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lunes, 26 de marzo de 2018

Crisis Económicas IV: La Burbuja de las punto com


Hace mucho tiempo, en una Economía muy, muy lejana…

Tras el ascenso de Alan Greenspan a cargo de la Reserva Federal, la calma llegaría a la Economía. El peligro de la Depresión había sido aniquilado y la amenaza de una nueva Crisis se había disipado. Sin embargo, algo había pasado desapercibido, inadvertido para economistas y analistas por la sucesión de recesiones, que volvería a poner en jaque a la Economía…

Desde los años 70, hemos podido apreciar como el sistema económico mundial chocaba con continuos cracks, que devenían en recesiones, que se convertían en depresiones y acababan en crisis.

Las políticas económicas keynesianas sudaban sangre para poder hacer frente a las amenazas y debilidades que se les planteaban, y finalmente hallaron la solución: quitarse del medio.

Sin embargo, entre tanto alboroto internacional y caos institucional, algo pasó ante los ojos de todos, y nadie pareció darle importancia alguna, tal vez demasiado ocupados de que el chiringuito no se viniera abajo y preocupados de que en el proceso no se llevasen algún que otro coscorrón. Pero remontémonos al principio:

Hasta ahora, al referirnos a la Bolsa hablábamos de lo que todo hijo de vecino entiende por dicho termino, es decir, un mercado en el cual cotizan empresas según las fuerzas de la oferta y la demanda.
Pero hasta este momento, había algo que caracterizaba a este mercado y que, por ello, le hacía uno de los más atractivos del mundo. Y no, no nos referimos a los barcos y las meretrices (que también) sino que todos los valores que se negociaban eran tangibles.

La liquidez y veracidad que el mercado de valores reflejaba sobre la realidad económica era incuestionable. No había nada más sencillo para ver como iba la economía del país que coger el Wall Street Journal y leer el apartado de finanzas y mercados.

Por esto mismo, con el objetivo de facilitar la vida a consumidores, inversores y empresas, comienzan a surgir los primeros índices bursátiles, por ejemplo para ver de un vistazo como evolucionaba la industria nacional (Dow Jones Industrial Average) o directamente el sector empresarial en su conjunto (Standard & Poor's 500 Index).



Todos estos índices, que no eran más que un reflejo estadístico por medio de un grafico que ilustraba la tendencia agregada del sector, se construían sobre una base común: la Bolsa de Nueva York (New York Stock Exchange), que es el mayor mercado de valores del mundo en volumen monetario y el primero en número de empresas adscritas.



Parece razonable pensar que un mercado que mueve más de 35 billones de dólares al año es sin ningún lugar a duda el mercado que más dinero mueve en el mundo. Pero ¿Ha sido siempre esto así?
Pues lo cierto es que no. Demos la bienvenida merecida que no recibió un 4 de Febrero de 1971, al NASDAQ.



Lo cierto es que casi todo el mundo pasó de largo este acontecimiento, demasiado ocupados por otras cuestiones, como notener que empeñar tu casa para comprar petróleo y esas cosas. Sin embargo, el Nasdaq supuso todo un evento revolucionario que cambiaría por completo el Mercado de valores, así como lo conocíamos.

Para empezar, se trata del primer mercado de valores electrónico, que permitió las novedosas operaciones en línea. De una forma o de otra, lo que hoy en día conocemos como trading (es decir, poder abrir el ordenador, conectarte a internet y ponerte a comprar y vender títulos con la facilidad que aporta un Broker Online) es gracias a que un buen día, unos señores decidieron sustituir en Wall Street a los hombres trajeados al teléfono por unos hombrecillos pegados al ordenador y probablemente con poco pelo en su cabellera.

Se producía, por tanto, desarrollándose a lo largo de los años 80, la mayor democratización de los mercados que hemos vivido nunca. A partir de este momento, cualquier persona, independientemente de su ubicación, estudios, nacionalidad, sexo… podría acceder a negociar valores en la bolsa con tan solo un sencillo clic.

Sin embargo, como todo, esto tiene su parte positiva, pero también su parte negativa. Nunca se podría haber imaginado un volumen de ventas tan abismal como el que se vivió ese fatídico Lunesde 1987, ni tan siquiera pensar en lo que conocemos hoy como el trading de alta frecuencia. Pero lo que estaba apunto de suceder, era lo que realmente nos empezaría a poner los pelos de punta.

Antes de nada, habría que explicar que el Nasdaq, desde su fundación hasta ahora, se ha mantenido como el índice en el cual se negocian las compañías tecnológicas más punteras. Desde las telecomunicaciones hasta las empresas de hardware y software, desde las redes sociales hasta la biotecnología. Aquí nacieron algunas que os sonaran, como Amazon, Microsoft, Yahoo, Ebay, Apple… y con el paso del tiempo, se convirtió en un mercado de referencia, donde toda startup soñaba con colocarse, como Facebook o Google.

Sin embargo, el mercado de la tecnología no compartía los valores tradicionales de la bolsa. No era un mercado tangible ni líquido, sino más bien intangible y basado en las expectativas futuras, en la innovación, el desarrollo, la investigación y en resumen, el progreso y avance tecnológico.

Fue por esto que los inversores olvidaron los métodos de valoración que hasta ese momento les enseñaron en las escuelas de negocio. Ya no se analizaban los balances, las cuentas de perdidas y ganancias y los flujos de caja. Los estados financieros se habían convertido en algo obsoleto, y los jóvenes graduados universitarios ya no soñaban con trabajar en Wall Street. Ahora el dorado se encontraba en Sillicon Valley.

