico de 1873, debido a la quiebra de la entidad bancaria Jay Cooke and Company, miles de trabajadores se fueron al paro. La gente que trabajaba en el campo fue la que se vio más afectada y los fulanos de provincias cogieron el petate y se fueron en tropel a trabajar en las fábricas de la ciudad, lo que hizo que los salarios de los obreros cayeran en picado durante los siguientes años. Esto unido a que las condiciones laborales dejaban mucho que desear (construir un rascacielos era un trabajo de riesgo en aquella época, creedme) hizo que la peña en general estuviera de morros (la peña con poca pasta, se entiende). De este modo se generó el caldo de cultivo perfecto para un político que se presentaba a presidente por el Partido Demócrata para las elecciones de 1896. Su nombre era William Jennings Bryan.


William Jennings Bryan

Bryan nació en Illinois, en 1860, en una familia de pequeños propietarios agrícolas. En 1888, tras estudiar Derecho en Chicago, se afilió al Partido Demócrata y fue ascendiendo rápidamente en su carrera política. Bryan tenía ideas que podríamos considerar populistas para la época: enemigo de las injusticias, de la desigualdad, de los grandes empresarios y campeón del proletariado. De hecho, Bryan es el responsable de que el Partido Demócrata abandonara el laissez faire por el amor al Estado. En muchos de sus discursos se dirigía directamente a Rockefeller y a Carnegie, ya que estaba decidido a desmontar sus monopolios, denunciando que era inmoral que tan pocos hombres acumularan tanta riqueza. No sé si es correcto llamarle el Pablo Iglesias de la época, pero nos hacemos una idea.

Como es lógico, Bryan representaba una gran amenaza para los intereses de Rockefeller, Carnegie y Morgan, por lo que no se iban a dejar vencer tan fácilmente. Los tres imperios más grandes del país, el del acero, el queroseno y la banca, por primera vez se unían para derrotar a un poderoso enemigo y solo podían hacerlo de una manera: tenían que comprar su propio presidente. A partir de ese momento los tres hombres iban a dedicar todos sus recursos a apoyar al candidato republicano William McKinley, un veterano de la Guerra de Secesión.

Gracias a los esfuerzos de Rockefeller, Carnegie y Morgan, McKinley contó con un presupuesto de 3,5 millones de dólares, cinco veces superior al de Bryan (un fortunón para la época). La campaña de McKinley se convirtió en la más cara de la historia de EEUU hasta ese momento. Jamás se había visto tal despliegue de medios para unas elecciones y se utilizaron muchas técnicas de campaña modernas, gracias al director de campaña republicano, Mark Hanna. Bryan, por su parte, tiene que contraatacar y empieza a recorrer el país de manera incansable, dando más de 500 discursos durante toda la campaña en los que atacaba a los ricos y agitaba las más bajas pasiones del proletariado.

Esta campaña es consideraba hoy en día por los historiadores como una de las más dramáticas y complejas de la historia americana. Era mucho lo que había en juego y se debatieron muchas cuestiones económicas, incluyendo el bimetalismo, el patrón oro, la plata libre, y las tarifas. Bryan representaba a los obreros y granjeros de las zonas rurales del sur y el centro del país, mientras que McKinley tenía sus apoyos en los trabajadores y las grandes fortunas de las ciudades industriales del noroeste y de la costa del Pacífico. El resultado de estas elecciones determinaría las políticas nacionales del país durante las siguientes dos décadas.

Con todos estos pescados sobre la mesa llega el 3 de noviembre de 1896, llega el día de las elecciones. Toda la sociedad americana entendió la brutal trascendencia de estos comicios y se alcanzó una participación del 80%. Para que os hagáis una idea, las últimas elecciones presidenciales entre Trump y Clinton apenas sobrepasaron el 55%. Nuestros tres empresarios se subían por las paredes mientras esperaban los resultados, sabiendo que los grandes imperios que habían levantado de la nada podían esfumarse. Tras el recuento, el republicano McKinley se convierte en el 25º presidente de los EEUU, con 271 votos electorales, frente a los 176 de Bryan. Los negocios de Rockefeller, Carnegie y Morgan se habían salvado de la política, por lo que la alianza entre los tres ya no era necesaria y vuelven a la gresca.

