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lunes, 12 de febrero de 2018

Crisis Económicas III: El Crack del 87


Hace mucho tiempo, en una Economía muy, muy lejana…


Tras la llegada de Volcker a la presidencia de la Reserva Federal, las políticas keynesianas, indefensas ante la Crisis del Petroleode 1973, fueron reemplazas por la nueva Teoría Monetarista. Tras su derrota, Darth Keynes sería reemplazado por Milton Friedman Skywalker, que junto a Ronald Reagan Kenobi, lucharían por llevar de una vez por todas, la libertad a la economía…

La Crisis del Petróleo al fin quedaba atrás. Tras abandonar las teorías expansivas keynesianas, que demostraron ser totalmente ineficaces para salir de la recesión, la FED pasaba a la acción. En vez de aumentar sin cesar la oferta monetaria bajando el tipo de interés, adoptó políticas contractivas y subió el tipo de interés. En vez de subir impuestos y aumentar el Gasto Público, bajó impuestos y redujo el gasto.

Un aire liberal se volvía a respirar en América. Ronald Reagan había llegado a la presidencia.
Comenzaba una de las etapas de mayor concentración de crecimiento en poco tiempo. Durante los primeros años de la década de los 80, la economía estadounidense se recuperaba espectacularmente, ante las políticas de austeridad instauradas por Reagan, que atrajeron inversión, riqueza y empleo.

Evolución del Desempleo durante la legislatura de Reagan


Crecimiento Real del PIB estadounidense durante la era Reagan


 Sin embargo, el presidente republicano tuvo una gran asignatura pendiente, y esta era la de ajustar el gasto público a la reducción de impuestos, los cuales bajaron mucho más en términos relativos comparado con el gasto.

Reagan partía de una premisa correcta, y es que una reducción de impuestos produce un gran aumento de la actividad económica, y esto se puede traducir en un aumento de la recaudación.

Curva de Laffer



Sin embargo, pese a las muchas noches en vela que pasó rezando a su querido amigo Laffer, la radical bajada de impuestos no fue capaz de asumir el enorme gasto que se mantuvo, provocando un gran aumento de la Deuda.

Aumento Deuda Pública durante la era Reagan.


Y es así, con grandes crecimientos en poco tiempo, financiado por una gran masa de deuda, como las cosas tienden a torcerse, mientras el mercado se apalanca y se sumerge en una ficción de crecimiento por encima de sus posibilidades.

Por aquellos años, el Dow Jones (el indicador de las 30 empresas con mayor cotización en el mercado estadounidense) había ido de máximo histórico en máximo histórico, marcando una tendencia que parecía no tener final.

Sin embargo, algo ocurrió en 1987 que empezó a mostrar lo que se avecinaba. El mercado asiático cambió radicalmente de tendencia, y comenzó a caer, lentamente, pero sin pausa. Esto afectó en poco tiempo a Europa y por supuesto a Wall Street, que comenzó a entrar en una espiral bajista, pero sin un rumbo claro.

Y así se mantuvo hasta que acabó el verano, y es entonces cuando la tendencia pasó a retroceder sin titubeos. Durante unas semanas, Wall Street vio como los principales indicadores llevaban unas pérdidas acumuladas de más del 10%, y un miedo conocido volvía a apoderarse de los inversores norteamericanos.

Sin embargo, para principios de octubre, la situación pareció normalizarse. Lo peor ya había pasado. El temor dio paso al alivio. Al menos durante el fin de semana.

Lunes 19 de octubre de 1987. En cuestión de unas horas, el Dow Jones perdía 508 puntos, bautizándose como el Lunes Negro, término que no se usaba desde hacía 58 años, y que se esperaba no volver a usar nunca más. La caída al final del día fue del 22,6% superando a cualquiera de los días negros del antaño 29.


Evolución del Dow Jones durante 1987


Las órdenes de venta se multiplicaron, como nunca antes lo habían hecho. El pánico había vuelto para quedarse.