El mercado se volvió completamente loco. Los accionistas compraban títulos cuyo precio multiplicaba por más de 100 veces los beneficios empresariales (lo que se conoce como PER), empresas que literalmente tan solo tenían 20 o 40 $ en ventas, obtenían rondas de financiación de millones.

Compañías como Amazon, que por aquel entonces ni siquiera obtenía suficientes beneficios para cubrir sus costes, se valoraban con una capitalización bursátil de más de 2.000 millones.

Mientras tanto, la SEC (Securities and Exchange Commission, nuestra CNMV) y la FED realmente creían que el modelo de negocio había cambiado por completo, y se frotaban las manos mientras veían que un índice con apenas 20 años de antigüedad conseguía superar en volumen de acciones al mismísimo NYSE, con más de 150 años de antigüedad, llegando casi a los 4,5 trillones (billones europeos) de capitalización.

Pero como toda ilusión, en algún momento había que despertar. Y es que, si algo podemos rescatar de lo que dijo Keynes, es que ciertamente el mercado puede mantener más la irracionalidad que tú la solvencia (sí, el también se arruinó en la Gran depresión).

Una vez superado el milenio, y visto que el mundo no se había acabado, comenzó a esparcirse y respirarse un humo tóxico en el ambiente: la desconfianza. La gente había dejado sus trabajos, hipotecado sus casas, e incluso abandonado los estudios para ser dueños de unas empresas que nadie sabía a qué se dedicaban, ni qué hacían, ni qué producían, ni en muchas ocasiones como se llamaban. Lo importante era que al final tuvieran un punto com.

Entonces, de la noche a la mañana, los analistas levantaron de su letargo, los inversores volvieron a aprender a leer y los bancos de inversión dejaban de financiar ofertas públicas de venta. Lo que vieron no les gustó nada. Pero nada de nada.

A partir del año 2000, momento en el que el Nasdaq alcanzaba máximos que superaban los 5.000 puntos, la caída fue en picado. Miles de “empresas” (muchas de ellas basadas en una cabaña en el bosque, con un ordenador y Wifi) cerraban cada mes. Empresas que superaban el billón de capitalización, quebraban en cuestión de semanas. Compañías como eToys, cuyo precio por acción superaba los 80 $, declaraban la quiebra con un valor inferior a 1 $. Por no hablar de otras que conocemos bien en España, como Terra, que se esfumó sin dejar rastro.

Solamente ese año, el Nasdaq perdería más de 3.000 puntos, y alcanzaría su mínimo de casi 1.000 puntos en el año 2002, tras sufrir también el varapalo del 11S.



Y es entonces, con George W. Bush en el poder, cuando se adopta la decisión de bajar los tipos de interés hasta el mínimo del 1%, para adoptar una de las políticas más peligrosas en Economía, “estimular la demanda interna”.

Un nuevo activo tangible, seguro y que nunca bajaba, brillaba con luz propia. Pero esa ya, es otra historia.

Esto es todo por hoy joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Crisis Económicas I: La Gran Depresión y el Crack del 29

Hace mucho tiempo, en una Economía muy, muy lejana…




Tras el gran éxito e interés alcanzados en los artículos sobre la Crisis de 2007/2008 y la posibilidad de que una nueva recesión se avecine, en El Club de la Economía hemos tomado la difícil decisión de comenzar una nueva serie, en la que trataremos con nuestro característico salero todo el ciclo de crisis que asolaron al mundo y a la economía moderna. Y como nos gusta eso de empezar por el principio, hoy traemos la que probablemente sea la depresión más terrible sufrida en la historia. Su nombre da miedo, su proceso produce terror, pero su por qué causa pánico agudo. Hoy hablaremos de la Gran Depresión de 1929.

Con el objetivo de hacerlo más ameno y comprensible, primero contaremos qué ocurrió (paso a paso, no os alarméis) y posteriormente trataremos las consecuencias  y cómo se podría haber evitado. Comencemos.

Sería bueno dejar claro que la Gran Depresión no es lo mismo que el Crack del 29, o al menos no exactamente, ya que uno es consecuencia del otro. Pero esto no es tan sencillo, ya que todo resulta de un largo desarrollo de los acontecimientos que acabó llevando al desastre, y es justamente ahí adonde nos dirigimos en primer lugar.

Debemos tener presente que en este asunto no hay un único culpable, al igual que no hay una única causa, pero sí que podemos situarnos en un momento exacto: 1919. Un año después del fin de la Gran Guerra, Estados Unidos vivía uno de sus mejores momentos en su corta vida. De la noche a la mañana, y mientras observaba a través del Atlántico como sus vecinos se partían la cara, EEUU se había convertido, sin necesidad de hacer gran cosa (que por aquellos tiempos, bastaba y sobraba) en una de las primeras potencias mundiales, prácticamente por descarte, tras la devastadora Guerra Mundial. La gran industria americana proveía a la vieja Europa y, para poder costear la guerra, se pasaron por el pito del sereno al patrón oro. No conformes con ello, comenzaron a emitir bonos para poder financiarse, paradójicamente llamados “bonos libertad”.