Rockefeller ve una manera de atacar a Carnegie en su propio terreno y compra la mina de hierro de Mesabi, en Minnesota (recordemos que el hierro es la materia prima del acero). Rockefeller empieza a vender su recién adquirido hierro a un precio ridículo con el fin de reventar el mercado y dar un poco por saco a Carnegie. Y vaya si lo consigue. Con el precio del hierro tan bajo, la competencia en el mercado del acero se dispara y Carnegie ve como sus ingresos empiezan a caer en picado. Carnegie entonces se ve obligado a comprar todas las minas de Rockefeller por un precio desorbitado con el fin de frenar la hemorragia. Un duro golpe, pero consiguió salvar su imperio.

Morgan, que había observado atentamente esta batalla entre los dos grandes titanes, toma nota y decide actuar para superar a sus dos competidores. Decide unificar toda la industria del acero. Recordemos que Morgan ya controlaba por completo el sector de la banca, el sector ferroviario, minero, mercante… Por lo tanto, consiguiendo el control del acero de Carnegie podría lograr un poder sobre toda la industria estadounidense que haría temblar al mismísimo Rockefeller. Pero para ello tenía que comprar el segundo imperio más grande del país, tendría que comprar el imperio de Carnegie.

Con este fin, Morgan se reunió con la mano derecha de Carnegie, Charles Michel Schwab. Morgan prometió a Schwab que si conseguía convencer a Carnegie de vender su empresa del acero le nombraría director de la misma. Un día, mientras Carnegie y Schwab juagaban al golf, el primero le confesó que la riqueza no servía de nada si no se empleaba en beneficio de toda la humanidad. Recordemos que Carnegie era un grandísimo filántropo y sabía de primera mano lo duro que podía resultar ser pobre. En ese momento Schwab ve su oportunidad y propone a Carnegie vender Carnegie Steel Co. para poder dedicarse enteramente a la filantropía. Carnegie se queda pensando un momento y responde que no hay nadie en la Tierra capaz de comprar Carnegie Steel. Ambos hombres empiezan a debatir sobre el precio de la empresa y Carnegie termina apuntando el valor de su compañía en una servilleta: 480 millones de dólares, el equivalente a más de 13. 500 millones de dólares de hoy en día.

Schwab le pasa la cifra a Morgan y este acepta inmediatamente sin negociar con Carnegie. Gracias a la inmensa fortuna que había conseguido con la venta de su empresa, sumada a su ya enorme riqueza Carnegie consigue, por fin, convertirse en el hombre más rico del planeta, superando a su eterno rival Rockefeller. Después de 30 años de incansable esfuerzo por ganar a Rockefeller al final lo logró. Carnegie lo había conseguido.

Por su lado, Morgan había logrado su objetivo de unificar bajo su puño el imperio del acero, fundando así la US Steel Co. Esta empresa llegó a controlar casi el 70% de toda la producción de acero de EEUU del momento y dominaría el mercado durante los próximos cien años (hoy en día sigue funcionando). Se convertiría en la primera empresa del mundo en valer más de mil millones de dólares.

Si creíais que con Carnegie ya jubilado esta historia ya estaba acabada estabais muy equivocados. Tenemos que hablar todavía de cómo Theodore Roosevelt llegó a la presidencia de los EEUU para desmontar de una vez por todas los monopolios del país. Vamos a ver, por lo tanto, el choque entre los hombres más poderosos del país y el propio Estado (¡pelea, pelea!). También entrará en escena un tipo que llegó a hacer historia, un tipo que revolucionó con sus ideas el mundo del automóvil y la industria en general. Tal vez os suene, su nombre era Henry Ford.


Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Crisis Económicas I: La Gran Depresión y el Crack del 29

Hace mucho tiempo, en una Economía muy, muy lejana…




Tras el gran éxito e interés alcanzados en los artículos sobre la Crisis de 2007/2008 y la posibilidad de que una nueva recesión se avecine, en El Club de la Economía hemos tomado la difícil decisión de comenzar una nueva serie, en la que trataremos con nuestro característico salero todo el ciclo de crisis que asolaron al mundo y a la economía moderna. Y como nos gusta eso de empezar por el principio, hoy traemos la que probablemente sea la depresión más terrible sufrida en la historia. Su nombre da miedo, su proceso produce terror, pero su por qué causa pánico agudo. Hoy hablaremos de la Gran Depresión de 1929.

Con el objetivo de hacerlo más ameno y comprensible, primero contaremos qué ocurrió (paso a paso, no os alarméis) y posteriormente trataremos las consecuencias  y cómo se podría haber evitado. Comencemos.

Sería bueno dejar claro que la Gran Depresión no es lo mismo que el Crack del 29, o al menos no exactamente, ya que uno es consecuencia del otro. Pero esto no es tan sencillo, ya que todo resulta de un largo desarrollo de los acontecimientos que acabó llevando al desastre, y es justamente ahí adonde nos dirigimos en primer lugar.

Debemos tener presente que en este asunto no hay un único culpable, al igual que no hay una única causa, pero sí que podemos situarnos en un momento exacto: 1919. Un año después del fin de la Gran Guerra, Estados Unidos vivía uno de sus mejores momentos en su corta vida. De la noche a la mañana, y mientras observaba a través del Atlántico como sus vecinos se partían la cara, EEUU se había convertido, sin necesidad de hacer gran cosa (que por aquellos tiempos, bastaba y sobraba) en una de las primeras potencias mundiales, prácticamente por descarte, tras la devastadora Guerra Mundial. La gran industria americana proveía a la vieja Europa y, para poder costear la guerra, se pasaron por el pito del sereno al patrón oro. No conformes con ello, comenzaron a emitir bonos para poder financiarse, paradójicamente llamados “bonos libertad”.

Esto era genial para el estadounidense medio. Por primera vez, sin necesidad de trabajo, podrían rentabilizar sus ahorros y verlos crecer cada día. Esto se vio como una oportunidad de negocio para un grupo de caballeros de los que ya hemos hablado cantidad de veces (y no demasiado bien) y que, como si de un patrón se tratase, siempre se asoman cuando hablamos de crisis. Efectivamente, hablamos de los banqueros que, ni cortos ni perezosos, comenzaron a emitir bonos corporativos y acciones, aprovechando el momento de auge del mercado en el que a todo el mundo le había dado por comprar. La inversión, de la noche a la mañana, había pasado de ser una labor reservada a unos pocos especialmente preparados para ello, a estar especialmente preparada para todo el vecindario.

Al ver que los ahorros mágicamente se multiplicaban, y al no ser todo el vecindario especialmente rico (más bien todo lo contrario), la banca empezó a pensar de nuevo (y ya sabéis que pasa cuando la banca piensa… exacto, se viene arriba y la caga) y tuvo la genial idea de dar ellos mismos, por medio de préstamos y créditos, la liquidez a la gente para que con ese dinero comprase acciones de los propios bancos. Una operación cuando menos, dudosa. Eran los felices años 20. Se instauró entonces el “compre ahora, pague después” (no lo hago aposta, pero a mí esto me suena a algo) y todo el mundo, desde el presidente al panadero, se endeudaba para vivir por encima de sus posibilidades (sí que me suena, sí).

Y es entonces, en 1922, cuando aparecen unos señores que solo aparecen en bonanza para cargárselo todo un poquito, llevar la fiesta al apoteosis y después financiar el desastre mañanero con impuestos (wiiii). Hablamos del curioso caso de los bomberos pirómanos, también conocidos como políticos. Y es que en esa misma fecha nacería la Reserva Federal (FED), la cual se encargaría de prolongar la fiesta toda la noche,  bajando los tipos de interés a mínimos históricos. Y claro, cuando te bajan los cubatas a 1€ comienza la borrachera, en esta caso bursátil, en forma de burbuja inflacionista.