Antes de que acabase el mes, los mercados de valores de Hong Kong ya habían caído un 45,8%, Australia un 41.8%, España un 31 %, el Reino Unido un 26,4%, Canadá un 22,5 % y Nueva Zelanda un 60 %.
Ante este crack, se ponía al frente de la FED Alan Greenspan, que actuó rápida y tan eficazmente que evitaría que la economía estadounidense entrase en Depresión, e incluso llegaría a crecer durante el año inmediatamente sucesivo. Esto le llevaría a presidir la Reserva Federal casi 20 años, sentando sin embargo un triste precedente en cuanto a crisis financieras se refiere: la inyección de dinero público al rescate del mercado.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos el Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Crisis Económicas I: La Gran Depresión y el Crack del 29

Hace mucho tiempo, en una Economía muy, muy lejana…




Tras el gran éxito e interés alcanzados en los artículos sobre la Crisis de 2007/2008 y la posibilidad de que una nueva recesión se avecine, en El Club de la Economía hemos tomado la difícil decisión de comenzar una nueva serie, en la que trataremos con nuestro característico salero todo el ciclo de crisis que asolaron al mundo y a la economía moderna. Y como nos gusta eso de empezar por el principio, hoy traemos la que probablemente sea la depresión más terrible sufrida en la historia. Su nombre da miedo, su proceso produce terror, pero su por qué causa pánico agudo. Hoy hablaremos de la Gran Depresión de 1929.

Con el objetivo de hacerlo más ameno y comprensible, primero contaremos qué ocurrió (paso a paso, no os alarméis) y posteriormente trataremos las consecuencias  y cómo se podría haber evitado. Comencemos.

Sería bueno dejar claro que la Gran Depresión no es lo mismo que el Crack del 29, o al menos no exactamente, ya que uno es consecuencia del otro. Pero esto no es tan sencillo, ya que todo resulta de un largo desarrollo de los acontecimientos que acabó llevando al desastre, y es justamente ahí adonde nos dirigimos en primer lugar.

Debemos tener presente que en este asunto no hay un único culpable, al igual que no hay una única causa, pero sí que podemos situarnos en un momento exacto: 1919. Un año después del fin de la Gran Guerra, Estados Unidos vivía uno de sus mejores momentos en su corta vida. De la noche a la mañana, y mientras observaba a través del Atlántico como sus vecinos se partían la cara, EEUU se había convertido, sin necesidad de hacer gran cosa (que por aquellos tiempos, bastaba y sobraba) en una de las primeras potencias mundiales, prácticamente por descarte, tras la devastadora Guerra Mundial. La gran industria americana proveía a la vieja Europa y, para poder costear la guerra, se pasaron por el pito del sereno al patrón oro. No conformes con ello, comenzaron a emitir bonos para poder financiarse, paradójicamente llamados “bonos libertad”.

Esto era genial para el estadounidense medio. Por primera vez, sin necesidad de trabajo, podrían rentabilizar sus ahorros y verlos crecer cada día. Esto se vio como una oportunidad de negocio para un grupo de caballeros de los que ya hemos hablado cantidad de veces (y no demasiado bien) y que, como si de un patrón se tratase, siempre se asoman cuando hablamos de crisis. Efectivamente, hablamos de los banqueros que, ni cortos ni perezosos, comenzaron a emitir bonos corporativos y acciones, aprovechando el momento de auge del mercado en el que a todo el mundo le había dado por comprar. La inversión, de la noche a la mañana, había pasado de ser una labor reservada a unos pocos especialmente preparados para ello, a estar especialmente preparada para todo el vecindario.

Al ver que los ahorros mágicamente se multiplicaban, y al no ser todo el vecindario especialmente rico (más bien todo lo contrario), la banca empezó a pensar de nuevo (y ya sabéis que pasa cuando la banca piensa… exacto, se viene arriba y la caga) y tuvo la genial idea de dar ellos mismos, por medio de préstamos y créditos, la liquidez a la gente para que con ese dinero comprase acciones de los propios bancos. Una operación cuando menos, dudosa. Eran los felices años 20. Se instauró entonces el “compre ahora, pague después” (no lo hago aposta, pero a mí esto me suena a algo) y todo el mundo, desde el presidente al panadero, se endeudaba para vivir por encima de sus posibilidades (sí que me suena, sí).

Y es entonces, en 1922, cuando aparecen unos señores que solo aparecen en bonanza para cargárselo todo un poquito, llevar la fiesta al apoteosis y después financiar el desastre mañanero con impuestos (wiiii). Hablamos del curioso caso de los bomberos pirómanos, también conocidos como políticos. Y es que en esa misma fecha nacería la Reserva Federal (FED), la cual se encargaría de prolongar la fiesta toda la noche,  bajando los tipos de interés a mínimos históricos. Y claro, cuando te bajan los cubatas a 1€ comienza la borrachera, en esta caso bursátil, en forma de burbuja inflacionista.