Esto era genial para el estadounidense medio. Por primera vez, sin necesidad de trabajo, podrían rentabilizar sus ahorros y verlos crecer cada día. Esto se vio como una oportunidad de negocio para un grupo de caballeros de los que ya hemos hablado cantidad de veces (y no demasiado bien) y que, como si de un patrón se tratase, siempre se asoman cuando hablamos de crisis. Efectivamente, hablamos de los banqueros que, ni cortos ni perezosos, comenzaron a emitir bonos corporativos y acciones, aprovechando el momento de auge del mercado en el que a todo el mundo le había dado por comprar. La inversión, de la noche a la mañana, había pasado de ser una labor reservada a unos pocos especialmente preparados para ello, a estar especialmente preparada para todo el vecindario.

Al ver que los ahorros mágicamente se multiplicaban, y al no ser todo el vecindario especialmente rico (más bien todo lo contrario), la banca empezó a pensar de nuevo (y ya sabéis que pasa cuando la banca piensa… exacto, se viene arriba y la caga) y tuvo la genial idea de dar ellos mismos, por medio de préstamos y créditos, la liquidez a la gente para que con ese dinero comprase acciones de los propios bancos. Una operación cuando menos, dudosa. Eran los felices años 20. Se instauró entonces el “compre ahora, pague después” (no lo hago aposta, pero a mí esto me suena a algo) y todo el mundo, desde el presidente al panadero, se endeudaba para vivir por encima de sus posibilidades (sí que me suena, sí).

Y es entonces, en 1922, cuando aparecen unos señores que solo aparecen en bonanza para cargárselo todo un poquito, llevar la fiesta al apoteosis y después financiar el desastre mañanero con impuestos (wiiii). Hablamos del curioso caso de los bomberos pirómanos, también conocidos como políticos. Y es que en esa misma fecha nacería la Reserva Federal (FED), la cual se encargaría de prolongar la fiesta toda la noche,  bajando los tipos de interés a mínimos históricos. Y claro, cuando te bajan los cubatas a 1€ comienza la borrachera, en esta caso bursátil, en forma de burbuja inflacionista.

Parecía que el mercado especulativo había dejado de ser natural y competitivo para ser artificial y alcista, ya que este no podía hacer más que subir, abriéndose y multiplicándose agencias de corretaje por todo el país. Comenzaba a gritarse eso de “la bolsa nunca baja” (ejem, ejem). La gente corría como loca a conseguir créditos, que por un ínfimo interés, le producían grandes ganancias en el mercado continuo. Total, los beneficios estaban asegurados (ejem ejem, joder qué tos) por lo que las agencias comenzaron a permitir apalancamientos de 10 veces el capital invertido, asumiendo el riesgo, sin miedo, la banca. Aproximadamente las 2/3 partes de las acciones de Wall Street se comparaban con dinero prestado por el propio Wall Street.

Y la bolsa subía y subía y la demanda crecía y crecía, y la bolsa volvía a subir, y la demanda volvía a crecer. El precio de las acciones prácticamente dejó de tener importancia, ya que este estaba ya tan alejado del valor de la empresa que ya parecía ser un mito. De hecho, la gente compraba acciones llegando a estar en un PER70 (Price Earnings Ratio), es decir, el precio de la acción representaba 70 veces los beneficios de la empresa.

Mientras tanto, a la FED no le bastaba con ahogar a todo el mundo en una orgía crediticia sin parangones, sino que además le dio la vena samaritana, y corrió en la “ayuda” de esa Europa que trataba de resurgir. Para ello, negoció con el Banco de Inglaterra y los principales bancos centrales europeos para aumentar la inflación, comprando más de 1,8 millardos en valores y activos gubernamentales, mientras que las reservas aumentaban solamente a ritmo de 200 millones. Es este el momento en el que los bancos dejan de tener una contabilidad seria y pasan a financiar activos basura mediante inyecciones del gobierno.

Llegando a un punto donde el mercado ya no tenía ni pies ni cabeza, a causa del sobrecalentamiento, los inversores profesionales comenzaron a dejar el mercado. Célebre es la frase de Joe Kennedy, padre del futuro presidente, al abandonar el mercado.



Es entonces cuando el mercado, sin más, dejó de crecer. No caía, ni subía, sencillamente se movía en paralelo, como si estuviera pensando en qué hacer. Lo que estaba sucediendo nada tenía que ver con lo que acontecía en los lujosos despachos de Nueva York porque lo ocurrido la confianza se estaba diluyendo y pronto, muy pronto, se desvanecería completamente.

Miércoles 23 de Octubre de 1929, la Bolsa sufrió un duro revés al bajar en una sola sesión hasta un 7%. Sin embargo, esto sería tan solo un aviso, un pellizco comparado con lo que iba a ocurrir al día siguiente, el Jueves Negro.

Jueves 24 de Octubre de 1929, en los pocos minutos iniciales tras la apertura de la bolsa, se cursaron más de 1 millón de órdenes de venta que por primera vez no encontrarían comprador, no hasta reducir su precio, quedando apenas 1/3 de su valor. Parecía que la Ley de la Oferta y la Demanda, al fin y al cabo, no eran los padres. La burbuja había estallado, el desconcierto se convirtió en miedo, el miedo se convirtió en pánico y el pánico en auténtico terror.

Para tratar de paliar la situación, unos cuantos burócratas convocan a los personajes más poderosos de Estados Unidos. Asistieron a esa reunión el presidente de JP Morgan, el vicepresidente de la NY Stock Exchange e incluso a Rockefeller se le vio por allí. Decidieron inyectar dinero público y privado en unos cuentos valores que, así a ojo, parecían fiables (los llamados Blue Chips) con el objetivo de recuperar el mercado. Y lo consiguieron, el mercado volvía a subir, y la gente que se tiraba de los rascacielos también disminuyó un poco.