Parecía que el mercado especulativo había dejado de ser natural y competitivo para ser artificial y alcista, ya que este no podía hacer más que subir, abriéndose y multiplicándose agencias de corretaje por todo el país. Comenzaba a gritarse eso de “la bolsa nunca baja” (ejem, ejem). La gente corría como loca a conseguir créditos, que por un ínfimo interés, le producían grandes ganancias en el mercado continuo. Total, los beneficios estaban asegurados (ejem ejem, joder qué tos) por lo que las agencias comenzaron a permitir apalancamientos de 10 veces el capital invertido, asumiendo el riesgo, sin miedo, la banca. Aproximadamente las 2/3 partes de las acciones de Wall Street se comparaban con dinero prestado por el propio Wall Street.

Y la bolsa subía y subía y la demanda crecía y crecía, y la bolsa volvía a subir, y la demanda volvía a crecer. El precio de las acciones prácticamente dejó de tener importancia, ya que este estaba ya tan alejado del valor de la empresa que ya parecía ser un mito. De hecho, la gente compraba acciones llegando a estar en un PER70 (Price Earnings Ratio), es decir, el precio de la acción representaba 70 veces los beneficios de la empresa.

Mientras tanto, a la FED no le bastaba con ahogar a todo el mundo en una orgía crediticia sin parangones, sino que además le dio la vena samaritana, y corrió en la “ayuda” de esa Europa que trataba de resurgir. Para ello, negoció con el Banco de Inglaterra y los principales bancos centrales europeos para aumentar la inflación, comprando más de 1,8 millardos en valores y activos gubernamentales, mientras que las reservas aumentaban solamente a ritmo de 200 millones. Es este el momento en el que los bancos dejan de tener una contabilidad seria y pasan a financiar activos basura mediante inyecciones del gobierno.

Llegando a un punto donde el mercado ya no tenía ni pies ni cabeza, a causa del sobrecalentamiento, los inversores profesionales comenzaron a dejar el mercado. Célebre es la frase de Joe Kennedy, padre del futuro presidente, al abandonar el mercado.



Es entonces cuando el mercado, sin más, dejó de crecer. No caía, ni subía, sencillamente se movía en paralelo, como si estuviera pensando en qué hacer. Lo que estaba sucediendo nada tenía que ver con lo que acontecía en los lujosos despachos de Nueva York porque lo ocurrido la confianza se estaba diluyendo y pronto, muy pronto, se desvanecería completamente.

Miércoles 23 de Octubre de 1929, la Bolsa sufrió un duro revés al bajar en una sola sesión hasta un 7%. Sin embargo, esto sería tan solo un aviso, un pellizco comparado con lo que iba a ocurrir al día siguiente, el Jueves Negro.

Jueves 24 de Octubre de 1929, en los pocos minutos iniciales tras la apertura de la bolsa, se cursaron más de 1 millón de órdenes de venta que por primera vez no encontrarían comprador, no hasta reducir su precio, quedando apenas 1/3 de su valor. Parecía que la Ley de la Oferta y la Demanda, al fin y al cabo, no eran los padres. La burbuja había estallado, el desconcierto se convirtió en miedo, el miedo se convirtió en pánico y el pánico en auténtico terror.

Para tratar de paliar la situación, unos cuantos burócratas convocan a los personajes más poderosos de Estados Unidos. Asistieron a esa reunión el presidente de JP Morgan, el vicepresidente de la NY Stock Exchange e incluso a Rockefeller se le vio por allí. Decidieron inyectar dinero público y privado en unos cuentos valores que, así a ojo, parecían fiables (los llamados Blue Chips) con el objetivo de recuperar el mercado. Y lo consiguieron, el mercado volvía a subir, y la gente que se tiraba de los rascacielos también disminuyó un poco.

Pero como todas las decisiones de unos pocos que se creen más listos que el mercado, esto no llegaría muy lejos. Tras una ligera recuperación el viernes y el lunes , llegaríamos al martes 29 de Octubre, conocido como Martes Negro. Vaya semanita, macho.