Parecía que el mercado especulativo había dejado de ser natural y competitivo para ser artificial y alcista, ya que este no podía hacer más que subir, abriéndose y multiplicándose agencias de corretaje por todo el país. Comenzaba a gritarse eso de “la bolsa nunca baja” (ejem, ejem). La gente corría como loca a conseguir créditos, que por un ínfimo interés, le producían grandes ganancias en el mercado continuo. Total, los beneficios estaban asegurados (ejem ejem, joder qué tos) por lo que las agencias comenzaron a permitir apalancamientos de 10 veces el capital invertido, asumiendo el riesgo, sin miedo, la banca. Aproximadamente las 2/3 partes de las acciones de Wall Street se comparaban con dinero prestado por el propio Wall Street.

Y la bolsa subía y subía y la demanda crecía y crecía, y la bolsa volvía a subir, y la demanda volvía a crecer. El precio de las acciones prácticamente dejó de tener importancia, ya que este estaba ya tan alejado del valor de la empresa que ya parecía ser un mito. De hecho, la gente compraba acciones llegando a estar en un PER70 (Price Earnings Ratio), es decir, el precio de la acción representaba 70 veces los beneficios de la empresa.

Mientras tanto, a la FED no le bastaba con ahogar a todo el mundo en una orgía crediticia sin parangones, sino que además le dio la vena samaritana, y corrió en la “ayuda” de esa Europa que trataba de resurgir. Para ello, negoció con el Banco de Inglaterra y los principales bancos centrales europeos para aumentar la inflación, comprando más de 1,8 millardos en valores y activos gubernamentales, mientras que las reservas aumentaban solamente a ritmo de 200 millones. Es este el momento en el que los bancos dejan de tener una contabilidad seria y pasan a financiar activos basura mediante inyecciones del gobierno.

Llegando a un punto donde el mercado ya no tenía ni pies ni cabeza, a causa del sobrecalentamiento, los inversores profesionales comenzaron a dejar el mercado. Célebre es la frase de Joe Kennedy, padre del futuro presidente, al abandonar el mercado.



Es entonces cuando el mercado, sin más, dejó de crecer. No caía, ni subía, sencillamente se movía en paralelo, como si estuviera pensando en qué hacer. Lo que estaba sucediendo nada tenía que ver con lo que acontecía en los lujosos despachos de Nueva York porque lo ocurrido la confianza se estaba diluyendo y pronto, muy pronto, se desvanecería completamente.

Miércoles 23 de Octubre de 1929, la Bolsa sufrió un duro revés al bajar en una sola sesión hasta un 7%. Sin embargo, esto sería tan solo un aviso, un pellizco comparado con lo que iba a ocurrir al día siguiente, el Jueves Negro.

Jueves 24 de Octubre de 1929, en los pocos minutos iniciales tras la apertura de la bolsa, se cursaron más de 1 millón de órdenes de venta que por primera vez no encontrarían comprador, no hasta reducir su precio, quedando apenas 1/3 de su valor. Parecía que la Ley de la Oferta y la Demanda, al fin y al cabo, no eran los padres. La burbuja había estallado, el desconcierto se convirtió en miedo, el miedo se convirtió en pánico y el pánico en auténtico terror.

Para tratar de paliar la situación, unos cuantos burócratas convocan a los personajes más poderosos de Estados Unidos. Asistieron a esa reunión el presidente de JP Morgan, el vicepresidente de la NY Stock Exchange e incluso a Rockefeller se le vio por allí. Decidieron inyectar dinero público y privado en unos cuentos valores que, así a ojo, parecían fiables (los llamados Blue Chips) con el objetivo de recuperar el mercado. Y lo consiguieron, el mercado volvía a subir, y la gente que se tiraba de los rascacielos también disminuyó un poco.

Pero como todas las decisiones de unos pocos que se creen más listos que el mercado, esto no llegaría muy lejos. Tras una ligera recuperación el viernes y el lunes , llegaríamos al martes 29 de Octubre, conocido como Martes Negro. Vaya semanita, macho.