Pero como todas las decisiones de unos pocos que se creen más listos que el mercado, esto no llegaría muy lejos. Tras una ligera recuperación el viernes y el lunes , llegaríamos al martes 29 de Octubre, conocido como Martes Negro. Vaya semanita, macho.

El índice de la bolsa sencillamente se desplomó, de una forma continuada, hasta enero del año siguiente. Por el camino se quedaron miles y miles de empresas en la quiebra (3.000 de ellas solo en bancos), un paro de más del 25%, cierre de fábricas, gente abandonando los lujosos rascacielos de Manhattan por las chabolas y, en definitiva, una destrucción de aproximadamente el 80% de la economía norteamericana. Y como en todas las grandes ceisis, esta llegaría pronto a Sudamérica, Europa y al resto del mundo, obligando a que Reino Unido abandonase el Patrón Oro y que los principales Estados europeos cerrasen sus fronteras para tratar de frenar la hemorragia. Los nacionalismos proteccionistas se abrían paso. Unos cuantos salvapatrias comenzaban a prometer la salvación y el milagro económico en contra de la globalización. Sus nombres eran Benito Mussolini, Adolf Hitler y Lenin. El resto de la historia la conocemos.

Aún así, entre tanto alboroto, algunos señoritos, los cuales en aquella época se denominaban “economistas” (denominación que recibía también el barrendero del quinto) también tenían que decir sobre todo esto. En primer lugar, se encuentra el economista celebrity del momento, puro glamour y fama. Hablamos, cómo no, de Keynes, que por aquel momento poco sabemos de a qué se dedicaba, ya que estaba tan ocupado fijándose en los Índices de Precios y en sus tablas macroeconómicas, que no se enteró de absolutamente nada de lo que pasaba, a pocos metros de su oficina en la City de Londres (recordemos que Keynes llegó a dirigir un Fondo de Inversión). Más bien fueron otros, menos conocidos, con menos gracia, pero más apuestos (y no, no éramos nosotros) era la Escuela Austriaca que ya avisaba del terrible desenlace que podría tener la fiesta con la primera luz del sol.

Por un lado, Hayek, escribió un informe para el Instituto Austriaco de Investigación Económica en Febrero de 1929, en el que predijo la recesión económica, afirmando: "el boom colapsará en los próximos meses". Su amigo y maestro, Mises esperaba esta catástrofe financiera, y afirmaba que venía un gran crash, y no quería su nombre en modo alguno relacionado con él, mientras rechazaba un puesto importante en el Banco Kreditanstalt a principios de 1929.
Y por último, cómo no, Rothbard, que no solamente predijo la crsis antes que sus otros dos compañeros, sino que escribió un libro, y lo tituló “La Gran Depresión de America”. Estos tres economistas, bien enseñados por Menger, sencillamente se limitaron a obviar los datos agregados y pasar al estudio de bienes relativos, es decir, no centrarse en la macroeconomía, sino en la microeconomía.

Posteriormente, vendría la Gran Depresión, durante la cual la gente se refugiaba en el activo más líquido: el oro. Es por esto que durante la época del New Deal, Roosevelt mandó prohibir su atesoramiento con penas de hasta 10 años de cárcel. De esta manera, se trataban de manipular los tipos de interés, ya que Roosevelt prolongó la quiebra bancaria, al tratar de rescatarla mediante la especulación de bonos (es decir, de su propio país). Por tanto, la gente se vería obligada a refugiarse en el segundo activo más seguro: la deuda pública (exactamente lo que el Estado quería).
Con esta política se llegaría hasta Bretton Woods, donde, como hablamos en este artículo, se bajan definitivamente los pantalones, acabando con la economía real (es decir, el patrón oro) y apostándolo todo a que Estados Unidos vencería en un nuevo conflicto que poco a poco, se hacía inminente.

En definitiva, podemos apreciar como la práctica totalidad de las crisis vividas en la actualidad, tanto la inmobiliaria como el sobreendeudamiento y exceso de crédito, son errores que ya ocurrieron en el pasado, pero de los que no parece que aprendiéramos nada. No aprendimos que al mercado, como a todo, por mucho que lo manipules no va a dar la solución mágica que esperas, sino la que debe, ya que no depende de unos cuantos, sino de unos muchos y a la larga, se autoajusta sin necesidad de echarle las zarpas. El dirigismo estatal no es bueno, ni aunque tu población, aparentemente, esté encantada.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

domingo, 26 de febrero de 2017

El Retorno de la Crisis

El mundo ha cambiado. Lo escuchamos de Rajoy. Lo leemos en las noticias. Mucho se perdió hace diez años, pero nadie parece estar dispuesto a recordarlo. Todo comenzó con la forja de la gran burbuja inmobiliaria, una de las mayores ficciones que ni siquiera Spielberg podrá superar jamás. Esto llevó al delirio hipotecario subprime de los señores banqueros y a las nacionalizaciones hechas por la raza de los políticos que ansían, por encima de todo, el poder. Pero aquí no acaba todo, pues una nueva burbuja fue forjada en la tierra de Alemania, en los fuegos del Banco Central, el señor oscuro Draghi forjó el plan monetario regente, el Quantitive Easing (QE). En ese plan descargó todas sus soluciones mágicas, sus unicornios y su voluntad para “salvar” el mundo. Un plan monetario para gobernarlos a todos, un plan para encontrarlos, un plan para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas de la deuda.
Draghi, Señor Oscuro de Mordor, Nigromante, Hacedor de Anillos, Señor de Barad-dûr, el Gran Ojo Sin Párpados. 