El índice de la bolsa sencillamente se desplomó, de una forma continuada, hasta enero del año siguiente. Por el camino se quedaron miles y miles de empresas en la quiebra (3.000 de ellas solo en bancos), un paro de más del 25%, cierre de fábricas, gente abandonando los lujosos rascacielos de Manhattan por las chabolas y, en definitiva, una destrucción de aproximadamente el 80% de la economía norteamericana. Y como en todas las grandes ceisis, esta llegaría pronto a Sudamérica, Europa y al resto del mundo, obligando a que Reino Unido abandonase el Patrón Oro y que los principales Estados europeos cerrasen sus fronteras para tratar de frenar la hemorragia. Los nacionalismos proteccionistas se abrían paso. Unos cuantos salvapatrias comenzaban a prometer la salvación y el milagro económico en contra de la globalización. Sus nombres eran Benito Mussolini, Adolf Hitler y Lenin. El resto de la historia la conocemos.

Aún así, entre tanto alboroto, algunos señoritos, los cuales en aquella época se denominaban “economistas” (denominación que recibía también el barrendero del quinto) también tenían que decir sobre todo esto. En primer lugar, se encuentra el economista celebrity del momento, puro glamour y fama. Hablamos, cómo no, de Keynes, que por aquel momento poco sabemos de a qué se dedicaba, ya que estaba tan ocupado fijándose en los Índices de Precios y en sus tablas macroeconómicas, que no se enteró de absolutamente nada de lo que pasaba, a pocos metros de su oficina en la City de Londres (recordemos que Keynes llegó a dirigir un Fondo de Inversión). Más bien fueron otros, menos conocidos, con menos gracia, pero más apuestos (y no, no éramos nosotros) era la Escuela Austriaca que ya avisaba del terrible desenlace que podría tener la fiesta con la primera luz del sol.

Por un lado, Hayek, escribió un informe para el Instituto Austriaco de Investigación Económica en Febrero de 1929, en el que predijo la recesión económica, afirmando: "el boom colapsará en los próximos meses". Su amigo y maestro, Mises esperaba esta catástrofe financiera, y afirmaba que venía un gran crash, y no quería su nombre en modo alguno relacionado con él, mientras rechazaba un puesto importante en el Banco Kreditanstalt a principios de 1929.
Y por último, cómo no, Rothbard, que no solamente predijo la crsis antes que sus otros dos compañeros, sino que escribió un libro, y lo tituló “La Gran Depresión de America”. Estos tres economistas, bien enseñados por Menger, sencillamente se limitaron a obviar los datos agregados y pasar al estudio de bienes relativos, es decir, no centrarse en la macroeconomía, sino en la microeconomía.

Posteriormente, vendría la Gran Depresión, durante la cual la gente se refugiaba en el activo más líquido: el oro. Es por esto que durante la época del New Deal, Roosevelt mandó prohibir su atesoramiento con penas de hasta 10 años de cárcel. De esta manera, se trataban de manipular los tipos de interés, ya que Roosevelt prolongó la quiebra bancaria, al tratar de rescatarla mediante la especulación de bonos (es decir, de su propio país). Por tanto, la gente se vería obligada a refugiarse en el segundo activo más seguro: la deuda pública (exactamente lo que el Estado quería).
Con esta política se llegaría hasta Bretton Woods, donde, como hablamos en este artículo, se bajan definitivamente los pantalones, acabando con la economía real (es decir, el patrón oro) y apostándolo todo a que Estados Unidos vencería en un nuevo conflicto que poco a poco, se hacía inminente.

En definitiva, podemos apreciar como la práctica totalidad de las crisis vividas en la actualidad, tanto la inmobiliaria como el sobreendeudamiento y exceso de crédito, son errores que ya ocurrieron en el pasado, pero de los que no parece que aprendiéramos nada. No aprendimos que al mercado, como a todo, por mucho que lo manipules no va a dar la solución mágica que esperas, sino la que debe, ya que no depende de unos cuantos, sino de unos muchos y a la larga, se autoajusta sin necesidad de echarle las zarpas. El dirigismo estatal no es bueno, ni aunque tu población, aparentemente, esté encantada.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.