El índice de la bolsa sencillamente se desplomó, de una forma continuada, hasta enero del año siguiente. Por el camino se quedaron miles y miles de empresas en la quiebra (3.000 de ellas solo en bancos), un paro de más del 25%, cierre de fábricas, gente abandonando los lujosos rascacielos de Manhattan por las chabolas y, en definitiva, una destrucción de aproximadamente el 80% de la economía norteamericana. Y como en todas las grandes ceisis, esta llegaría pronto a Sudamérica, Europa y al resto del mundo, obligando a que Reino Unido abandonase el Patrón Oro y que los principales Estados europeos cerrasen sus fronteras para tratar de frenar la hemorragia. Los nacionalismos proteccionistas se abrían paso. Unos cuantos salvapatrias comenzaban a prometer la salvación y el milagro económico en contra de la globalización. Sus nombres eran Benito Mussolini, Adolf Hitler y Lenin. El resto de la historia la conocemos.

Aún así, entre tanto alboroto, algunos señoritos, los cuales en aquella época se denominaban “economistas” (denominación que recibía también el barrendero del quinto) también tenían que decir sobre todo esto. En primer lugar, se encuentra el economista celebrity del momento, puro glamour y fama. Hablamos, cómo no, de Keynes, que por aquel momento poco sabemos de a qué se dedicaba, ya que estaba tan ocupado fijándose en los Índices de Precios y en sus tablas macroeconómicas, que no se enteró de absolutamente nada de lo que pasaba, a pocos metros de su oficina en la City de Londres (recordemos que Keynes llegó a dirigir un Fondo de Inversión). Más bien fueron otros, menos conocidos, con menos gracia, pero más apuestos (y no, no éramos nosotros) era la Escuela Austriaca que ya avisaba del terrible desenlace que podría tener la fiesta con la primera luz del sol.

Por un lado, Hayek, escribió un informe para el Instituto Austriaco de Investigación Económica en Febrero de 1929, en el que predijo la recesión económica, afirmando: "el boom colapsará en los próximos meses". Su amigo y maestro, Mises esperaba esta catástrofe financiera, y afirmaba que venía un gran crash, y no quería su nombre en modo alguno relacionado con él, mientras rechazaba un puesto importante en el Banco Kreditanstalt a principios de 1929.
Y por último, cómo no, Rothbard, que no solamente predijo la crsis antes que sus otros dos compañeros, sino que escribió un libro, y lo tituló “La Gran Depresión de America”. Estos tres economistas, bien enseñados por Menger, sencillamente se limitaron a obviar los datos agregados y pasar al estudio de bienes relativos, es decir, no centrarse en la macroeconomía, sino en la microeconomía.

Posteriormente, vendría la Gran Depresión, durante la cual la gente se refugiaba en el activo más líquido: el oro. Es por esto que durante la época del New Deal, Roosevelt mandó prohibir su atesoramiento con penas de hasta 10 años de cárcel. De esta manera, se trataban de manipular los tipos de interés, ya que Roosevelt prolongó la quiebra bancaria, al tratar de rescatarla mediante la especulación de bonos (es decir, de su propio país). Por tanto, la gente se vería obligada a refugiarse en el segundo activo más seguro: la deuda pública (exactamente lo que el Estado quería).
Con esta política se llegaría hasta Bretton Woods, donde, como hablamos en este artículo, se bajan definitivamente los pantalones, acabando con la economía real (es decir, el patrón oro) y apostándolo todo a que Estados Unidos vencería en un nuevo conflicto que poco a poco, se hacía inminente.

En definitiva, podemos apreciar como la práctica totalidad de las crisis vividas en la actualidad, tanto la inmobiliaria como el sobreendeudamiento y exceso de crédito, son errores que ya ocurrieron en el pasado, pero de los que no parece que aprendiéramos nada. No aprendimos que al mercado, como a todo, por mucho que lo manipules no va a dar la solución mágica que esperas, sino la que debe, ya que no depende de unos cuantos, sino de unos muchos y a la larga, se autoajusta sin necesidad de echarle las zarpas. El dirigismo estatal no es bueno, ni aunque tu población, aparentemente, esté encantada.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

lunes, 10 de julio de 2017

Del patrón oro a la fe en el dinero




Hace poco explicábamos por qué el ser humano ha valorado siempre el oro durante prácticamente toda su existencia. Explicábamos por qué se convirtió en uno de los actores más fundamentales de la historia económica, superando a otros nombres propios como el euro o el dólar. Hoy toca hablar de uno de los conceptos más cruciales y claves en lo que a economía moderna se refiere. Hablaremos de cuando el dinero era real, y tenía valor intrínseco, y de cómo este valor pasó a estar únicamente en nuestra imaginación. Damas y caballeros, con todos ustedes, demos la bienvenida al patrón oro.