 
Pero como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes. La crisis, como ya dijimos en otro artículo, llegaría más tarde a Europa que a EEUU, que al fin y al cabo es el país más avanzado del mundo, tanto para lo bueno como para lo malo. Pero, ¿por qué hoy en día parece que la crisis ha desaparecido? Bueno, en parte sí ha desaparecido, pero resulta curioso como hace cuatro años estábamos tirándonos de los pelos y rogando clemencia a los dioses, mientras ahora estamos tan agustito como si aquí no hubiese pasado nada.
Algo que ha sido la tónica durante toda la crisis y que fue el inicio de la debacle han sido las nacionalizaciones, es decir, el aumento del gasto público y de por lo tanto de la deuda. Y he aquí la primera regla del manual de Política para Dummies del siglo XXI para aquellos que quieren agarrar un cargo público.
-Necesitamos alcanzar el poder, mi señor.
-Prometamos aumentar el gasto público.
-Pero Su Excelencia, no tenemos tanto dinero como para hacer eso y a la  plebe no le va a hacer ninguna gracia que les subamos los impuestos.
-Ay, mi jovencísimo aprendiz, mucho por aprender te queda aún. Emitiremos deuda como si no hubiera un mañana.
-Es usted brillante.




Deuda pública en España



Vamos a explicar la deuda como si un Estado se tratase de un agente económico normal, y no uno privilegiado y sobreprotegido. La deuda es comparable a la que cualquiera de nosotros puede contraer con cualquier entidad financiera, véase un banco al pedir un préstamo, estando por tanto atado a devolver dicho préstamo con intereses al final del plazo marcado. Está claro que nosotros no tenemos la legitimidad confiscatoria que posee el señor Montoro para poder extraer rentas de aquí y allá y, sin embargo, un Estado puede pedir prestado y confiscar a sus ciudadanos. Un fulano normal y corriente se puede convertir en acreedor de un Estado, comprando sus bonos (a 10 años, a 30 años…).
Por tanto, muchas de las principales potencias mundiales se han dedicado a endeudarse en proporciones abismales para poder financiar a sus gobiernos, sabiendo que salíamos de una gran recesión con una inflación inexistente: EEUU (105%Deud/PIB), Japón (240%Deud/PIB), Italia (130%Deud/PIB), España ( Francia (95%Deud/PIB), España (93%Deud/PIB) Reino Unido (90%/PIB). No obstante, al contrario de lo que creen los magos de la economía como los comunistas, los socialistas o Podemos, esta deuda no desaparece, se queda ahí hasta que finalmente se pague. Y de hecho, como habrás podido deducir, no parece haber realmente gran diferencia entre subir deuda o impuestos, ya que, como diría David Ricardo, al final, ambas van a ser pagadas por los mismos, the people (los mendas, para quien flojee con el inglés).

Esto tenía más peligro que Espinete vendiendo condones, hasta que de repente entra en escena nuestro salvador, nuestro héroe: El Banco Central Eropeo. Mario Draghi observó el percal y pareció no molarle ni un pelo que, pese a que los países se endeudaban cada vez más, el crédito y el movimiento de los monedos no se daba por aludido. Los bancos habían recibido tal paliza, regalando talones millonarios a vagabundos, que ahora no se atrevían a prestar talones ridículos ni a los millonarios. Por lo tanto, el 9 de marzo de 2015, el BCE tuvo una de las ideas más mágicas de la economía moderna, oigan, ¿y si compramos nosotros los títulos de deuda? Ascenso para el caballero.

Los objetivos de este plan de estímulos, el susodicho QE, fue el de depreciar el euro, relanzar la inflación y rebajar los tipos de interés para así impulsar la concesión de nuevo crédito y revalorizar las bolsas. Esto se conseguiría comprometiéndose a comprar, mes a mes, entre 60.000 y 80.000 millones de pasivos públicos (deuda publica estatal, soberana…) y privados (los bancos). De esta manera, el BCE, de manera artificial y sin necesidad de darle masivamente a la máquina de crear dinero, conseguiría aumentar el crédito y financiar a las entidades que se encargan de concederlo a los ciudadanos, eso sí, comprando sus activos tóxicos, endeudándose masivamente.

Hoy, tras más de un billón (con b) de euros en estímulos y una liquidez excesiva de más de 800.000 millones, lo cierto es que los objetivos estás muy lejos de cumplirse. Por un lado, los tipos de interés no hacen más que bajar artificialmente, debido a que el BCE ha roto la regla. Antes, los países con más necesidades de financiación y mayor riesgo pagaban un mayor tipo de interés, lo cual se define como Prima de riesgo. Pero con la financiación del BCE, los Estados se pueden despreocupar completamente, ya que son financiados a tipos de interés 0 e incluso negativos (volviendo a la locura de prestar dinero y tener que pagar por dicho préstamo). Lo que viene siendo una absurdez, un despropósito, un disparate, una incoherencia (¿queda claro, no?).

                                                                            


Por otro lado, la inflación está dando el resultado completamente contrario al esperado por el BCE, con un aumento muy leve de los precios (al contrario que la monumental subida que espera Lord Draghi). Esta ligera subida se debe al incremento del precio de bienes que son precisamente los que ralentizan la economía y no ayudan mucho a vivir mejor, como es el caso de las materias primas, véase el petróleo.