Antes de nada, definamos este concepto del que muchos hemos oído hablar, pero pocos sabemos realmente de qué se trata. El patrón oro, como su nombre indica, es una referencia, una relación que se fija entre una unidad monetaria y una determinada cantidad de oro.  Por tanto, el patrón oro supone un sistema monetario no fiduciario, es decir, no se sustenta en la confianza del poseedor, sino que se sustenta en el oro. Esto viene a decir que los emisores de divisas garantizan que el poseedor de dichas unidades monetarias tenga siempre la posibilidad de canjear su papel moneda por oro. En otras palabras, el patrón oro destruye de raíz la fiesta de unicornios y ositos parlantes que el sistema monetario actual, haciendo de la economía un sistema rígido, en la que cada billete tiene un valor fijo.

Antes de explicar los inicios del patrón oro, vamos a retroceder un poco para ver por qué era necesario. Como dijimos, durante toda nuestra historia la unidad monetaria internacional y comúnmente aceptada ha sido siempre el oro. Sin embargo, a finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, el ser humano comenzó a hacerse más vago, pero en especial más rico, debido a las primeras tendencias liberales y capitalistas. Esto significaba que, conforme la riqueza crecía más y más, las bolsas de monedas de oro circulaban más y más. Pero después de muchos esguinces y contusiones, cómo no, a nuestros amigos los chinos, se les ocurrió algo que Marco Polo introduciría in Europa: el papel moneda.

De este modo, para ahorrarte cargar con bolsas llenas de oro, cual jubilado saliendo del Mercadona, el banco te otorgaba un papelito (un pagaré) en el que certificaban su correspondiente cantidad de oro. Estos papelitos se canjeaban fácilmente y no era necesario trasportar consigo el valor que dicho papelito contenía, ya que bastaba con acudir al banco depositario para volverlo a canjear de nuevo por el oro. Como podemos apreciar, estaba gestándose lo que en un futuro sería el patrón oro, ya que inconscientemente la gente comenzó a comerciar con billetes cuyo valor estaba en todo momento respaldado por una determinada cantidad en oro. Uno de los primeros pensadores que teorizaron sobre el patrón oro fue el británico David Hume, el cual creía que llevaría a un equilibrio general en la economía.

Llegó hasta un punto esta internacionalización del papel moneda, que los que más tardaron en llegar fueron los primeros que empezaron a plantearse el realmente establecer un patrón fijo y determinado, respaldado por la propia ley y el derecho. Estamos hablando, cómo no, de Estados Unidos. El propio George Washington, apoyado por el primer Secretario del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, Alexander Hamilton (el tío que hoy en día encontramos en los billetes de 10$), propuso esta medida mediante la creación de un banco central federal y nacional que, tomando el ejemplo inglés, fuera la única institución competente para emitir moneda y fijar su valor respecto al oro. Sin embargo, esto no sería tan sencillo, y de hecho finalmente no se llevaría a cabo debido a la negativa de un hombre para el cual el dinero era demasiado importante como para dejarlo en manos del gobierno. Este hombre creía en un país económicamente descentralizado al poder político. Su nombre era Thomas Jefferson (el del billete de 2$).

Durante el siglo XVIII reinó la anarquía financiera, en la que cada banco tenía autonomía para crear su propio dinero. Estos competían entre sí, haciendo que los billetes se apreciasen o se depreciasen según la propia fama del banco en cuestión. Y, al igual que hoy no es lo mismo haber estudiado Derecho en Harvard que en la Universidad Estatal de Texas, tampoco lo era canjear 100$ en el Bank of America que en el Banco Provincial de Arizona. Por tanto, esto obligaba a los vaqueros a tener que negociar el valor de su dinero en cada transacción. Cada cerveza suponía un tradeo, algo parecido a lo que pasa hoy en día a todas horas en el mercado de divisas, pero a escala exponencial.

Ante este absurdo, a finales del siglo XIX, tras la guerra civil estadounidense, Abraham Lincoln decidió que se acababan los tiempos en los que todo quisqui podía crear dinero, ya que, según el propio Lincoln, “esto parece el coño de la Bernarda”. Desde ese momento, la tarea de crear dinero sería únicamente encomendada al banco central, que se encargaría de estandarizarla, fijando el valor de esta respecto al oro, y regresando a la racionalidad monetaria.



Sin embargo, este sistema de patrón oro tenía una virtud que a la vez era una maldición: era completamente incompatible con la guerra. No era posible que un Estado emitiese deuda pública como si no hubiera un mañana, aumentando temporalmente el déficit, a expensas de poder ganar la guerra y embolsarse los beneficios, ya que no se podía emitir todo el oro que se quisiese. En este sentido, el Estado se encontraba con una barrera más allá de la mera voluntad política para poder financiar su gasto público, y era una barrera sencillamente natural. El oro es el que hay, y no se puede inventar más oro del que ya existe.

Por esta razón, en 1913 nació la Reserva Federal Estadounidense (FED), la cual básicamente significó la legitimación por parte del Gobierno para abandonar estacionalmente el patrón oro, con el objetivo de poder financiar la 1ª y 2ª Guerra Mundial, con la promesa de retornar a él cuando estas hubiesen finalizado. Las potencias europeas, en cambio, abandonaron definitivamente el patrón oro durante la Gran Guerra. Nótese la gran apuesta que Estados Unidos hizo abandonando el patrón durante estas décadas, ya que de no haber ganado la guerra Estados Unidos sencillamente se habría hundido en la mayor de las miserias. De hecho, pese a su victoria, se puede apreciar el devastador efecto que esta decisión tuvo observando los felices años 20 y la inmensa inflación descontrolada, que llevaría finalmente a Estados Unidos y al mundo a una burbuja que acabaría estallando en 1929. Pero esta ya es otra historia.

Después de que Roosevelt socializase la economía norteamericana, la cosa no mejoró, sino que más bien se abrió un periodo de transición en el que decidir qué hacer con el sistema monetario mundial. El miedo comenzaba a sentirse. Se rumoreaba que al otro lado del charco se estaba gestando algo que podía amenazar el dólar. Comenzaba a hablarse de una moneda europea, que años más tarde sería el euro. Estados Unidos no podía permitir que Europa ni nadie le arrebatase su poder en el sistema monetario y financiero internacional. Fue entonces, en los acuerdos de Bretton Woods, donde se decidió adoptar el dólar como divisa internacional, bajo la condición de que la FED sostuviera el patrón oro. Sin embargo, años más tarde, durante la nefasta presidencia de Nixon, en 1971 se decide no respetar la promesa debido a los interminables gastos que EEUU tenía que sostener en la guerra de Vietnam. De este modo, se abandona el patrón oro de manera definitiva y el valor del dólar pasa a sostenerse exclusivamente en la confianza que le dan sus poseedores, naciendo definitivamente el dinero fiduciario, también conocido como moneda FIAT (que no es lo mismo que el coche).



Fue en ese fatídico momento en el que el mundo decidió entregarle el poder al banco que de forma pasiva era el nuevo ente legitimado para poder amasar dinero mediante el sistema de reserva fraccionaria y coeficiente de caja (la cual explicamos en este artículo). Se otorgaba al banco central de turno el poder activo de poder imprimir billetes, decidir artificialmente cuando hay inflación o deflación o manipular los tipos de interés mediante procesos de expansión crediticia. Mientras tanto, Keynes y su ridícula propuesta de generalizar una moneda FIAT a nivel mundial (el bancor) era debidamente ignorada. Go home Keynes, you´re drunk.

Se acabaron los tiempos en los que cada depósito, cada préstamo, tenía en colateral su valor en oro. Ahora cada crédito que se concede, en contrabalance, solo encuentra un apunte contable. ¿Qué se consigue con esto? Que hoy en día tan solo 1/10 del dinero total en el mundo exista realmente, con sus respectivas unidades monetarias, mientras que los 9/10 restantes tan solo son apuntes en los activos y pasivos bancarios, decretándose con ello los que en un futuro serían los “Too Big To Fail”.

Aquí finaliza la historia de cómo en tan poco tiempo hemos pasado de un sistema dominado por el oro y su papel moneda, a un sistema en el que el dólar es el nuevo oro, y los apuntes contables son el nuevo papel moneda. Así es cómo la economía le vendió el alma al Gobierno, el cual arbitra junto a sus secuaces, los políticos, todo el sistema financiero mundial a base de impuestos, pagados con la moneda oficial, la del Estado. Sálvese quien pueda.