Uno de los objetivos que sí que se ha cumplido ha sido una leve revalorización de las bolsas. Sin embargo, este más que una ventaja, se convierte en un inconveniente, ya que pese a los bajísimos tipos de interés, que descartan cualquier opción de rentabilidad en renta fija, los inversores han ido obligados a buscar los beneficios en la renta variable, manteniéndose esta sin embargo más plana de lo que se preveía, incluso disminuyendo en algunas potencias europeas.


Finalmente, el único objetivo que realmente se ha cumplido es la devaluación del euro, ya que de algún sitio salían todos los cheques expedidos por el BCE, multiplicando la base monetaria desde 1,3 billones de euros hasta más de 2 billones en apenas 18 meses. Sin embargo, esto no está sirviendo para acelerar el crédito bancario o aumentar la inflación, sino que está engordando las reservas bancarias, ya que la gran mayoría de esta masa monetaria no va a parar a la economía real, de lo contrario tendríamos una burbuja terrible e irremediable.
 
           A este paso por un euro no te van a dar ni el aplauso del público


En definitiva, el mundo se endeuda de una manera jamás vista en la historia, ante unos tipos de interés jugosos y elecciones a la vista. El BCE ayuda a estos Estados sobreendeudados con su economía pendiendo de un hilo, sin darse cuenta de que solucionar la vida mágicamente no ayuda a que los Estados inviertan mejor estas enormes cantidades de dinero, sino que incitan al pasotismo de creer que si no miras la deuda no está. Con esta política favorecen la creencia de que siempre estará papá BCE para ayudarte y llorar cuando necesites un préstamo multibillonario. La realidad es mucho más dura, el QE antes o después acabará, y al igual que la FED ya sube tipos de interés en EEUU, aquí tarde o temprano también ocurrirá. Cuando eso ocurra, cuando realmente los tipos vuelvan a subir y la inflación campe a sus anchas y el euro reaccione, los Estados se encontrarán con una monstruosa burbuja en forma de deuda, la cual, por no haber hecho los deberes a tiempo, nunca se podrán quitar de encima. La Economía nos ha otorgado una segunda oportunidad para hacer las cosas bien, para transformar esta burbuja en una oportunidad y remediar y aprender de errores del pasado. Pero si no lo hacemos, si perpetuamos nuestro sobreendeudamiento sin reformas estructurales, sin bajadas de impuestos o sin adoptar cualquier otra medida que el propio Señor Oscuro repite conferencia tras conferencia, como si de una pesadilla o déjà vu se tratase, las quiebras, volverán.


Esto es todo por hoy joven padawan. Somos El club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

domingo, 15 de enero de 2017

Lo que no sabías de la Crisis de 2008


Atención, el artículo que está a punto de presenciar podría dañar gravemente su salud mental, ya que hoy El club de la Economía va a tratar sobre lo que es probablemente el tema de la economía en el siglo XXI. Aquel que está en boca de todos, pero del que nadie sabe nada, un tema oscuro a la par que delicado. Se recomienda leer previamente nuestro artículo sobre los mercados financieros, para poder saborear al máximo este, en el que El club de la Economía jura solemnemente que conocerás, al fin, la verdad sobre la Crisis de 2008, también conocida como Crisis Subprime. Comencemos.

11 de Septiembre de 2001, caída de las Torres Gemelas. Lo recordamos como si fuera ayer. En nuestro caso, muy jóvenes y no creyendo lo que estaba pasando, y sobre todo, inocentes ante lo que estaba a punto de desencadenar el casi hundimiento del sistema financiero y la Economía tal y como la conocemos. Fatídico día para el mundo, en el que unos pocos acabaron con la vida de muchos. Curiosamente, algo parecido pasó por la otra parte, pero esta vez no eran unos terroristas, sino políticos y banqueros con traje y corbata.

El 11S significó la depresión máxima también en los mercados, ya que Wall Street  tras la burbuja de las punto com, sufrió una de sus peores caídas en un solo día de su historia, cayendo más de un 7%.
Ante este desastre, Bush, la FED y por extensión, el BCE,  tienen la genial idea de bajar los tipos de interés, llegando hasta el 1% en 2003, lo que se podría denominar como “casi regalar dinero” con el objetivo de reanimar el crédito y con él los mercados, bajo el lema de: Todo el mundo merece una casa.

El planteamiento era sencillo y tenía sentido: aumento del gasto público en obra y privatización del suelo, con el objetivo de aumentar la Oferta de vivienda, y por lo tanto mediante una simple regla de 3 (ley de la Oferta y la Demanda) reducir el precio de la vivienda, consiguiendo el objetivo de que todo el mundo obtuviese una casa, se reanimase la economía y todos contentos.

Esto mismo llegó a España, donde con Aznar, también se siguió el modelo estadounidense. España construía en un año, más vivienda que Francia, Alemania e Italia juntas. Pero algo fallaba, algo no iba del todo bien. La vivienda, lejos de bajar el precio, SUBÍA, Y CADA VEZ MÁS. Esto se debe a que la demanda superó a la propia oferta, usando la vivienda como una inversión inmobiliaria con la cuál sacar beneficio, primero a largo plazo, después a medio y la fiesta fue tal que se sacaban ingentes cantidades de dinero incluso a corto plazo.