Esto es todo por hoy, joven padawan. Somos El Club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.

domingo, 15 de enero de 2017

Lo que no sabías de la Crisis de 2008


Atención, el artículo que está a punto de presenciar podría dañar gravemente su salud mental, ya que hoy El club de la Economía va a tratar sobre lo que es probablemente el tema de la economía en el siglo XXI. Aquel que está en boca de todos, pero del que nadie sabe nada, un tema oscuro a la par que delicado. Se recomienda leer previamente nuestro artículo sobre los mercados financieros, para poder saborear al máximo este, en el que El club de la Economía jura solemnemente que conocerás, al fin, la verdad sobre la Crisis de 2008, también conocida como Crisis Subprime. Comencemos.

11 de Septiembre de 2001, caída de las Torres Gemelas. Lo recordamos como si fuera ayer. En nuestro caso, muy jóvenes y no creyendo lo que estaba pasando, y sobre todo, inocentes ante lo que estaba a punto de desencadenar el casi hundimiento del sistema financiero y la Economía tal y como la conocemos. Fatídico día para el mundo, en el que unos pocos acabaron con la vida de muchos. Curiosamente, algo parecido pasó por la otra parte, pero esta vez no eran unos terroristas, sino políticos y banqueros con traje y corbata.

El 11S significó la depresión máxima también en los mercados, ya que Wall Street  tras la burbuja de las punto com, sufrió una de sus peores caídas en un solo día de su historia, cayendo más de un 7%.
Ante este desastre, Bush, la FED y por extensión, el BCE,  tienen la genial idea de bajar los tipos de interés, llegando hasta el 1% en 2003, lo que se podría denominar como “casi regalar dinero” con el objetivo de reanimar el crédito y con él los mercados, bajo el lema de: Todo el mundo merece una casa.

El planteamiento era sencillo y tenía sentido: aumento del gasto público en obra y privatización del suelo, con el objetivo de aumentar la Oferta de vivienda, y por lo tanto mediante una simple regla de 3 (ley de la Oferta y la Demanda) reducir el precio de la vivienda, consiguiendo el objetivo de que todo el mundo obtuviese una casa, se reanimase la economía y todos contentos.

Esto mismo llegó a España, donde con Aznar, también se siguió el modelo estadounidense. España construía en un año, más vivienda que Francia, Alemania e Italia juntas. Pero algo fallaba, algo no iba del todo bien. La vivienda, lejos de bajar el precio, SUBÍA, Y CADA VEZ MÁS. Esto se debe a que la demanda superó a la propia oferta, usando la vivienda como una inversión inmobiliaria con la cuál sacar beneficio, primero a largo plazo, después a medio y la fiesta fue tal que se sacaban ingentes cantidades de dinero incluso a corto plazo.

Mientras tanto, la gente dejaba de soñar con ser médico, abogado o empresario, aquellos que deseaban estudiar eran arquitectos, y los que no, no pasa nada, siempre habrá un hueco para un albañil, NO ESTUDIES ¡a trabajar del ladrillo se ha dicho!
Esto redujo el paro a una cifra récord, desde el 22% hasta apenas el 9% en 2005. Pero claro, había un problema, los trabajos creados por lo general eran precarios y con un salario que por lo general, no aumentó en gran medida (un albañil podía cobrar un sueldo entre 1.200-1.400€ de media).
Sin embargo, la vivienda pasaba de pagarse de 900€/m2 a más de 2.500€/m2 en apenas 10 años. Por lo que surge la duda: ¿Cómo iban estos a ser capaces de comprar vivienda, si esta no dejaba se subir, mientras que los salarios no se movían? Ningún problema, damas y caballeros, entran a escena LOS BANCOS.

Los bancos se sumaron a la fiesta, con las tan amadas hipoteca (préstamos a cascoporro) para financiar la compra de vivienda, con la propia vivienda como único aval y con unos intereses que te lo quitan de las manos, pudiendo pagar la hipoteca en cómodos plazos, financiándose a largo plazo y endeudándose a corto plazo. Y tranquilo, que si en algún momento no puedes pagar la hipoteca, vendes la casa, recuperas la inversión y además ganas dinero, ¡el negocio del siglo sin hacer nada! Esto fomentó que incluso aquellos considerados "ninjas" (sin ingresos, sin trabajo y sin propiedades) pidieran hipotecas con el simple objetivo de enriquecerse, porque recuerda: LOS PRECIOS SIEMPRE SUBEN, NUNCA BAJAN.