Mientras tanto, la gente dejaba de soñar con ser médico, abogado o empresario, aquellos que deseaban estudiar eran arquitectos, y los que no, no pasa nada, siempre habrá un hueco para un albañil, NO ESTUDIES ¡a trabajar del ladrillo se ha dicho!
Esto redujo el paro a una cifra récord, desde el 22% hasta apenas el 9% en 2005. Pero claro, había un problema, los trabajos creados por lo general eran precarios y con un salario que por lo general, no aumentó en gran medida (un albañil podía cobrar un sueldo entre 1.200-1.400€ de media).
Sin embargo, la vivienda pasaba de pagarse de 900€/m2 a más de 2.500€/m2 en apenas 10 años. Por lo que surge la duda: ¿Cómo iban estos a ser capaces de comprar vivienda, si esta no dejaba se subir, mientras que los salarios no se movían? Ningún problema, damas y caballeros, entran a escena LOS BANCOS.

Los bancos se sumaron a la fiesta, con las tan amadas hipoteca (préstamos a cascoporro) para financiar la compra de vivienda, con la propia vivienda como único aval y con unos intereses que te lo quitan de las manos, pudiendo pagar la hipoteca en cómodos plazos, financiándose a largo plazo y endeudándose a corto plazo. Y tranquilo, que si en algún momento no puedes pagar la hipoteca, vendes la casa, recuperas la inversión y además ganas dinero, ¡el negocio del siglo sin hacer nada! Esto fomentó que incluso aquellos considerados "ninjas" (sin ingresos, sin trabajo y sin propiedades) pidieran hipotecas con el simple objetivo de enriquecerse, porque recuerda: LOS PRECIOS SIEMPRE SUBEN, NUNCA BAJAN.

Es entonces cuando llegamos a 2007, con una vivienda con precios absolutamente disparados y sobrenaturales, a casi 3.000€/m2. Entre 2004 y 2006, la FED había fomentado una subida de tipos de hasta el 5-7%. Esto supuso una bajada de la demanda, ya que dejaba de ser gratis y fácil ser rico y literalmente no había más zonas donde edificar, por lo que la vivienda empezó a bajar de precio. Esto disparó la tasa de morosidad porque las personas no podían devolver sus préstamos a los bancos, ya que no podían vender sus casas, y estas no las querían ni los propios bancos, pues no valían nada y nadie las quería comprar. Eran considerados literalmente activos basura. Y así sucesivamente provocando un efecto dominó que no pintaba nada bien.

Los bancos especulaban y operaban entre ellos con todos estos activos tóxicos, que de la noche a la mañana, se convertían de AAA (bajo riesgo) a BBB (alto riesgo). Los bancos necesitaban liquidez ante el aumento de impagos (defaults), pero el Euribor, libor y todo el resto de tipos de interés se disparaban, ya que nadie quería financiar el desastre de estos bancos, por lo que la gente se refugiaba en las materias primas, disparándose el precio de estas más de un 20% (sí, hubo una vez que el barril de petróleo costaba más de 100$).

La deuda  de las cajas comenzó a ser descomunal, ya que la creación de riqueza ya no generaba crecimiento, sino que el proceso se había invertido, el crecimiento era el que generaba riqueza, siendo todo esto originado por una monstruosa deuda, ya que el dinero no caía del cielo.
Así, de la noche a la mañana, se desenterró la enorme crisis crediticia estadounidense, que contagió rápidamente a todo el mundo, a partir de la cual los bancos dejaron de prestar dinero, los inversores dejaron de comprar deuda y el miedo llevó a la ira, la ira llevó al odio y el odio llevó al pánico extremo. Como nadie prestaba dinero, el consumo se desplomó, las empresas empezaron a despedir en masa, dejando primero a todos los dedicados a la construcción en la calle. La mayoría de ellos no tenían formación ni posibilidad de reincorporarse al mercado laboral, vamos, con una mano delante y otra detrás, aumentando el paro a máximos. Y toda esta ficción, de la noche a la mañana, recibió un jarro de agua, no fría, sino congelada. Habíamos estado viviendo 10 años por encima de nuestras posibilidades, siendo la productividad menor que los ingresos, y lo íbamos a pagar duro, ya te digo que lo íbamos a pagar, estallando la mayor burbuja de la historia.

El 15 de Septiembre de 2008, Lehman Brothers, uno de los bancos de inversión más grandes del mundo, quebró. Con un pasivo de $613.000 millones, supuso la mayor quiebra de la historia hasta el momento. Con este, muchos otros se fueron, y esto podría haber sido mucho peor, ya que compañías como AIG (la mayor aseguradora del mundo), debido a que no podían hacer frente a los seguros hipotecarios (CDS), vio cómo su valor en bolsa se reducía de más de 1.500$/acción a 5$/acción (sí, es así, no me he comido ni añadido ceros de más), salvada gracias a su nacionalización por parte del gobierno estadounidense.



Como resultado final, la bolsa cayó casi un 60%, con una deuda de 950 mil millones de $, 200 mil millones de $ en rescates a entidades y estímulos de los bancos centrales.