Es entonces cuando llegamos a 2007, con una vivienda con precios absolutamente disparados y sobrenaturales, a casi 3.000€/m2. Entre 2004 y 2006, la FED había fomentado una subida de tipos de hasta el 5-7%. Esto supuso una bajada de la demanda, ya que dejaba de ser gratis y fácil ser rico y literalmente no había más zonas donde edificar, por lo que la vivienda empezó a bajar de precio. Esto disparó la tasa de morosidad porque las personas no podían devolver sus préstamos a los bancos, ya que no podían vender sus casas, y estas no las querían ni los propios bancos, pues no valían nada y nadie las quería comprar. Eran considerados literalmente activos basura. Y así sucesivamente provocando un efecto dominó que no pintaba nada bien.

Los bancos especulaban y operaban entre ellos con todos estos activos tóxicos, que de la noche a la mañana, se convertían de AAA (bajo riesgo) a BBB (alto riesgo). Los bancos necesitaban liquidez ante el aumento de impagos (defaults), pero el Euribor, libor y todo el resto de tipos de interés se disparaban, ya que nadie quería financiar el desastre de estos bancos, por lo que la gente se refugiaba en las materias primas, disparándose el precio de estas más de un 20% (sí, hubo una vez que el barril de petróleo costaba más de 100$).

La deuda  de las cajas comenzó a ser descomunal, ya que la creación de riqueza ya no generaba crecimiento, sino que el proceso se había invertido, el crecimiento era el que generaba riqueza, siendo todo esto originado por una monstruosa deuda, ya que el dinero no caía del cielo.
Así, de la noche a la mañana, se desenterró la enorme crisis crediticia estadounidense, que contagió rápidamente a todo el mundo, a partir de la cual los bancos dejaron de prestar dinero, los inversores dejaron de comprar deuda y el miedo llevó a la ira, la ira llevó al odio y el odio llevó al pánico extremo. Como nadie prestaba dinero, el consumo se desplomó, las empresas empezaron a despedir en masa, dejando primero a todos los dedicados a la construcción en la calle. La mayoría de ellos no tenían formación ni posibilidad de reincorporarse al mercado laboral, vamos, con una mano delante y otra detrás, aumentando el paro a máximos. Y toda esta ficción, de la noche a la mañana, recibió un jarro de agua, no fría, sino congelada. Habíamos estado viviendo 10 años por encima de nuestras posibilidades, siendo la productividad menor que los ingresos, y lo íbamos a pagar duro, ya te digo que lo íbamos a pagar, estallando la mayor burbuja de la historia.

El 15 de Septiembre de 2008, Lehman Brothers, uno de los bancos de inversión más grandes del mundo, quebró. Con un pasivo de $613.000 millones, supuso la mayor quiebra de la historia hasta el momento. Con este, muchos otros se fueron, y esto podría haber sido mucho peor, ya que compañías como AIG (la mayor aseguradora del mundo), debido a que no podían hacer frente a los seguros hipotecarios (CDS), vio cómo su valor en bolsa se reducía de más de 1.500$/acción a 5$/acción (sí, es así, no me he comido ni añadido ceros de más), salvada gracias a su nacionalización por parte del gobierno estadounidense.



Como resultado final, la bolsa cayó casi un 60%, con una deuda de 950 mil millones de $, 200 mil millones de $ en rescates a entidades y estímulos de los bancos centrales.

Hoy en día, aquellos verdaderamente culpables de esta orgía crediticia y engaño hacia todos nosotros, los contribuyentes. Los verdaderos culpables de inflar la oferta de crédito muy por encima de los niveles de ahorro que había detrás de ese crédito, son los que hoy deberían estar entre rejas. Todos esos banqueros que globalizaron bonos basura y nos tiraron de cabeza a la mayor crisis financiera de la historia, son los responsables de jugar con el fin de la Economía moderna. Pero ellos no estaban solos, pues alguien debió permitirles todo este escándalo, unos sujetos que hablan mucho, hacen poco y saben menos, y que, sin embargo, nos controlan. Sí, hablamos de los políticos. Está de moda criticar la crisis del 2008 como una derrota del Capitalismo y el Libre Mercado, que el Laissez Faire financiero casi nos cuesta un riñón y parte del otro. Pero en el mundo que nosotros imaginamos, no pagan justos por pecadores En el mundo que imaginamos no se nacionaliza a aquellos que apostaron contra ti hace 2 días. En el mundo que imaginamos esta gente, estaría en la cárcel y no en un yate en Marbella con el dinero de todos nosotros.  No es una derrota del liberalismo, más bien de la socialdemocracia.





Esto es todo por hoy joven padawan. Somos El club de la Economía y siempre aquí estaremos. No es una amenaza, pero volveremos.