Hoy en día, aquellos verdaderamente culpables de esta orgía crediticia y engaño hacia todos nosotros, los contribuyentes. Los verdaderos culpables de inflar la oferta de crédito muy por encima de los niveles de ahorro que había detrás de ese crédito, son los que hoy deberían estar entre rejas. Todos esos banqueros que globalizaron bonos basura y nos tiraron de cabeza a la mayor crisis financiera de la historia, son los responsables de jugar con el fin de la Economía moderna. Pero ellos no estaban solos, pues alguien debió permitirles todo este escándalo, unos sujetos que hablan mucho, hacen poco y saben menos, y que, sin embargo, nos controlan. Sí, hablamos de los políticos. Está de moda criticar la crisis del 2008 como una derrota del Capitalismo y el Libre Mercado, que el Laissez Faire financiero casi nos cuesta un riñón y parte del otro. Pero en el mundo que nosotros imaginamos, no pagan justos por pecadores En el mundo que imaginamos no se nacionaliza a aquellos que apostaron contra ti hace 2 días. En el mundo que imaginamos esta gente, estaría en la cárcel y no en un yate en Marbella con el dinero de todos nosotros.  No es una derrota del liberalismo, más bien de la socialdemocracia.





Esto es todo por hoy joven padawan. Somos El club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Los misterios de los mercados financieros

Por estos lares hablamos de cosas que trascienden a nuestros sentidos y nos llevan a buscar la comprensión de misterios infinitos de la existencia. Preguntas como: ¿por qué a Hulk se le rompe toda la ropa menos los pantalones? ¿La tortilla con o sin cebolla? O ¿qué demonios hay que hacer si ves un animal en peligro de extinción comiéndose una planta en peligro de extinción? Preguntas cuyas respuestas sólo las tiene Dios o el creador del Trivial Pursuit. Pero hoy toca hablar de algo que, al igual que la segunda parte de Independence Day, a primera vista no resulta muy atractivo, pero que si te fijas bien es absolutamente espantoso: los mercados financieros.

La actualidad sobre los mercados financieros está hasta en la sopa, así que, aunque a simple vista no guste mucho, sí que parece importante. Haciendo un esfuerzo vamos a explicar un poco de qué va la cosa y por qué puede llegar a ser interesante

Para empezar, estos mercados financieros operan en un entorno de libre mercado, es decir, los precios de los activos siempre se rigen por la oferta y la demanda confiando plenamente en la libre interacción de compradores y vendedores, o regulados, en una economía planificada.

En un primer momento este mercado era un sitio físico donde la gente se reunía para pedir préstamos, hipotecas o comprar y vender acciones. Wall Street sin ir mas lejos empezó siendo en el siglo XVIII una simple calle adyacente al muro que marcaba el límite norte de Nueva York (de ahí que sea “calle del muro”). Hoy en día, sin embargo, vivimos en un mundo totalmente digitalizado y podemos vender rublos o comprar en la bolsa de Hong Kong sin levantar las posaderas del sofá de casa.



Un mercado financiero no es como el Mercadona o la verdulería de al lado de tu casa. Los que participan en un mercado financiero no lo hacen con la intención de consumir los productos que adquieren, sino de obtener un beneficio a partir de este. El beneficio puede obtenerse de múltiples formas: comprar un activo y mantenerlo buscando rentabilidad, comprar un activo y venderlo a un precio superior... Asimismo, hay un sinfín de mercados diferentes, como el Forex, que comercia con divisas, el mercado de acciones, el mercado de materias primas, pasando por los mercados primarios y secundarios, nacionales, internacionales y demás.

De hecho, la actividad financiera aporta tantas oportunidades actualmente que es posible ganar dinero hasta cuándo el mercado se hunde. Sí, habéis oído bien: hasta cuando baja el mercado puedes ganar. Esto se llama operar en corto. La actividad financiera puede aportar tantas oportunidades, que actualmente no sólo es posible comprar un activo y venderlo cuando es más caro, sino que también se permite realizar la inversa, vender algo que no tienes, generando una obligación de compra posterior, en la cuál tu no esperarás comprar a un mayor precio, sino que querrás que el precio caiga.

Estos mercados financieros fueron creados por nada más y nada menos que los bancos. Como ya hablamos en este artículo, las finanzas son esa parte de la economía que estudia el dinero y los bancos fueron los que comenzaron esta actividad financiera mediante la creación del cociente de caja, que esconde una gran mentira que tenemos que creer. Vamos a explicarlo con un ejemplo: Paco va a su banco de “confianza” y decide abrir un depósito, en el que ingresa 10.000€. Estos capitalistas, muy astutos ellos, aplican un coeficiente de caja del 10%, por lo que 1.000€ de Paco se quedarán en el Banco y 9.000€ serán usados para nuevas actividades financieras, como préstamos. Por lo que al siguiente día viene Juan y pide un préstamo de 9.000€ y lo vuelve a depositar en el banco, el cual volverá a aplicar este 10%. Lo que indirectamente se está produciendo, es que se está creando dinero artificialmente, que realmente no existe, ya que con que tan sólo a este banco acudan 5 clientes más, de los 10.000€ iniciales y reales que depositó Paquito, hemos creado más de 40.000€, que no es material, no existe, es completamente fiduciario y se basa en la confianza de que a la gente un día no se le va a ir la olla, y van a reclamar todo su dinero al banco “de confianza”, ya que este no existe.

Para finalizar, un mercado financiero perfecto sería aquel que posee una gran amplitud y profundidad y una libertad plena, sin barreras de entrada y salida, ni injerencias estatales y con total flexibilidad y transparencia. Estas características esenciales fueron más o menos quebrantadas en su momento y gracias a ello se produjo la crisis de 2008 (os sonará Lehman Brothers :D). Pero ya hablaremos de esto en otro momento. Al final la solución para todo es sólo una cosa: la Libertad.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.